La maquilladora
Capítulo 98
Como que cuándo nos había invitado su padre. Si fue antes de que nos besáramos bajo la lluvia, que así debió ser, entonces resultaba algo atrevido.
Y además, Othello's es el restaurante más caro de todo Yorkshire.
Movida por este pensamiento, le pregunto a Frank:
–¿A qué se dedica tu padre?
–Oh -dice, encogiéndose de hombros de manera extraña-, estoy seguro de que te hablará de ello.
Capítulo 98
Todo esto me está destrozando los nervios.
Me siento como Ben Stiller cuando va a conocer a Robert de Niro en Los padres de ella. Aunque no creo que Ben Stiller llevara puesto su mejor vestido de Zara. Y no creo que se tirara una hora depilándose las cejas, maquillándose, ni alisándose el pelo.
Pero tampoco podía negarme, ¿no? Después de todo lo que Frank ha hecho por mí, con lo de mi madre.
Así que aquí estamos, en el asiento trasero de un taxi, en dirección a Leeds, en una templada noche de lunes.
–¿Estoy bien? – le pregunto a Frank.
–Estás perfecta -me contesta, sonriéndome, pero algo distante. Es el tipo de sonrisa que uno pondría si tuviera preparada una fiesta sorpresa de cumpleaños. Es solo que no es mi cumpleaños.
Oh, Dios, ya hemos llegado.
Veo el cartel. Frank me coge de la mano, apretándola.
–¿Estás bien? – me pregunta con dulzura.
–Sí -le digo, aplicando la técnica de respiración de yoga de mi hermana-, estupendamente.
Frank le paga al taxista, me da un beso en la mejilla y salimos. El percusionista loco, que no veía desde la entrevista con John Sampson, ha regresado a mi pecho al encaminarnos hacia las escaleras del restaurante.
Esto no parece Leeds, parece cualquier otro lugar muy distinto. Las lucecitas de colores, el cristal reluciente, el cartel iluminado, y todas esas preciosas plantas. Podría estar en cualquier lugar de la Riviera francesa. Y
Frank, ahora que me doy cuenta, encajaría perfectamente. Está, bueno, de hecho está bastante elegante con esa camisa negra y esos bonitos vaqueros.
Pero no demasiado elegante. Vamos, que sigue siendo Frank.
Llegamos hasta donde está la mujer de la recepción y Frank dice:
–Tenemos una mesa reservada. A nombre de Blake. Para tres personas.
En mi cabeza, resuena una alarma. Me giro hacia Frank.
–¿Blake? Pero si tu apellido es Black. Frank Black.
Niega con la cabeza.
–Blake. Me llamo Frank Blake. Creía que sabías cómo me llamaba.
Pensaba que te lo habían dicho en el hospital.
Me acuerdo de la mujer del hospital, que se estaba comiendo un sándwich de queso cuando me dijo su nombre. ¿Por qué no me aseguré? ¡Idiota!
¿Se puede uno enamorar de alguien sin ni siquiera conocer su apellido?
Al parecer, sí, amigos.
La mujer sonríe.
–Ah, sí -dice-, por supuesto -entonces coge un par de cartas y nos acompaña dentro.
Doblamos la esquina y nos dirigimos hacia el mar de románticas parejas y familias. Entonces, veo a alguien a quien conozco.
Un calvo gordo, sentado solo, fumándose un puro. El corazón me da un vuelco.
–Dios mío.
Frank se gira.
–¿Qué pasa?
–Ese hombre. Lo conozco. Trabajaba para él. Bueno, trabajaba en su tienda.
El señor Bla… -Me detengo, aguardando a que la última pieza del rompecabezas se coloque en mi cerebro.
Una vez hecho esto, Frank sonríe.
–Ya lo has pillado.
–¿Ese es tu padre?
–Sí. Exacto -me dice, percibiendo que estoy aterrorizada-, confía en mí. –
Le miro a los ojos y siento su reconfortante mano sobre la mía-. Confía en mí. Todo irá bien.