Fierro

Francisco Narla · Capítulo 44 de 56

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Fierro

Capítulo 44

N o supo si lo tomaron por pastor, almogávar, pícaro de frontera o simplemente por loco, pero tal era la desesperación que quisieron creerlo. Para su alivio, lo único por lo que no lo tomaron fue por lo que era en realidad: un renegado. Y nada se habló de aquel veguer hideputa y tampoco de Alarcos.

Tanto les plació la propuesta que, sin tiempo siquiera para que los miedosos recitasen un paternóster, ya había montada una partida de cincuenta hombres. Todos dispuestos a seguir las indicaciones de Fierro para comprobar si lo dicho era cierto.

Incluso le agenciaron un asno aborregado para la cabalgada. Una montura de pocos bríos, apenas los suficientes para hacer el camino más rápido.

Y todo le pintaba bien al renco hasta que se empeñaron en dejarle claro que, para algunos, aquello no era una partida de tabas, sino un asunto de lo más peliagudo. Mientras se familiarizaba con el animal y arreglaba las cinchas del borrico, se le acercó el señor de Haro.

Se puso tras él con pasos pesados, tintineando los arillos de su loriga. No le hizo falta volverse y ver los lobos negros del manto para saber quién era.

Con aliento a cebollas, templando cada palabra para que no fuera más que un murmullo que los demás no llegaran a escuchar, le advirtió con voz serena a qué se exponía:

—Como hayas mentido, como no sea cierto que conoces un derrotero en el que no arriesguemos los dientes… Entonces, yo mismo me encargaré de ahorcarte con tus propias tripas.

De reojo, ambos podían ver que el rey Alfonso se paseaba por entre los jinetes, dando palabras de ánimo y, para disimular, sabedor como era el de Haro de que el rey estaba encantado con la aparición del cojo, cuando terminó su amenaza, el noble le dio una palmada en el hombro con amistad fingida.

Bajo el mirar del monarca, volvió aquel olor cebollero.

—No lo olvides —insistió antes de marchar hacia su propio caballo sin esperar respuesta.

El de Haro, fiel a la corona pese a las desavenencias que de tanto en tanto cantaban los juglares, era hombre de palabra. Y el renco lo sabía. El noble había hecho cuanto había estado en su mano durante lo de Alarcos, y siempre había sido bien considerado entre las tropas. Duro, exigente también, pero justo. Y no le cupo duda de que cumpliría su amenaza.

Sin embargo, eso era algo que no inquietaba a Fierro. Solo le preocupaba encontrar el campamento moro. Allí estaría el traidor.

—Ofreciéndose al moro —le susurró al perro con una de sus sonrisas bellaca—. Por un lado el culo y por el otro, la mano, para cobrar…

Y antes de que el chucho respondiera, atronó una voz.

—¡En marcha! —gritó el de Haro, metiendo prisa a todos.

Con pocas mañas por su pierna mala y la falta de práctica, Fierro montó.

Como era un tipo espigado y el pollino corto de alza, sus pies quedaron ridículamente cerca del suelo. Era evidente que habían escogido con tino a su montura para que no le vinieran tentaciones de escapar de galopada con un caro caballo de combate.

Obedeciendo la orden del señor de Vizcaya, a su alrededor retumbaron los cascos de los caballos; se oyó algún gruñido de esfuerzo y ni una sola protesta. Los rostros de los hombres cargaban gravedad, todos allí parecían saber lo que se jugaban en el envite. O encontraban esa ruta alternativa que prometía el renco o no les quedaría otra que dar la espalda al moro y ofrecerse para ser cazados como patos en charca.

Al trote sin gracia del asno, tal y como había ordenado el rey Alfonso, Fierro tomó la vanguardia.

Tras él iban García Romero, su hombre Nuño y el de Haro con unos cuantos de confianza. A la zaga, el resto, con un puñado que dejó cien varas entremedias para prevenir alguna encerrona mora que los pillara desprevenidos.

No era malo el camino.

Incluso el chucho parecía reconocer las matas de coscoja y los arrayanes. Desandaban la misma ruta que, no tanto tiempo antes, habían recorrido junto a los hermanos, Alvar, Ruy y el pobre muchacho.

Aquel recuerdo le apagó la sonrisa y, para espantar el amargor, Fierro tomó la decisión de preguntar al de Haro por aquello que había dicho el de Carrión.

Sin tapujos, aprovechando la autoridad que le daba oficiar de guía, refrenó al borrico hasta quedarse a la altura de los nobles, bajo el escrutinio de las severas miradas que le caían desde las grupas de los altos caballos de combate.

Después de un trecho en el que Fierro guardó su silencio, echó el cebo:

—Conocí a uno de vuestros hombres hace un tiempo, no lejos de Salvatierra —dijo mirando hacia el vizcaíno.

Don Diego López de Haro, albacea de su majestad Alfonso de Castilla, señor de Vizcaya, descolgó su desprecio por el renco.

Era un tipo bragado que, como tantos ricoshombres y otros señeros de los reinos, había bailado bajo las coronas al son que mejor le conviniera a los suyos, pero también era un creyente fervoroso que incluso hasta la santa Jerusalén había peregrinado y vivía convencido de que convenía luchar contra el moro.

De narices anchas y ojos caídos, tenía una cicatriz que le estropeaba el rostro y, cuando miró hacia el melero, el gesto le blanqueó el costurón que le dejara el maestro de llagas al reparar el desaguisado de un alfanjazo.

Se notó que respondió a disgusto, pero lo hizo porque aquel cojo desastrado y montado en un borrico era lo único que tenía para salir del aprieto.

—Muchos han servido y sirven con orgullo a los lobos de Vizcaya.

Fierro asintió. Aquello no era decir nada, pero al menos significaba ceder terreno para dar ocasión.

—Un tal Ruy, de Carrión al parecer… Si no tengo desbaratado el recuerdo.

El atajador hubo de reconocer que el noble pareció esforzarse por recordar, pues se tomó su tiempo para considerarlo.

Al cabo, mientras bordeaban unas peñas que coronaban un collado, habló con aire ausente, quizá rememorando.

—Sí, creo que algo me dice ese nombre —reconoció—. Lo mandé con una partida a Salvatierra justo antes de que los moros hicieran caer la fortaleza…

Pareció cavilar de nuevo durante un trecho y, al cabo, añadió:

—No regresó. Lo emboscaron, a él y a dos hermanos con los que siempre andaba… Creo que fue cerca de Malagón.

Fierro lo miró esperando algo más y, cuando el noble se encogió de hombros, tascó lo primero que se le ocurrió para aparentar.

—Esta maldita guerra se ha llevado a demasiados…

Aquello contaba más de lo que parecía.

No había estudiado el renco las tres reglas y ni de oídas se sabía el nombre de alguno de los profesores de París, pero, con lo dicho por el de Vizcaya, aventó que Ruy de Carrión había sucumbido a la tentación durante aquella visita a Salvatierra; probablemente ya entonces se hubiera ofrecido al moro.

No le costaba imaginarlo. Llegó a la fortaleza, averiguó lo que pudo, salió de allí y vendió hasta el último detalle. Así cayó Salvatierra y, cuando la violencia escaló, al califa le vino a cuento mantener al traidor cristiano a cobro.

Aquellas cuitas contaban que lo de buscar a Fierro había sido cosa del propio Ruy, que todo aquel mierdero había sido culpa del de Carrión. Nada habían sabido el de Haro, el rey Alfonso o el Papa de Roma de aquel asunto.

Todo cuadraba. Se le escapó un reniego.

—¿Muerto? ¿Estáis seguro?

El de Haro, que pareció intrigado por el interés, se reafirmó.

—Eso se me dijo, sí. Muerto, él y toda su partida.

—¡Cagüen los germanos de san Bonifacio! Pues no debe estar lejos el apocalipsis de san Juan —repuso el renco con sorna, escandalizando a los nobles—. Últimamente hay demasiados muertos caminando entre los vivos… ¡Dita sea! Van a quedarse vacíos los camposantos…

Al de Haro, que nada parecía saber del pasado de Fierro, se le demudó el rostro. Creyente fervoroso como era, quedó con cara descompuesta e hizo ademán de preguntar, pero el otro, que ya había satisfecho su curiosidad, lo desestimó.

—Oh, nada, nada…, mi señor —añadió, aparentando servidumbre—. Cosas mías, me habrá sentado mal el almuerzo…

Y palmeó las cachas del borrico para volver a adelantarse.

Convencido de que acertaba en su suponer, Fierro no aventó que metía la pata hasta el corvejón. La traición de Ruy ya era vieja para cuando lo de Salvatierra. Mucho más vieja.

Sin dificultad alguna, por lomas que se podían negociar sin quebranto, tal y como había prometido, Fierro guio a los cristianos hacia poniente.

Y no se dio cuenta de que, mientras hacía sus pesquisas, uno de los atajadores de García Romero no le quitaba ojo de encima.