La maquilladora
Capítulo 74
Pero, aguarda un segundo. Conozco a este hombre. Esos ojos.
No. No puede ser.
–Frank -digo con voz entrecortada. Entonces todos los colores empiezan a emborronarse y la habitación se inclina, desapareciendo entre la nada…
Capítulo 74
Me he desmayado.
Cuando me deslizo de nuevo hacia la conciencia, siento dolor en la parte de la cabeza en la que he aterrizado. Mi madre y Frank, Frank, están junto a mí con aspecto preocupado.
–¿Estás bien? – me pregunta Frank.
–Sí -digo, mientras me pongo en pie-, me he mareado un poco.
–Me has dado el susto de mi vida -me informa mi madre.
–Lo siento. No pretendía asustarte.
–Voy a darte un vaso de agua -dice Frank, añadiendo-: cariño.
Me siento, y mi madre hace también lo mismo. Tras entregarme el vaso de agua, Frank se vuelve hacia mi madre y dice:
–¿Dónde estábamos?
–Creo que estabas a punto de presentarte -le dice.
–Exacto, eso es. Soy Adam, encantado de conocerte.
Oh, Dios mío. Esto es demasiado. Frank no solo ha perdido la barba, se ha arreglado el pelo, ha hallado algo de gusto para vestir elegantemente, junto con los buenos modales y la capacidad para asearse; es que, además, ha cambiado de nombre.
Entonces me acuerdo.
Se lo conté todo. Lloré y le conté lloriqueando todo lo que tenía dentro al pobre muchacho. Sabe exactamente lo mucho que significa para mí todo esto. Que mi madre conozca a Adam. Así que, por segunda vez en el transcurso de una semana, ha venido a rescatarme.
Pero ¿quién podría haberse imaginado que se lavaría con tanta meticulosidad? Si ignoramos el hecho de que tiene los ojos un poco enrojecidos, y que parece bastante cansado, tiene un aspecto impecable.
Tiene mucho mejor aspecto del que jamás tuvo Adam. Me refiero al Adam de verdad. Adam, Adam.
Bueno, ya sabéis lo que dicen. Detrás de cada neandertal barbudo y exalcohólico hay un Homo erectus acicalado y atractivo deseando salir.
Pero no es solo Frank el que se ha transformado. Mira a mi madre.
Antes, cuando me desmayaba en casa, entraba en un frenético interrogatorio: ¿Qué has desayunado? ¿Eres heroinómana? ¿Te estás acostando tarde? ¿Por qué no dejas la tontería esa de ser vegetariana?
Pero ahora, tras un par de minutos de sosegada preocupación, ha caído en un trance de felicidad, colgada de cada una de las palabras de Frank, perdón, Adam. Pero sé que, realmente, no lo está escucharlo. Debe estar perdida en sus pensamientos de orgullosa madre:
¡Qué bien!
¡Qué apuesto es!
¡Qué hombre tan elegante!
¡Parece rico!
Sin embargo, tras un instante, mi madre arruga ligeramente la frente.
–Perdona la pregunta -dice-, pero ¿por qué ha reaccionado Faith de manera tan extraña cuando has llegado?
–¿Extraña?
–Sí. Te ha tirado del brazo.
–Oh, eso. Sí… bueno… debe de ser mi magnetismo animal supongo -se ríe-. No puede mantener las manos alejadas de mí.
Oh, Dios. Puede que el magnetismo animal no sea la principal cualidad que mi madre busca en su futuro yerno, pero Frank ha hecho todo lo que ha podido, supongo. Hay una extraña pausa, pero mi madre vuelve a sonreír.
El peligro ha pasado.
Bueno, casi.
–Pero, ¿Por qué te ha llamado Frank? – Dios, ¿Quién es? ¿Jeremy Paxman?
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–Frank -interpongo-. ¿De verdad lo he hecho?
–Sí -dice Frank-, siempre me llama Frank. Es la manera cariñosa que tiene de llamarme. Es que me gusta el swing. Ya sabe, por Frank Sinatra. Pero bueno, supongo que es anterior a su época, señora Wishart.