La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 10 de 86

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La maquilladora

Capítulo 10

El problema es que solo hay una persona capaz de impresionar a mi madre, al menos desde que murió mi padre, y ese es Mark. Mi hermano. Mi hermano mayor, más listo, más rico y más de todo. Por ejemplo, en este momento.

La llamada telefónica a mi madre ya ha llegado al punto en que ella me comenta cada una de las cosas que mi hermano le ha contado en su última conversación telefónica. Mark esto, Mark lo otro, Mark lo de más allá… y así hasta el infinito. Cuando empieza con el tema de mi hermano puede estar horas con él. Empieza a provocarme dolor de cabeza. Ah no, puede que sea el meado de gato búlgaro.

–… Así que parece que va a estar demasiado ocupado para quedarse ese fin de semana. Sinceramente, Faith, trabaja tan duro.

–Sí mamá, ya lo sé.

–Oh, y me ha estado contando lo de su nueva casa. Parece estupenda. Fíjate que con la cantidad de horas que pasa trabajando, apenas la podrá ver.

–No -digo, suspirando cansada, bajo el peso del enfurruñamiento de hermana-, supongo que no.

No alcanzo a comprender por qué me revienta tanto que me cuente lo mucho que trabaja mi hermano. Quiero decir que, vale que trabaje una burrada. Se levanta a las cinco de la mañana y suele dejarlo a las ocho o las nueve de la tarde. Trabaja en la City, negociando con «futuros». Ni yo ni mi madre sabemos exactamente lo que eso significa, pero tampoco entendimos una sola palabra de su tesis en Matemáticas en Oxford, que le llevó hasta su

actual trabajo. Para mi madre, ya fue suficiente con que saliera en el periódico local en primera página por haber sido aceptado en Oxford (soy del nordeste, donde ese tipo de sucesos ocupan los titulares).

Sea como sea, se dedica a eso. Negocia con futuros. A veces desearía que pudiera negociar mi futuro, pero estoy segura de que no le darían mucho por él.

Es encantador. Os gustaría, estoy segura. No es el típico asesor de inversiones estirado. Es bastante tranquilo y amable, y nunca critica a nadie.

Ni siquiera a Hope, mi hermana.

Ni siquiera después de que nos dejara y se marchara a Australia, en lugar de cuidar de mamá.

–Era demasiado joven para enfrentarse a ello -dice él. Y vale, tenía dieciocho años cuando a papá le dio el ataque al corazón, pero ahora tiene veintiuno y, aun así, no va a volver a dar la cara.

Pero, de todas formas, lo que quiero decir es que mi hermano es una buena persona.

Incluso ahora aquí, escuchando a mi madre contándome lo rico y triunfador que es, mi hermano es más que eso. Es alguien que está planeando jubilarse dentro de seis años, cuando cumpla los treinta y cinco.

Es alguien que siempre está demasiado ocupado como para hacer una visita o para llamar por teléfono.

Es alguien que conduce un coche tan novedoso que ni siquiera he oído hablar de él.

Las cosas que teníamos en común se han convertido en polvo y es tarea de mi madre limpiarlo. Y vaya si se le da bien.

–De verdad, Faith -me dice-, ¿no estás orgullosa de él?

–Mamá, estoy segura de que si supiera exactamente a lo que se dedica estaría muy orgullosa.

–Bueno, tampoco tenemos que comprenderlo para saber que ha triunfado.

Basta con ver los trajes que lleva.

–Mamá, yo también llevo traje para ir a trabajar -miento-, no tiene nada de especial llevar traje.

–Vamos, Faith, cariño, no te pongas celosa. No va contigo.

–No estoy celosa, estoy…

Bueno, reconozcámoslo, celosa.

–De todas formas -sigue mi madre-, la razón por la que te he llamado es porque quiero hacerte una visita dentro de dos fines de semana.

Oh, mierda.

–Um, no puede ser -le digo, tratando de ignorar las alarmas que retumban en mi cabeza.

–Muy bonito -dice mi madre, con una risita tensa.

–No, me refiero a que tengo que trabajar el sábado y Adam va a ir a visitar a sus… padres ese fin de semana.

–Muy bonito eso de que te hagan trabajar los sábados.

–Ya lo sé -contesto-, pero no puedo hacer nada.

–Bueno, en algún momento tendré que conocerle, ¿qué te parece el siguiente fin de semana? ¿O este mismo fin de semana? También puedo pasarme a visitaros entre semana si os viene mejor… estoy deseando

conocerle.

–Um, yo…

–No te avergüenzas de mí ¿no? Te prometo que no te voy a dejar en evidencia. Me portaré bien.

–No, en absoluto. No me avergüenzo de ti, es solo que ¿te importa que le consulte primero a Adam?

–Bueno, vale, tómate tu tiempo. Es que tengo tantas ganas de conocerlo.

–Ya lo sé, ya me lo has dicho.

–Me alegro tanto por ti.

–Vale. – Me muerdo el labio y trato de reprimir la extraña sensación que tengo.

–Oh, ya veo, está ahí ¿verdad? Te estás haciendo de rogar.

–Sí -le digo, mirando fijamente el sofá vacío-, está aquí. Está viendo la tele.

En ese momento mi madre dice algo más, pero no le presto atención.

–¿Faith? ¿Me estás escuchando?

–Sí mamá -miento-, perdona.

–Tenemos que poner una fecha.

–Una fecha, sí, la pondremos, te lo prometo…

–Estoy impaciente por conocerlo.

–Ya lo sé, eso ya lo has dicho. Escucha mamá… -Hago una pausa

momentánea al darme cuenta de que las cortinas están abiertas, como la parte de arriba de mi pijama. O, al menos, está lo suficientemente abierto como para dejarme al descubierto el pecho izquierdo ante toda la población del lunes por la noche de Sheldon Terrace.

Entonces oigo algo.

El maletero de un coche.

Echo un vistazo por la ventana y, en la penumbra, me fijo en un extraño objeto cuadrado que se acerca. Conforme se va acercando, me doy cuenta de que el extraño objeto cuadrado tiene piernas. El extraño objeto cuadrado toma forma. Es el nuevo inquilino del entresuelo, cargado con un tablón de corcho. Debe de estar haciendo hoy la mudanza. Me ha visto el pezón.

¿Cómo voy a saludar a un hombre que me ha visto el pezón antes de saber cómo me llamo?

–No te dejaré en evidencia, te lo prometo -dice mi madre, sacándome del trance.

–Escucha, mamá, tengo que dejarte. Tengo que prepararme para mañana.

–¿Ah si?

–Sí, tengo muchas cosas que hacer -digo, tratando de ignorar los golpes y portazos de abajo-, mañana tengo que madrugar, tengo que arreglar un montón de trabajo administrativo.

–Bueno -dice con su tono frustrado de «mejor no preguntar» que siempre pone cuando utilizo palabras como «administrativo».

–Vale, luego hablamos.

–Sí, no trabajes demasiado.

–No.