Fierro

Francisco Narla · Capítulo 4 de 56

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Fierro

Capítulo 4

E l interior no mejoraba la pobre impresión que se tenía desde fuera. Postigos desvencijados, vigas carcomidas y montoneras de trastos. En una esquina, un anafe desportillado bajo un cubo de carbón sobre el que se amontonaban sarmientos resecos. En otra, una pila de recortes de corteza de alcornoque junto a colmenas medio hechas. En el suelo, unas roídas alcatifas morunas. Y los muebles, toscos, desencajados y sin desbastar, despertaron enseguida el laconismo de Ruy:

—Como carpintero ya te habrías muerto de hambre —le dijo, sentándose en un taburete que, además de cojear, chirrió lastimosamente.

El chucho se arrimó enseguida a las brasas y, casi de inmediato, su pelambrera mojada atufó la estancia.

En tanto, Fierro dejó la vara y colgó la sobrepelliz empapada cerca del hogar, en un clavo que, en otros tiempos, algún cristiano debió haber martillado allí para orear chacinas.

Cuidándose de no dar la espalda a Ruy, que miraba con espanto su grotesco asiento, el renco dispuso de sus cachivaches, reavivó el fuego con unos soplidos, añadió más leña y, finalmente, sirvió algo de puchero en dos tazones descascarillados.

Tenía un dejo rancio que obligó a Ruy a apartar las narices. Aun así, se sintió obligado a llevárselo a los labios. Solo fue capaz de echar un trago tentativo.

—¡Por…! —escupió—. Esto es peor que aquel brebaje de meados de camello y grasa de las jorobas… Por el amor del cielo… Como carpintero ya te habrías muerto de hambre —repitió, abandonando el tazón en el suelo—, pero como cocinero…, ¡por los clavos de nuestro señor Jesucristo!, como cocinero te habrían ejecutado.

Fierro ignoró la pulla. Se echó un par de ruidosos sorbos al coleto y cambió de asunto.

—Hacía mucho tiempo…

Tras chasquear la lengua unas cuantas veces, intentando espantar aquel regusto a socarrado, Ruy alzó los ojos.

—Mucho… Casi veinte años —dijo, melancólico—; desde que al rey le entró cagalera al escuchar los tambores de los moros y salió espantado, ¿lo recuerdas? Atravesó las quintas de Villadiego como si alguien hubiera prendido lumbre al rabo de su caballo —añadió con sorna.

Aquella había sido la última vez que se habían visto. El rey Alfonso, mordiéndose la barba de pura rabia, había comprendido que Alarcos estaba perdida: en sus mesnadas había ya más muertos que hombres en pie. Espantando la vergüenza, huyó con unos cuantos. A los demás los dejó en la fortaleza, a merced de los moros, embravecidos por la escabechina.

Ruy había salido cabalgando con el rey. Fierro había decidido quedarse.

—… Y para treinta desde que nos embarcamos en aquel cascarón que hacía agua —añadió el de Carrión cambiando el tono—, ¿te acuerdas?

Fierro prestó atención a su estofado y, usando los dedos, pescó una costilla y se la tiró al chucho. Este la cazó al vuelo y comenzó a roerla con deleite, sin menospreciar las habilidades de su amo como cocinero.

—Éramos más de cien —rememoró Ruy sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Más de cien… Deberíamos estar muertos —aseguró con nostalgia—. Más de cien. Y solo nosotros dos regresamos a donde las campanas anuncian misa.

—¿A qué carajo has venido? —tascó Fierro, impaciente.

—De entre más de cien hombres, solo un puñado salimos de ese condenado desierto —continuó Ruy, ignorando la pregunta y relamiéndose con la nostalgia de las viejas glorias—. Sedientos, despellejados y a punto de desfallecer. Pero salimos.

El chucho miraba impaciente el tazón abandonado.

—Fue una majadería —dijo Fierro en tono seco—, no sirvió de nada.

Ruy se rascó el mentón.

—Es cierto, aquella condenada caravana siguió camino —reconoció con cierta melancolía— y los abastos llegaron a la Ciudad Roja… Pero no era mala ocurrencia. Por Santiago, si hay que joder a los moros, qué mejor que joderlos en su propio patio —aseguró con sincero convencimiento—. Te diré más, Castilla volverá a intentarlo —afirmó con emoción—. Si hubiera salido bien, no tendríamos ahora a ese Miramamolín del demonio disfrutando de su harén en Sevilla, dispuesto a llamar a las puertas de Toledo en cuanto nos despistemos.

—Fue una majadería —repitió el cojo, tirándose una vez más de la pernera, como si aquella condenada arena del desierto siguiera metiéndosele en todos los recovecos para limarle el pellejo—. ¡Cagüen en las vieiras del apóstol! Una soberana majadería. ¿A qué has venido?

Compuso de nuevo aquella sonrisa el de Carrión mostrando sus mellados dientes.

—Ya te lo he dicho, a hacerte una proposición…

Incrédulo, Fierro insistió:

—¿Nada que ver con el desquite que le dejé al veguer en las tripas?

—¡Vamos! Somos amigos —declaró Ruy, enseñando hasta la última picada de sus muelas con una sonrisa desprendida—. Te debo la vida. Fuiste tú el que tuvo los cojones de destripar a los camellos y atreverse a beber…, a beber aquello… No, ya te lo he dicho, olvídate del veguer, me importa una higa el veguer.

Les hubiera dado tiempo a cantar una salve regina mientras se observaba. El de Carrión, con expresión franca. El atajador, ablandando por fin la desconfianza.

Al cabo, cuando Ruy advirtió que se resquebrajaban las defensas, se explicó:

—Al grano, pues… He venido a brindarte la revancha de Alarcos — declaró en tono grandilocuente, esperando que la revelación sorprendiese a su antiguo camarada.

Fierro se limitó a dejar su cuenco al alcance del chucho, que se levantó de inmediato para lamerlo.

—Se ha roto la tregua, se prepara la guerra —continuó con emoción Ruy —. El Miramamolín inverna en Sevilla y los nuestros se están reuniendo en Toledo para salir antes de la octava de Pentecostés.

—Algo se oye. Pero no me incumbe. Cuando apesta, me quedo en el sitio, no vaya a ser que pise una bosta.

El de Carrión sonrió y negó sacudiendo el mentón. Aun conociéndolo como lo conocía, le costaba cortejar tanta mala baba.

—No seas tozudo —repuso haciendo oídos sordos—. Escucha —imploró —: los obispos llaman a sus mesnadas, las milicias se preparan. El papa Inocencio de Roma ha concedido indulgencias plenarias a quien se una a Castilla. ¡Es una guerra santa!, un deber de todo cristiano…

Rascándole una oreja al chucho, Fierro respondió con desgana:

—Ya, los unos predican el domingo, los otros, el viernes —adujo encogiendo los hombros—. Son los mismos embustes…

Ruy no se dejó arredrar.

—Será el fin de los infieles. Se recuperará lo perdido por el rey Rodrigo. No será una cabalgada más, será la lid más grande jamás contada. Los echaremos para siempre de nuestras tierras. Estarán las mesnadas reales, los fonsados, las milicias. Todos, ricoshombres, infanzones, caballeros pardos, hombres de fortuna, ¡todos! Incluso han acudido ultramontanos. De más allá de la Aquitania —aseveró con ímpetu—. De la Provenza, de Normandía… Britanos, lombardos, hasta una partida de bohemios se dice…

Fierro dejó de prestar atención al chucho y clavó sus ojos gastados en los del hombre con el que había compartido sed, hambre y miserias.

—¿Qué demonios quieres? —preguntó secamente.

Se miraron un instante. El leonés suspiró con resignación.

—Lo de siempre —admitió al fin, temiendo la negativa—. Lo que siempre hemos hecho. Quiero encontrar ruta para los ejércitos de Castilla y hallar dónde plantar cara al moro —dijo cambiando el tono de voz, comprendiendo que de nada servía aludir al honor y la gloria.

Fierro asintió.

A eso se habían dedicado. A jugarse el pescuezo por delante de las mesnadas para informar de los mejores lugares para acampar, de los vados en los ríos, de los campos de abastecida. Atajadores. De entre todos los hombres de las milicias y fonsados, los más locos; o los más valientes. Los que se echaban a territorio enemigo a pecho descubierto para que reyes y obispos, con sus nobles culos bien a salvo en la retaguardia, decidieran cómo jugarse la vida de los hombres que luchaban en su nombre.

—Eras el mejor de todos nosotros —reconoció el de Carrión—. Y, con los años que llevas escondiéndote aquí…, estoy seguro de que conoces hasta el último de los pantanales… Apuesto la bolsa a que subes a la sierra de tanto en tanto para cazar —añadió señalando hacia el sur, más allá de las paredes del puesto—. Si alguien puede hacerlo, eres tú. Con la ayuda de san Isidro podemos vencer a esos infieles. De una vez por todas.

Tras escuchar aquello, Fierro se levantó y empezó a hurgar en los restos de corcho, apañando alguna de aquellas colmenas destartaladas.

—No cuentes conmigo. Esa ya no es mi lucha. Y no voy a dejar que me lleven como puta por rastrojo.

—Pero podrías volver al norte y vivir en paz. Si accedes, estoy seguro de que podremos echar tierra sobre lo de la hija del albardonero. Los del veguer se quedarán con las ganas…

Al ver que no surtía efecto, insistió:

—Puedes pedir una buena quinta como recompensa, un lugar donde vivir…

Fierro dejó los corchos y se volvió con brusquedad.

—¡Por las barbas remojadas de santo Tomás! ¡Dita sea! ¡Cagüentó! Eso sí que no… ¡Yo no necesito el perdón de nadie!

Se palpaba su ira.

—Si algún alcaide del rey quiere venir a por mí —continuó Fierro al cabo con pedernal en el semblante—, que venga, carajo, que venga si tiene cuajo. Que le voy a hacer comerse los pulgares.

No había más que añadir.

Supo que no merecía la pena insistir y el de Carrión, decepcionado, suspiró.

—Entiendo…

Quedaron en un silencio que fue espesándose al amor del fuego. Recapacitando el uno, refunfuñando el otro.

—Está bien —concedió Ruy cuando el último leño se consumió—. Está bien —repitió—. Solo dime una cosa: ¿qué pasó en Alarcos?, ¿fue como cuentan?

Tras volver de nuevo su atención a las colmenas, Fierro rechistó con disgusto.

—No sé qué carajo se cuenta… Y me importa un bledo.

El tono tajante era respuesta suficiente.

—De acuerdo —repuso Ruy, poniéndose en pie—. Queda en paz, viejo amigo, queda en paz —repitió conciliador—. Espero que volvamos a vernos.

Salió para enfrentarse a la lluvia, sin más despedida.

Fierro y el chucho lo siguieron, como para asegurarse de que se marchaba de verdad.

Desde el quicio de la puerta los vio prepararse. Intercambiaron explicaciones, arreglaron las cinchas, revisaron los bocados. Y el bigardo, que al parecer respondía por Alvar, le echó una mirada furibunda antes de montar.

Masticaba un mendrugo de pan con bocados de perro lobero y, de todos ellos, pareció ser el único que se tomó a pecho la negativa de ayudarlos. Antes de volverse con desprecio para montar, masculló algo entre dientes y migas:

—Cobarde…

El muchacho no lo oyó. Se acercó hasta Fierro con una carrera. Aún le restaban temporadas para hacerse hombre; si aquella condenada guerra no lo dejaba tieso. Se le veía desmañado. Y en los ojos le brillaba la ilusión de creer en lo que hacía, todavía no se había decepcionado con la perra vida del soldado.

Pensó Fierro que le daría un último recado de parte del de Carrión, pero el crío se puso en cuclillas junto al chucho y le revolvió las guedejas con manotazos cariñosos.

—¿Cómo se llama? —le preguntó para su sorpresa.

Tras un silencio, contestó:

—No tiene nombre. Aunque responde si le dices «carajo».

Ante la mirada de incredulidad del muchacho, se explicó:

—Ya sabes… «Sal de aquí, carajo», «aparta, carajo», «bicho del carajo…».

El muchacho asintió divertido, y Fierro se vio a sí mismo muchos años atrás, imbuido de aquella misma certeza ciega. Convencido. Emocionado. Expectante. Deseando enfrentarse al moro y salir victorioso. Por Santiago Apóstol, por el rey.

—Suerte —le dijo en un arrebato, sin poder contenerse.

El chucho recibió una última palmada y el criajo salió corriendo bajo la lluvia.

Los vio marchar con desasosiego. El único que se volvió para despedirse fue el muchacho. Agitó una mano que la espada aún no había encallecido.

Tuvo la certeza de que a ella le hubiera gustado aquel zagal.

Bajo el aguacero impenitente se convirtieron en siluetas contra el eterno horizonte de la frontera.

Cuando se volvió para resguardarse, el chucho gañó.

—Sí, sí, ya lo sé —le dijo—, es una pena. Eso es lo que ella hubiera dicho, lo sé. Pero no es asunto mío. No jodas con la marrana. Si tiene suerte, será un tajo rápido y no sufrirá.

El chucho ladró.

—No, no soy un cenizo —le habló—. No tiene la menor posibilidad, carajo. ¿Acaso te olvidas de que hemos visto rastros de patrullas moras? A ese crío le abren la sesera en la primera refriega. Va a durar menos que una virgen en la venta del hebreo.

Después de forcejear para lograr que la puerta encajase en el vano torcido, miró de nuevo al chucho.

—Yo tuve suerte, mucha —añadió con melancolía—. Hasta que un día se acabó y…

Dudó un instante, debatiéndose con su amargura.

—¡Cagüen la leche que mamé! Hasta que un día se me acabó… Y entonces todo se fue al carajo, ¿o no?

Mientras él tomaba asiento, el chucho dio cuenta del tazón olvidado de Ruy.

Fierro se quedó mirando el fuego, royendo lo que pensaba. Mezclaba sus recuerdos. Intentaba espantar la sed de aquel desierto. Huía del horror del silo de Alarcos. Pretendiendo olvidar sin conseguirlo.

Para cuando el chucho terminó de lamer el cuenco y se tumbó a su lado, no había despegado los ojos de las llamas. Casi podía notar el hedor de los cuerpos pudriéndose. El calor indecible. Las palabras del hideputa de Castro. Y sus carcajadas cuando aquel tamborilero cayó al silo. Aún había noches en que se despertaba escuchando el crujir del espinazo de aquel pobre infeliz.

—Lo sé, lo sé, demonios. Sé muy bien lo que ella hubiera querido — admitió con fastidio—. Pero la última vez que le hicimos caso mira cómo acabamos. Si me hubiera estado quieto, no estaría en este lío…

El chucho lo miró con aquella devoción que bailaba bajo un flequillo desaliñado.

—Vete al carajo —le espetó, resentido.