Fierro

Francisco Narla · Capítulo 45 de 56

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Fierro

Capítulo 45

A penas corrida la tarde, llegaron a un otero envuelto por una trocha. El camino cruzaba desde al norte hacia el mediodía. Y no hizo falta que Fierro diera explicaciones. Lo habían conseguido. Y sin contratiempos. Aquella tenía que tratarse de la senda que conducía al paso de la vieja calzada, la misma que, en tiempos, ya usaran las legiones romanas.

 

A Fierro no se le escapó que el de Haro, precavido, no destacaba correos que llevaran la buena nueva.

—Aún no se fía —susurró al chucho, todavía a lomos del pollino.

Como nada le dijeron de que se detuviese, Fierro siguió camino hacia el sur y, como en sus tiempos de atajador, llevó la delantera.

No tardaron mucho en encontrar un collado de lomas gentiles que, entre pinos negrales y encinas achaparradas, atravesaba la sierra.

Antes de que cumpliese el día y se recogieran las golondrinas, raleó el bosque y, trasegando una pendiente suave, descendieron por la loma hasta donde se anunciaban praderías encerradas por las montañas.

Se trataba de un llano con más de media legua para donde quisiera mirarse. Una nava cubierta de alta hierba, bien crecida, que empezaba a agostarse por culpa de los calores del verano.

Bajo aquella luz que corría hacia poniente, el paraje resultaba embriagador. Como un descanso entre los montes, un remanso de paz que se pintaba de dorados celestiales en tanto el sol se acostaba. Bien hubiera valido para inspiración de un retablo pintado por mano ágil.

Por desgracia, también era un lugar que quedaría sembrado de muerte.

Todos estuvieron seguros de ello en cuanto vieron lo que aguardaba en la ladera de enfrente.

Allá, a lo lejos, se distinguía el campamento de los moros. Y enseguida se hizo cargo el que tenía el derecho a disponer por el mero hecho de su nacimiento.

—¡Atrás! —ordenó el de Haro a todo pulmón—. Que no os vean.

Llegados a destino, el vizcaíno tomó el mando que le era natural y su primera preocupación fue evitar que los infieles los avistasen antes de que llegaran el resto de los cristianos. Ordenó sigilo. Mandó retreta. Y todos recularon hasta los bosques a sus espaldas.

Ajeno al inmediato trajín a su alrededor, Fierro continuó mirando hacia el mediodía, hacia el impresionante campal de los moros. Y, echando cuentas, escupió una sonrisa.

—¡Cagüen la miel de san Ambrosio! Ese condenado hebreo llevaba razón —susurró al chucho—, ahí hay más de veinte mil hombres —afirmó sin apartar los ojos de las tiendas agarenas—. Jamás se contó algo así…

Entre todas ellas, en lo más alto, coronando la loma, destacando como se le suponía, rutilaba el gigantesco alfaneque del califa. Para anunciarse, como era costumbre sarracena, estaba montado con lonas carmesí que podían distinguirse desde el último rincón del horizonte.

Aparecía rodeado por una mancha oscura que no podía ser otra cosa que un foso, un foso que, como sabía Fierro, estaría además cercado por un palenque de afiladas estacas.

—Si anda cerca del Miramamolín —continuó hablándole al perro—, va a ser difícil ponerle la mano encima a ese malnacido…

Fierro pensaba también en la guardia incondicional del moro, formada por fieles escogidos y por un hato de fanáticos númidas, negros como el carbón, que eran capaces de atarse unos a los otros para evitar la tentación de rendirse y salir por piernas. Eran lo mejor que podían reunir los mahometanos y cargaban siempre con la orden de no abandonar jamás a su líder, al que defendían a costa de su propia vida.

Cavilaba sobre todo aquello el renco cuando le cayó en el hombro la manaza del señor de Vizcaya.

—Has cumplido —dijo, riéndose de su pasada incredulidad—, has cumplido…

Dejó en el aire la confesión de las dudas que había tenido. Al fin y al cabo, era un noble que hablaba con un desastrado frontero del que no sabía origen o condición. Y aquello era algo que, probablemente, no habría reconocido ni aun confesándose con el revenido obispo de Toledo.

—Puedes quedarte con el borrico —añadió con una franca sonrisa—, es un buen pago por tus servicios…

Fierro nada dijo. Pero pensó que no le resultaba mal arreglo. Un humilde aspirante a Babieca asentaba a la medida para un Cid renco como él.

—No, mi señor, solo cumplí con mi deber de cristiano —dijo, teniendo presentes las palabras del calatravo.

Pensó entonces que, si no se había llevado la espada del armero de Baeza, tampoco le hacía falta montura. Él no era el de Vivar, y el suyo no era un asunto de honor. Era solo matanza de gorrino. Se quedaba con el chucho y el fierro; al fin y al cabo, de sus gestas no versaría ningún trovador y, si lo hacía, ya inventaría lo que le conviniese para la rima.

Le bastaba cuanto tenía.

—Lo agradezco, mi señor, pero no es necesario —repitió ante el rostro receloso del vizcaíno.

Iba el de Haro a replicar, convencido de que todos los hombres tenían su precio, cuando uno de sus hombres se le acercó.

El recién llegado le habló bajo, al oído, señalando a los atajadores aragoneses de García Romero. Nada oyó el melero, pero los otros dos, enfrascados en sus asuntos, se alejaron unos pasos, gesticulando lo que parecían dilemas de enorme gravedad.

Fierro, demasiado ocupado para prestarles atención, supuso que, llegados al destino, el vizcaíno habría ordenado que se preparasen para llevar la noticia hasta el rey Alfonso. Ya no daría tiempo a que los demás cristianos apareciesen por allí antes de la noche, pero no le cupo duda de que abandonarían la encerrona del Muradal en cuanto despuntase el día.

A la mañana siguiente, ambos ejércitos quedarían apostados.

Cada uno en una ladera.

Y, entremedias, meciendo sus hierbas en la brisa cálida, aquellas navas. Plácidas. Idílicas.

En el sol tendido del día que terminaba, a Fierro le parecieron bellas. Onduladas como un mar que empezaba a encabritarse, salpicadas por encinas y alcornoques que, sin rivales, crecían esbeltos. Gatuñas, torviscos, ruscos, jaguarzos y cientos más de flores silvestres punteaban con sus colores aquella laguna de hierba escondida entre los montes. Y Fierro se fijó en las afanosas abejas que zumbaban de acá para allá, pecoreando sus labores.

Nada allí presagiaba la desgracia que vendría.

Cuando el chucho gruñó para advertirlo, él estaba ya pensando en cómo escabullirse para acercarse al campamento de los moros y fisgonear en busca de Ruy.

No le dio tiempo de reaccionar.

Tenía puesta toda su atención en el campamento moro e imaginaba por dónde andaría el de Carrión. Lo pillaron desprevenido.

Antes de poder defenderse, alguien le dio un puntapié al chucho y a él le pusieron las manos a la espalda.

Oyó que el pobre animal se alejaba entre gañidos lastimeros. Sintió el tacto áspero de la soga atándole las muñecas y, por un instante, revivió algo de lo mucho sucedido en Alarcos.

Se perdió en sus recuerdos. Casi le pareció volver a escuchar las risas de aquellos hideputas mientras se le meaban encima.

Cuando quiso reaccionar, lo habían obligado a sentarse con un empellón y el de Haro caminaba hacia él junto a uno de los atajadores aragoneses.

Bien alto, para dejarse oír, el vizcaíno preguntó al otro:

—¿Estás seguro de que es él?

El maño miró a Fierro fijamente y, tras un instante, se reafirmó.

—Sí, es él.

Y el noble asintió con pesadumbre.

El chucho, desconfiado, con la lección aprendida, se sentó a unas varas, poniendo tierra de por medio con aquellas botas, de las que llevaba la marca en el costado. Las del hombre que se quedó a espaldas de Fierro, el mismo que le había atado las manos.

Llevaba el manto con lobos de la casa de Haro y había desenfundado con la soltura de quien le tiene bien tomada la medida a su arma.

Bajo aquella luz dorada, Fierro se vio reflejado en el filo impecable de la espada.

Quedó a un palmo de su pescuezo. Lista para hacer su trabajo.