La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 13 de 86

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La maquilladora

Capítulo 13

–Eh -digo, retrocediendo-. ¿Qué… qué haces?

–Te estoy mirando los pechos -suelta con naturalidad, antes de tomar un trago de vodka. Ya no me intimida, ahora me enfurece. Después del día que he tenido, no tengo por qué estar aquí aguantando la terquedad del cerdo machista apestoso y peludo este.

Estoy a punto de decirle unas palabritas al respecto, cuando vuelvo a mirarle a los ojos.

–Eh… mira… -le digo, preguntándome por qué estoy tan desconcertada.

Después de todo son unos ojos relativamente normales: unos círculos verdes rodeados de un color rosado, húmedos por el vodka. Pero, de alguna manera, tienen un efecto extraño sobre mí, un vacío angustioso que me produce escalofríos.

–Solo me preguntaba si podrías bajarla un poco. – Mi voz suena ahora poco convincente, casi se pierde en el rumor distante del tráfico.

El hombre no dice nada. Solo le da hipo, cierra la puerta suavemente y desaparece de mi vista, dejando en el aire vespertino su olor a rancio.

–Raro -le digo a un público imaginario, antes de dirigirme hacia los escalones de piedra, en dirección a mi piso y a Daisy se va de tiendas.

Entonces, al entrar en el salón me doy cuenta de algo: la música ha desaparecido.

No la ha bajado, la ha quitado.

–Raro, raro, raro -musito, antes de tirarme en el sofá.

Capítulo 13

No he dicho nada de la entrevista. Quiero decir, ¿cómo voy a contarlo? Era para un puesto que no tiene nada que ver con la cuidadosa aplicación del lápiz de ojos ni del brillo de labios.

Y de todas formas, quiero llevarme bien con Lorraine. Es mi jefa. Bueno, algo así. No fue ella la que me contrató, pero lleva cien años como encargada del mostrador de cosméticos Keats. Es con quien tengo que hablar para cambiar el turno o si quiero cogerme las vacaciones.

También es la persona a la que tengo que dar explicaciones si se me pegan las sábanas y llego tarde. Como hoy.

–Faith, somos las únicas trabajando en este mostrador -dice con tono de maestra-, así que estaría bien que llegaras a tu hora.

–Sí, lo sé -le digo, sudando bajo el maquillaje-, lo siento, llego un poco tarde, es que… -¿ Es que qué? Qué me lo estaba montando con Colin Farrell y no quería que acabara…-. Es que me he encontrado con esa anciana, ya sabes, Josie, la que viene los sábados para que la maquillen. Me ha preguntado como disimular las manchas de envejecimiento. Y ya sabes cómo es cuando empieza a hablar. Es imposible librarse. – De hecho, es la verdad, aunque obviamente no es toda la verdad.

Por un momento creo que Lorraine me está atravesando con la mirada. Pero luego recuerdo una cosa: siempre te mira así. Bueno, desde que empezó a botoxearse cada centímetro cuadrado de la cara.

–Muy bien -corta-, procura que no vuelva a suceder.

–No volverá a pasar.

Los martes suelen ser tranquilos en el mostrador de Keats, y esta mañana no

es la excepción. De hecho, miro toda la planta y solo hay dependientes. Las de Clinique con sus batas blancas, que parecen estar a punto de operar. Las relucientes y doradas chicas de Clarins, todo sonrisas y rizos ellas. Las mujeres que trabajan para Lancôme, que se pasan todo el día contándose historias de divorcios. Y luego están las chicas funky que trabajan para mac, todas con sus cortes de pelo retro ochenteros de TonyGuy y su parloteo incesante.

Es raro.

Aunque todas trabajamos en los mismos almacenes, prácticamente no hay interacción entre nosotras. Es como si estuviéramos en cuarentena o algo así. Ya veis, las maquilladoras permanecen completamente fieles a sus marcas.

No veréis nunca a una chica de Clarins pintándose con St. Tropez, ni a nadie de Clinique disimulando la resaca con una capa del bálsamo Flash Beauty, jamás. Y a mi me pasa exactamente lo mismo con Keats. Jamás utilizo otra cosa distinta. Todos los días, es la misma capa de maquillaje de Keats. Lorraine, que no ha sido capaz de serle fiel a ninguno de sus dos maridos, sin embargo, se ha mantenido leal a la empresa.

Así que resulta realmente extraño que apenas tenga clientela. Todas las chicas están por ahí, o se sientan en sus mostradores mirándose con recelo tras sus trincheras cosméticas, o juguetean con su propio maquillaje.

Que es exactamente lo que estoy haciendo en ese momento.

Cuando Lorraine ha salido para almorzar antes de la hora, me he puesto a probar con diferentes combinaciones de sombras de ojos y lápiz de labios.

Ahora mismo estoy tratando de lograr un efecto malva. Me parece que esta me favorece, aunque puede que los labios queden un poco exagerados.

Siento algo extraño en la pierna. Y me acuerdo: tengo el móvil en vibración. Para ser más exactos, debería estar apagado, pero como solo hay tres personas en el mundo que tengan mi número, no suele ser problema.

Como Lorraine no está, y no hay clientes cerca, decido contestar.

–¿Sí?

Por la fuerte respiración, parece que Darth Vader ha decidido llamarme.

Pero luego se escucha una voz. Débil, asustada.

–Faith. – Y comienza de nuevo a oírse la fuerte respiración.

–Alice, ¿eres tú? ¿Estás bien?

Dos de las chicas de Clinique me miran con desconfianza.

–Por favor… ven. – Su voz suena desesperada.

–¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

–Necesito que vengas… lo… lo siento… no puedo…

–Ali, estoy trabajando.

–Lo siento… lo siento…

Miro la hora. Es solo un trabajo, me digo a mi misma. No es más importante que mi mejor amiga. Y, de todas formas, probablemente estaré de vuelta antes de que Lorraine termine de comer, me digo.

–¿Dónde estás?

–En la calle Spring -contesta, jadeando-, estoy… en una cabina.

–Vale -suspiro-, espérame allí.