La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 40 de 86

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La maquilladora

Capítulo 44

Me gusta mi trabajo.

Bueno, eso no quiere decir que no quiera cambiar. Quiero. Pero a veces pienso que si tuviera algo más de dinero y mi madre lo supiera todo, y lo que es más importante, estuviera contenta con ello, podría ser perfectamente feliz desempeñándolo durante el resto de mi vida.

Lorraine es una pesadilla, pero me llevo bien con las clientas y me gusta maquillarlas. Hay algo reconfortante en sacar lo mejor de la gente y hacerla sentir mejor consigo misma durante el resto del día.

Pongamos a la viejecita, Josie.

No sé cómo se apellida. Siempre dice: «Llámame Josie», y así hago.

Lorraine nunca tiene tiempo para ella, debido al hecho de que habla por los codos, pero a mí me encanta charlar con ella. El caso es que viene todos los sábados para que la maquille, puntual como un reloj y este sábado no es una excepción.

–Hola querida -dice.

–Hola, Josie.

Lorraine me mira y pone los ojos en blanco, a sabiendas de que la próxima media hora no estaré disponible.

Josie debe rondar la ochentena, pero tiene una piel muy bonita.

–Agua de rosas -me contesta, tras haberle preguntado-, me la pongo dos veces al día, sin falta.

–Pues funciona.

–Llegarás lejos con tantos halagos -me asegura y empezamos a reírnos.

Detrás veo a Lorraine, que vuelve a poner los ojos en blanco.

Josie me pide un poco de colorete y me promete que lo comprará después.

Empiezo a extendérselo suavemente en las mejillas, cuando me doy cuenta de que hay alguien detrás de ella. Un calvo gordo que lleva un puro apagado.

Lo reconozco al instante. Es el señor Blake, el dueño de los grandes almacenes. Nunca me lo han presentado, aunque lo veo por aquí a menudo.

Se está acercando, aunque finjo no darme cuenta, y continúo aplicándole suavemente el colorete a Josie. Lorraine, por otro lado, no se puede mover más deprisa. Literalmente da diez enormes pasos en un segundo y sonríe todo lo que los retoques cosméticos le permiten.

–Hola, señor Blake -dice con un tono tan servil, que casi creo que va a hacerle una reverencia, entonces se embarca en un interminable monólogo, aunque no logro captar lo que le está diciendo, a causa de los confusos ruidos de la tienda.

Josie me sonríe con una maternal y agradable sonrisa.

Le devuelvo la sonrisa, tratando de mostrarme indiferente ante la conversación que se está manteniendo a mi lado.

–No te preocupes, querida -me dice, como si me hubiera leído la mente-, todo irá bien. No te preocupes. – Me pone su moteada mano sobre la mía-.

Todo te irá de perlas.