La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 28 de 86

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La maquilladora

Capítulo 31

¿Viejos tiempos? ¿Qué viejos tiempos? En serio, no recuerdo haber salido de copas con mi hermana en toda mi vida. Pero, de todas formas, apenas tengo tiempo de objetar.

–Vale -digo-, hay un bar a la vuelta de la esquina. Tiger Tiger. Calculo que estaré de vuelta a las cinco. ¿Habrás terminado para entonces?

–Sí -dice, con la misma mirada divertida y curiosa.

–Vale, hasta luego.

–Sí, hasta luego.

Me marcho cruzándome con los admiradores de Hope y le susurro a Paolo en la oreja al pasar junto a él:

–No trabajo aquí.

–Lo que tú digass, Feiz, loca.

Luego huyo. Al almacén, debatiéndome con mi lesión imaginaria por el bádminton, fingiendo marcharme apresurada para dar de comer al perro hiperglucémico de mi amiga imaginaria.

Capítulo 31

Soy una imbécil.

Una enorme y gorda imbécil alimentaperros.

A lo que me refiero, es que Tiger Tiger está como mucho a dos segundos de mi trabajo. ¿En qué estaba pensando? Lo último que me hacía falta es que Lorraine, o cualquier otra, diesen al traste con mi coartada.

He decidido ir sobre seguro, por lo que he elegido una mesa en la esquina más oscura, lo más lejos posible del ventanal.

Cuando mi hermana llega, me levanto y agito la mano, manteniendo la mirada en la acera.

Esta vez, lejos del resplandor intimidante de las luces de la tienda, nos abrazamos; nos damos el abrazo apropiado para dos hermanas en plan

«hace tres años que no nos vemos». Y sienta bien, desde luego, como si el hecho de acercar así nuestros cuerpos nos devolviera a tiempos mejores, antes de que todo aquello ocurriera. A aquellos días en que nos sentábamos en la cama maquillándonos la una a la otra. Cuando nuestra principal fuente de discusión era sobre qué miembro de los New Kids nos gustaba más.

–Aún no puedo creerlo -le digo-. ¿Qué probabilidad había?

–Lo sé. Es increíble. Debería haberte dicho que venía a Leeds, pero he tenido una agenda muy apretada. De verdad, estoy hasta arriba. Bueno, tú ya sabes cómo son estas cosas, ¿verdad?

Sonrío y asiento con la cabeza. Claro que sé cómo son estas cosas. Mi vida es una gira promocional continua. Christina. Justin. Beyoncé. No son nada comparado conmigo, os lo aseguro.

Pero, al mirar a mi hermana, me siento incapaz de sentir resentimiento. Así que vale, cuando mi madre más la necesitaba, ella estaba a dieciocho mil kilómetros. Y ahora, justo cuando empezábamos a recuperarnos, vuelve a casa. Con la postura de saludo al Sol en la televisión matinal, embarcada en una carrera centrada en la palabra «yogásmico», escribiendo libros, grabando vídeos, logrando hacer que la talla treinta y ocho parezca enorme, ganando un salario probablemente equiparable al producto interior bruto de Guatemala y sin una sola arruga a la vista en su simétrica cara color miel

Ni siquiera en los ojos.

Pero, a pesar del hecho de que soy consciente de todo ello y que, en el fondo, sé que es una egoísta (joder, ni siquiera en el fondo, está ahí, en la superficie), se trata de mi hermana. Tenemos un montón de cromosomas en común. Y recuerdos. Supongo qué eso debe de significar algo ¿no?

¿No?

Al mirarla mientras se acerca a la barra para pedir algo, me doy cuenta de que ahora me siento diferente con respecto a ella que cuando vi su imagen pixelada en la tele. Es un ser humano, de carne y hueso. Y amaba a mi padre tanto como cualquiera de nosotros. Solo que lo afrontó de otra manera, eso es todo. Quizá mi hermano tenía razón. Era la más joven.

Demasiado joven para afrontar la muerte, así que se marchó lo más lejos que le fue físicamente posible. Bueno, fue como entrar en la nasa e irse a una misión a Marte.

Así que, aunque resultó fácil demonizar a mi egocéntrica hermana cuando estaba en la otra punta del planeta, ahora que estoy cara a cara (o, en este preciso instante, cara a culo descaradamente perfecto, ya que está inclinada sobre la barra esperando a que la sirvan) siento el rastro del antiguo cariño entre hermanas. De hecho me odio a mí misma por haberla odiado. ¿En qué tipo de persona me convierte eso?

No.

Voy a esforzarme.

Voy a hacer un esfuerzo con ella.

A arreglarlo.

Se desliza en la mesa, con toda la población masculina del bar mirándole el culo. Ella sonríe y arruga la nariz diciendo:

–No has cambiado ni un ápice.

Por supuesto, esa afirmación me la puedo tomar de dos formas, pero decido otorgarle el beneficio de la duda. Quiero decir «tú tampoco», pero sonaría completamente ridículo, como si se lo dijeras a Michael Jackson. Ha cambiado hasta el punto de que cuesta reconocerla.

Está más delgada, mejor vestida y tiene ese brillo que tienen los famosos.

No hay rastro de la frente llena de espinillas ni de la enorme raya del ojo, ni de la ropa New Look que recuerdo de su época de adolescente. Parece la portada andante de una revista.

–Estás fantástica -le digo.

Eleva el pecho con orgullo, inhalando el halago.

–Es por los ejercicios -dice.

–Lo sé -digo-, compré un vídeo. Es muy bueno. Lo haces muy bien.

Mirad ¿habéis oído eso? Es el ruido de un hacha siendo enterrada. Estoy siendo amable con ella. No solo eso, es que me está resultando muy sencillo ser amable con ella.

–Oh, Faith, no tenías por qué hacerlo. Te podría haber dado uno gratis. Te habría firmado uno.

La miro a la cara buscando algún signo de burla. Nada.

–Oh, sé que lo habrías hecho. Es solo que no sabía dónde estabas. No sabía que habías vuelto al país, hasta que puse la tele y te vi.

–Oh -dice, con un tono que quisiera creer sincero-, lo siento. Pero siempre podrías haberte puesto en contacto conmigo a través de mi agente.

–Eh, sí -le digo, reprimiendo al menos cinco argumentos negativos que podría haberle lanzado legítimamente en este punto de la conversación-, supongo que podría haberlo hecho.

Ella sonríe y vuelve a arrugar la nariz. Solo que, esta vez, el gesto va acompañado de un ligero encogimiento de hombros. Si no estuviera tan decidida a seguir pensando en positivo en este momento, probablemente interpretaría ese gesto como un gesto de condescendencia. Pero, como he dicho, estoy tratando de ser positiva.

–Supongo que te resultará gracioso -dice.

–¿Gracioso?

–Que tu hermana pequeña se haya hecho famosa.

Pensamientos positivos.

–Sí, supongo.

–Porque siempre pensamos que sería a ti a quien mejor le… -se lo piensa dos veces-, ya sabes, te debe resultar gracioso.

Asiento, evitando el contacto visual, y luego sorbo de la pajita.

–¿Pero quieres saber una cosa?

¿Quiero saber una cosa? Evidentemente, no. Pero, como no puedo decir eso, digo:

–¿Qué?

–He aprendido una cosa, ya sabes, desde todo aquello. Ya sabes, después de que papá… ya sabes… desde que me marché. A Sidney.

–Y, eh, ¿qué es?

–Bueno, el caso es que Australia está llena de gente segura de sí misma.

Tienen la actitud de que, si quieres algo, solo tienes que salir y cogerlo, ya sabes…

Se detiene, percatándose de los dos oficinistas que la están mirando. Mira su mesa, y las dos botellas de Budweiser con ansia. Vuelve a mirarme y pone los ojos en blanco. Es ese gesto que significa: «me pasa todo el rato y lo odio, pero es el precio que hay que pagar por ser atractiva, glamurosa y famosa».

Trato de ignorar el gesto y empiezo a revolver los cubitos de mi vaso. Los revuelvo quizá demasiado deprisa y uno de los cubitos sale volando por la mesa.

-Ups -digo, soltando una risilla.

–… De todas formas… -dice, sin reírse- lo que te estaba diciendo es que Australia me ha beneficiado. Me hizo creer que podía salir y hacer lo que quisiera.

–Eso está bien.

Me lanza una mirada inquisitiva, como si no la estuviera entendiendo.

–Ya sabes, puedes conseguir todo lo que te propongas en la vida.

Sí, claro que puedes. Si eres capaz de abandonar a todo el mundo y dejar que se ocupen de todo. Hago todo lo que puedo por sonreír e ignorar los pensamientos negativos. Me meto la pajita en la boca y asiento con la cabeza.

–Por cierto -me dice, con fingida timidez-, tengo novedades.

Oh, no. Esto no va bien. De repente tengo una extraña sensación de desazón.