Fierro

Francisco Narla · Capítulo 43 de 56

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Fierro

Capítulo 43

C uando el rey le preguntó, el instinto de Fierro le chilló al oído que mintiera. —Martín —respondió acordándose de pronto de los hermanos —, mi señor —añadió después de una pausa, desacostumbrado como estaba a los formalismos—. Martín Halaja.

 

Y allí dentro era difícil, sino imposible, olvidar quién era y a quién tenía enfrente. Pese a no ser más que una antesala en una tienda de campaña, lo rodeaban más lujos de los que Fierro hubiera podido pagar en toda una vida cosechando miel.

Había cofres con herrajes labrados tan primorosamente como labores de orfebre. Colgaba de un portaestandarte un enorme tapiz que conmemoraba la gran batalla de Simancas. E incluso resplandecía un espectacular ofertorio de nogal que, a juego con un reclinatorio, decoraba una de las esquinas. Todo estaba plagado de enseñas, gonfalones y símbolos que gritaban a voz en cuello que aquella tienda era propiedad personal del monarca.

Lo miraba Alfonso en persona, rey de Castilla por la gracia de Dios, nieto de Alfonso el emperador, hijo de Sancho el Deseado, descendiente de la casa de Borgoña, sucesor del condado de Barcelona, miembro de la heredad de los reyes de Pamplona. Linaje vivo del Cid.

Todo eso y mucho más de lo que ni siquiera se acordaba.

Y lo miraba con suspicacia.

El renco temió que lo reconociera. Habían pasado casi veinte años desde Alarcos, pero Fierro no quiso correr riesgos, por eso mintió como Ananías sobre el precio de la heredad. Una palabra de aquel hombre bastaba para que la vida fuera muerte o para que la muerte no fuese la peor de las condenas. El antojo de la Corona hacía y deshacía sin pensar en las consecuencias para un desgraciado melero.

Por eso mantuvo los ojos gachos.

—Está bien, de acuerdo, explícate de nuevo —exigió el monarca con gesto adusto—, a ver si lo he entendido bien.

Fierro no había imaginado que terminaría frente al rey en persona.

Tras comprender que le interesaba la propuesta del calatravo, le había contado a Nuño que tenía información que convenía a los atajadores castellanos. No se dio en detalles, pero el asunto caló hondo. Repentinamente, se había visto arrastrado a una serie de carreras, apuros, llamadas a recaderos y solicitudes de recepción, porque en el campamento cristiano andaban todos revueltos y los ánimos se palpaban crispados.

Pese a que intentó evitarlo, el renco había terminado con una solícita visita a la tienda del noble García Romero, quien se había presentado con gesto preocupado para escuchar la misma versión escueta que ya había recibido su hombre. Y, antes de que Fierro tuviera tiempo de reaccionar, volvieron de nuevo las carreras donde todos parecían saber algo que el melero ignoraba.

Sin darle opción siquiera a protestar, viendo pasar heridos que se lamentaban y curas que ofrecían confesión a quienes venían en brazos de sus compañeros de armas, Fierro se había visto arrastrado a toda prisa por el dédalo de pabellones de guerra.

Y allí estaba. Ante el rey de Castilla, el de Navarra, el de Aragón; ante los obispos de Toledo y Narbona. Y ante no sabía cuántos hijosdalgo, ricoshombres y más nobles de rancio abolengo, incluido el señor de Haro que, como el mismo Alfonso, lo miraba retorciendo el colmillo, quizás intentando recordar dónde había visto antes el rostro afilado del renco.

Todos iban preparados para la guerra, con sus perpuntes, sus lorigas, sus almófares y las espadas al cinto. Cada cual con su sobreveste o su manto lucido, mostrando las enseñas de cada casa, reino, condado y heredad. Los lobos negros de Haro, el oso de los madrileños, los palos de Aragón con los santos colores que les concediera el Papa de Roma, el águila prieta de los navarros en fondo de gules, y muchos más que no reconoció entre los que destacaban, por encima de todos, las fortalezas de Castilla señoreando carmesí.

Solo faltaba León.

Impresionado, preocupado también, no fuera a ser que todo aquel entuerto se enredase, Fierro no contestó. Sabía que, a voluntad de cualquiera de aquellos hombres, de saberse la verdad, terminaría con el dogal al cuello colgando de la rama de una encina.

Allí estaba una vez más su pasado, reclamándolo. No se había presentado a Cortes tras escapar de Alarcos. No tenía idea de si aquel asunto del mequetrefe había acabado por alcanzarlo.

Se arrebujó en su silencio, que se tornó pronto incómodo.

Aguardó.

Y entonces el rostro del rey Alfonso mudó.

Comprendió el renco que lo tomado por suspicacia debido a sus propios temores era más bien desesperación; porque, sin él pedirlo, la corona de Castilla le dio explicaciones.

—No estábamos seguros de cómo acometer la sierra —reconoció sin pudor alguno el rey—. Había lugares más fáciles para tanto bagaje como cargamos, pero cuando los moros abandonaron a toda prisa Castro Ferral…

La pausa quedó ominosa sobre sus cabezas como las lenguas de fuego en Pentecostés.

—Cuando salieron espantados de Castro Ferral —enfatizó—, decidimos que la mejor opción era el paso del Muradal.

Ahí vio Fierro la mano del de Carrión, clara como el agua. Lo había hecho bien el traidor al convencer al Miramamolín de tender un cebo así. Había invitado a los cristianos a pensar que los vencía el miedo y, al contrapié, los habían embocado justo hacia donde querían.

—… Lo dimos por hecho, pensamos que los moros huían espantados tras las caídas de Calatrava, Malagón, Salvatierra… Cavilamos que huían como conejos. Que toda la serranía quedaba a nuestra merced.

Tras el rey, algunos cuchicheaban, asombrados de que el monarca de Castilla se explayara en franquezas. Pero también era evidente que los más de allí dudaban. Además, a alimentar esas incertidumbres ayudaban los gritos de dolor que llegaban desde fuera, donde, por lo que se oía, seguían apareciendo heridos.

—… Era una trampa —reconoció apesadumbrado—, ese paso es una gazapera —declaró antes de callar y quedarse mirando a Fierro.

Zumbó una mosca que el de Haro atrapó al vuelo y tiró contra el suelo para matarla.

—Por lo que me han dicho mis atajadores —continuó el rey—, hay una estrechez junto a una enorme losa… No hay modo de cruzar. Es imposible atravesarlo sin quebranto para los hombres y las bestias…

El melero no pudo evitarlo y metió baza:

—Habéis perdido a buenos hombres ahí —aventuró, inspirado por lo visto y oído—, ¿no es así?

Tenía muy presente la encerrona que él mismo había sufrido en aquel condenado lugar. Descender el Muradal era ya un suplicio, pero cuando se llegaba a aquella maldita losa era como asomar los hocicos a los mismos infiernos.

Como Alfonso, que parecía recobrar la compostura, no respondió, el propio García Romero decidió terciar con una de cal y otra de arena.

—No es de tu incumbencia, pero sí —reconoció—, más de quinientos. — Y le rolaron los ojos hacia un lado, como invitando a prestar atención a los lamentos que llegaban del exterior de la tienda.

En el interior se volvieron a oír aquellos murmullos, y Fierro sospechó que la cifra había menguado solo por decirla en voz alta. La verdad sería aún más espantosa. Bastaban unos cuantos arqueros moros bien apostados para ir despachando cristianos según fueran apareciendo por el condenado paso. Tan fácil como atravesar manteca con un cuchillo caliente.

—Y ahora tampoco conviene darse la vuelta de nuevo hacia el Guadiana —aseguró el atajador como si tuviera derecho a la palabra—. Los moros… Los moros y muchos de los nuestros —apuntilló con intención— se lo tomarían como una rendición. Se corre el riesgo de una rebelión como la de los ultramontanos o de acabar con la espalda llena de flechas —añadió—. Así que aquí están las glorias de las soldadas, atrapadas como ratas en un tonel.

—¡Vigila esa lengua! —rugió de pronto Sancho de Navarra, que era grande como un oso.

Y otros junto a su rey dieron un paso al frente, dispuestos a lanzarse sobre el renco en cuanto volviese a abrir la boca.

Fierro no se arredró. Ya había perdido cuanto podía perder. Solo una cosa le faltaba por hacer. Los miró de reojo, retorciendo los labios en una de aquellas sonrisas despeñadas que se le caían de tanto en tanto.

Entonces un tiparraco estirado vestido con faldones púrpuras alzó las manos con gesto conciliador.

—No peleemos entre cristianos. —Tan envarado y con aquella voz de homilía, a Fierro le quedaron pocas dudas de que aquel debía de ser el obispo de Toledo en persona—. Atendamos mejor a apagar los fuegos moros que están ardiendo —adujo con voz melosa.

Asintió entonces el rey Alfonso, que los miró a todos con severidad, reconviniéndolos.

—Dejémosle hablar —ordenó, clavando sus ojos en Fierro.

El melero, sabedor de que se jugaba la vida, habló con firmeza, procurando elegir bien sus palabras.

—Hay otros pasos por los que cruzar la serranía.

Y García Romero, a quien más que el orgullo de la posición podía lo sensato, intervino para hablar con sinceridad antes de que, por capricho de los monarcas, la única ayuda a la vista, la de ese zarrapastroso, acabara en la sombra de una encina con los pies demasiado lejos de las malas hierbas.

—Lo sabemos, y ya le comuniqué al rey que eso le habías dicho a mi fiel Nuño. Podría tomarse la calzada romana que hay a poniente, como ya hizo el emperador —aseguró, refiriéndose a lo que se contaba sobre el abuelo del propio Alfonso de Castilla—. Y hay otros más, a poniente y levante. Lo sabemos. Pero no conocemos ninguna ruta que nos lleve desde aquí hasta allí sin recular hacia el Guadiana ofreciendo la espalda al moro…

Hubo asentimientos y más cuchicheos. El propio monarca, en nombre de toda Castilla, negó sacudiendo la barbilla, con pesimismo.

—Más fácil sería sacarle las muelas a una gallina —susurró el impetuoso Sancho de Navarra—; ni uno solo de nuestros atajadores ha encontrado el modo de hacerlo.

Y entonces, bajo el ceño fruncido del rey Alfonso y la mirada de soslayo del señor de Haro, Fierro los asombró a todos cumpliendo lo prometido a García Romero.

—Yo sí.