La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 65 de 86

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La maquilladora

Capítulo 76

padres. Asiento.

–Eso no se puede negar.

Pero sigo sin comprender. Sigo sin entender por qué lo ha hecho. Me refiero a que ¿por qué debería importarle que yo hubiera mentido a mi madre en lo de tener novio? Es mi maldita culpa, ¿no? No es razón para cambiar tu identidad y conocer a la madre de una novia que realmente no tienes.

Capítulo 76

–¿Has tenido suerte? – me pregunta Frank-. Con lo del trabajo, digo.

–No -le contesto-, pero no pasa nada, la semana que viene empiezo a buscar en serio.

Asiente.

–Todo irá bien, ya lo verás.

–Sí.

Entonces me cuenta algunas cosas más sobre su hermano. Sobre el hospital.

Sobre lo que pasó cuando salió.

–Quería emborracharme, quería alejarme de mi propia cabeza. Porque mi cabeza no era el mejor lugar para estar -añade.

Asiento y le digo:

–Lo entiendo porque sé que es así. Cuando mi padre murió, todo mi mundo

cambió de la noche a la mañana, y lo sentí intensamente. Me despertaba en mitad de la noche, sentía el silencio a mi alrededor y a veces solo quería gritar para bloquear mis pensamientos. Pensaba que me estaba volviendo loca, con todas esas imágenes de película de terror en la cabeza. Y admito que me hubiera vuelto loca si no llega a ser por mi madre. Lo que quiero decir, es que alguna de nosotras tenía que mantenerse cuerda.

–Así que, dos días después de salir del hospital, me metí en el pub y me quedé allí hasta que me echaron.

–Oh, vaya.

–Sí. Pero no me fui a casa. – Detecto cierta frescura en su voz. Como si nunca le hubiera hablado a nadie de esto antes-. Sabía que si me iba a casa sería demasiado. Así que busqué otro bar y el único sitio que encontré fue esa discoteca. Pero era uno de esos sitios en los que todo el mundo estaba puesto de éxtasis, sonriendo con cara de locos, pasando junto a este bastardo deprimente, borracho, y vestido con una gabardina. Así que, de todas formas, llego a la barra y pago Dios sabe cuánto para mantener alejado cualquier pensamiento sobrio. Estoy ahí de pie, cuando aparece el tipo ese. No tenía mucho más de dieciocho. Y me dice: «¿Por qué cojones no estás bailando?». Yo no le contesto. Sigo bebiendo. Entonces me dice:

«Bastardo deprimente» y se va a bailar. No lo entendía. Lo que quiero decir es que ¿en qué clase de mundo vivimos en el que uno no puede salir y ser un bastardo deprimente si le da la gana? – Sonríe, aunque sus ojos están atrapados bajo la tristeza de los recuerdos.

Le devuelvo la sonrisa.

–A la gente le asusta. Creen que puedes contagiarles parte de tu tristeza.

–Probablemente es eso -dice-, pero, de todas formas, fue así. Desde aquel día, emborracharme parecía ser la mejor opción. La única opción realmente, para ser sincero.

Continúa hablando. Y hablando.