La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 64 de 86

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La maquilladora

Capítulo 75

–Oh, no -dice mi madre, ruborizada al oír el halago-, me encanta el bueno de Frank.

Me hundo en mi asiento, observando con incredulidad la escena, que se va tornando cada vez más surrealista. Demonios, ni el propio Salvador Dalí hubiera imaginado lo que viene ahora. Empiezan a entonar Fly Me To The Moon. No, en serio. Lo hacen. Frank dándole una serenata a mi madre desde su asiento en la moqueta, como si fuera Julieta en el balcón.

Vale, en una escala de escenas vergonzosas, está a la altura de los vídeos de Celine Dion y de las lacrimógenas escenas que salían en Friends antes de una boda, pero no me importa. Desde que mi padre murió, cualquier momento de felicidad que mi madre pueda tener vale su peso en oro. Y no tengo ni idea de por qué Frank está haciendo esto por mí, pero le estoy tan agradecida que podría llorar.

Siguen canturreando y mi madre tararea cuando no se sabe la letra.

Pero a mí no me hace falta volar hasta la luna.

Ya estoy allí.

Capítulo 75

Lo hemos logrado. Lo ha logrado.

No sé cómo, pero lo ha logrado. Para ser exactos, fue llegar y besar el santo.

Me refiero a que mi madre parecía ávida por hacerle mil preguntas sobre su profesión de abogado.

Luego mi madre dijo que nos llevaría a tomar algo. Así que bajamos a tomar algo. Le preguntó a Frank lo que quería tomar, y aquella pareció la pregunta del millón. Es como si se hubiera visto forzado a dejar a su propio

hermano en manos de Jack Bauer[11]. Sus ojos pasaron a modo pánico

cuando se lanzaron sobre las botellas que había boca abajo en la barra.

–Yo me voy a tomar um… eh… um…

Yo rezaba en silencio: que no diga vodka, que no diga vodka, que no diga vodka.

–Me voy a tomar un agua mineral -logró decir finalmente. Entonces, por si mi madre le tomaba por un aburrido, añadió-: Con gas.

Le sonreí. Él me sonrió a mí. En algún lugar de la Antártida, se derritió un iceberg.

–Gracias -le digo, cuando mi madre se ha marchado-, me has salvado la vida.

–No, para ser exactos, tú me salvaste la vida. Yo solo te estoy devolviendo el favor.

–Eso ya lo hiciste -le recuerdo-, la otra noche, ¿recuerdas?, con Adam.

–Oh, bueno. – Se encoge de hombros-. Dejémoslo en que me debes una.

–¡Pero te has afeitado la barba! ¡Te has comprado una camisa nueva!

–Para un momento -dice, levantando la mano-, puede que me haya afeitado la barba, pero la camisa ya la tenía, no tengo solo sudaderas y camisetas.

–Oh, bueno, aun así, lo que has hecho, ha sido mucho.

–Bueno, cuesta mucho trabajo-dice con aspecto sombrío- impresionar a los