Fierro
Capítulo 46
N o lamentó su sino. Aferrado como siempre a la realidad, se dedicó de inmediato a ingeniar cómo salir de aquel entuerto. A su lado, no muy lejos, había quedado su vara, caída sobre los hierbajos. Nadie se había molestado en retirarla porque ninguno allí sabía de su secreto.
Frente a él se pusieron el de Haro, García Romero y aquel atajador al que Fierro creía no conocer.
Lo escrutó, rebañó en su memoria.
No pasaba de cuarenta temporadas, pero ya no peinaba otra cosa que canas. Era fino, de aires bellacos, rostro terciado y espada ceñida. Tenía el rostro apuntado y la costumbre de hurgarse las orejas. Andaba sucio y con el cansancio pegado al cogote.
Era, en fin, como cualquier otro de los que por allí pululaban. Uno más. Y Fierro creyó que no lo había visto en la vida.
Se equivocaba.
—Es él. Él los mató —insistió, examinando un pegote de cera que tenía en la uña del meñique.
Por más que se estrujó los sesos, no supo el renco de quién hablaba aquel tipo. Había matado a más de uno y a más de dos. Ese había sido su oficio.
No tuvo que esperar mucho para que el de Haro le diera ocasión de ponerlo en claro.
—Este es Jerónimo Fáñez —anunció el vizcaíno con mirar torvo—. Está al servicio de García Romero, pero se crio en la veguería de Tortosa… — Esperó el noble por si aquello bastaba para que Fierro hablase. Como no fue así, continuó—: Dice que, siendo un niño, el veguer decidió aprovechar un viaje a Caracuel para darse a la caza…
Aquello sí le susurró a Fierro una idea, y no le gustó.
—Dice que, ya de regreso, tras alguna noche de posada y cerrados los negocios, el veguer decidió probar suerte por la Alcarria. Según cuenta — continuó el de Haro, alisándose el manto sucio—, dejaron atrás las cuevas de Anguita y andaban los seis que eran a la volatería, no lejos de Campo Taranz, con dos halcones gracias a los que se habían cobrado buenas palomas…
Para entonces a Fierro ya no le quedaban dudas sobre quién era aquel tipo. Y tampoco sobre quiénes eran los muertos.
—Y asegura…
Hizo una nueva pausa para mirar fijamente al tal Jerónimo, que volvió a asentir, convencido.
—Asegura que tú mataste al veguer y a sus hombres y que, además, robaste las dos rapaces…
Dejó la acusación en el aire, para que ahondase.
Fierro, que no era de quienes gustan de liar lo que ya está enredado, sorprendió al de Haro soltando la verdad como quien escupía un gargajo.
—Es cierto —reconoció sin pudor.
El vizcaíno, sorprendido ante la falta de excusas, quedó en silencio.
Y el renco, sabedor de que de nada serviría explicar que aquel mequetrefe malparido había abusado de la hija del albardonero, empezó a dar vueltas a cada idea que se le ocurría para salir de allí con vida. No por aprecio al pellejo, sino porque no quería que el de Carrión se le fuera a escapar.
—¿Lo reconoces? —preguntó aún con descreimiento el noble.
Fierro lo miró sin tapujos.
—Sí, yo lo maté… Y volvería a hacerlo si ese hideputa siguiera con vida. Poco se me atoja el infierno para una bosta como esa, ¡cagüen en…!
No se le ocurrió con qué acabar la blasfemia y la dejó sin terminar con un vistazo a la vara.
Aquella sinceridad desarmó al vizcaíno, que debía atender a demasiadas cosas en aquel preciso momento como para tener que preocuparse por una más.
Atento como estaba a la menor oportunidad de evitar un afeitado completo a la altura de la nuez, Fierro percibió que el noble dudaba.
Lo vio empezar a hablar y callarse. Lo vio titubear. Y aprovechó la ocasión, no fuera el vizcaíno a tomar la decisión a las bravas, allí y ahora; y no fuera a ser que la decisión se limitase a señalar a alguien para que lo ajusticiara.
—Ruego confesión —pidió el melero, recordando lo del peregrinaje a Jerusalén.
Todos lo miraron con pasmo. Allí no había un solo cura a la vista. Menos aún uno que otorgase sacramento. Y el tal Jerónimo saltó.
—¡Malnacido! Solo quieres ganar tiempo —afirmó, desenfundando su espada, dispuesto a ser juez y verdugo, todo a la vez.
Fierro se preparó para esquivar la embestida y mantener el pellejo sin agujeros, pero no hizo falta.
El de Haro anduvo resuelto y, antes de que el tal Jerónimo diera otro paso, le gritó a todo pulmón:
—¡Quieto! No será bajo mi mando que se le niega consuelo a nadie — aclaró, para que todo el que quisiera lo oyese—. Tendrás tu confesión — afirmó mirando al melero.
Fierro pensó que, de momento había librado, pero el vizcaíno no había terminado.
—Y después de que te hayas puesto a bien con Dios —miró al tal Jerónimo, que asintió convencido—, buscaremos alguna rama de la que colgarte. Quizá, si rezas con fervor, gracias a tu buena acción de hoy logres que el castigo divino te lleve al purgatorio y no a los infiernos. Pero eso ya no será asunto mío.
Por cómo hablo, Fierro supo que no iba en balde.
—Mañana llegará la zaga con el grueso de las gentes. Por mí puedes pedir confesión al mismísimo obispo de Toledo…
Fierro volvió a mirar la vara. Se estrujaba los sesos.
—… pero que te quede claro que buena parte de tu penitencia será la horca.