La maquilladora
Capítulo 68
Vuelvo al punto desde el que partí.
No tengo novio.
Por supuesto, eso no debería importarme. Lo que debería importarme es que Adam era una persona horrible que ya no forma parte de mi vida, por lo que debería estar contenta.
Pero es duro estar contenta cuando una está en la cola del paro. En serio, llevo aquí media hora, y aún quedan siete personas delante de mí. Se supone que los viernes tienen que ser de otra forma.
Entonces suena el móvil.
–¿Sí?
–¿Faithy? ¿Eres tú? – Mi hermana-. ¿Estás en el trabajo? Me he imaginado que estarías en el descanso para el almuerzo.
–Sí -le contesto sombría-, es mi hora del almuerzo.
–Oye, Faithy, te llamo para decirte que tienes que venir a París para mi despedida de soltera. Va a ser genial -continúa Hope-, nos alojaremos en el hotel Costes. Es uno de los hoteles más glamurosos de París. Es donde siempre se alojan Sting y Robbie Williams.
Observo la sala a mi alrededor. Miro a los diecinueveañeros de aspecto depresivo, vestidos de traje, que buscan vacantes para lavaplatos y empacadores de coles.
–Suena estupendo…, pero…
–Oh, y no te preocupes por el dinero -dice, leyéndome la mente-. No tendrás que pagar nada. Yo me ocuparé de tu billete de tren, y podemos compartir habitación.
Me he quedado sin excusas. Y, de todas formas, si ha habido algún momento en mi vida en que me haya hecho falta una inyección de glamur es justo ahora. No tengo ningún plan.
–Vale -digo-, me encantará asistir.
–Genial -dice.
–¿Cómo van los preparativos de la boda? – le pregunto, por compromiso.
–Oh -dice-, va a ser preciosa. Ya tengo el vestido, y todo está preparado ya para el convite. Aunque nos marcharemos a las seis, por el viaje de novios.
Nos vamos a Santa Lucía.
–Uau -digo, avanzando unos centímetros en la cola del paro-. Santa Lucía, fantástico.
–Oh -dice-, pero aún tengo mucho tiempo para conocer a Adam.
El corazón me da un vuelco.
–Sí -digo.
La idea de aparecer en la boda de Hope sin el hombre del que tanto han oído hablar es demasiado para mí. Debería contárselo ahora, de verdad que debería, pero, por alguna razón, no puedo. Entonces pienso en la boda. En la cara de mi madre, en la de Hope y en la de mi hermano, cuando me vean llegar completamente desparejada.
Creerán que jamás hubo ningún Adam, aunque realmente lo haya habido.
Creerán que soy incapaz de decir la verdad, de encontrar un hombre. De tener éxito en algo. Y yo tendré que quedarme ahí, la eterna dama de honor, observando cómo mi hermana (mi hermana pequeña) se casa con un hombre anatómicamente tan perfecto, que debe haber sido diseñado por ordenador. Un hombre cuya sonrisa de famoso podría iluminar el país entero.
Y, cuando Hope tire el ramo, mi madre empezará a gritarme como un aficionado obseso por el fútbol en el disparo de un penalti: «¡Vamos, Faith!
¡Vamos nena, puedes hacerlo! ¡No le quites ojo, Faith! ¡Concéntrate!
¡Céntrate!».
Le digo a Hope que tengo que volver al trabajo y me contesta que me mandará todos los detalles sobre lo de París por correo.
–Vale, hasta luego.
Avanzo otro paso en la cola, y me doy cuenta de que no tiene sentido pensar en la boda. Aún no. Hay puentes más cercanos que atravesar. Como el de dentro de veinticuatro horas. Cuando mi madre aparezca con mirada ávida y expectante, exclamando: «¿Dónde está ese hombre tan misterioso?».
Y yo le diré: «Ha salido».
Y ella dirá: «¿dónde?».
Y yo le diré: «Al trabajo», o «Al bar», o «A jugar al fútbol» o «Ha surgido una urgencia familiar», o «Se ha caído por una alcantarilla», o «Se ha ido a luchar por la patria», o «Está construyendo un orfanato fundado por la Cruz Roja para los niños enfermos de Zimbabwe», o «Está en una misión secreta del MI6», o cualquier otra cosa. Pero nada de lo que le cuente será suficiente. No existe secuencia de palabras alguna que pueda sacarme de este apuro en concreto.
Tendré que levantarme y ver cómo a mi madre se le descompone la cara al enterarse de que mi novio era, en verdad, demasiado bueno para ser real. Y,