La maquilladora
Capítulo 30
Pero aquí estoy, aterrorizada, petrificada por si averigua que estoy mintiendo, mientras trato simultáneamente de ignorar el hecho de que se me está clavando un enorme pincho enfurecido en la pierna.
En la periferia de mi campo de visión, está la figura esquelética de Lorraine, que se dirige hacia aquí.
Mierda.
Tengo que hacer algo.
Lo que sea
Como sea.
Capítulo 30
Me echo violentamente hacia la derecha, por lo que estoy fuera de su vista, tras uno de los enormes pilares.
–¿Estás bien? – me pregunta Hope, con las comisuras de los labios arqueándose hacia abajo, divertida y con curiosidad.
Le tiro con fuerza del brazo, atrayéndola hacia mí, fuera de la mirada todopoderosa de Lorraine.
–Sí… sí… lo siento. Es la rodilla. Aveces cede… por completo. Una lesión por el bádminton. Tendría que ir a que me viera un médico.
Mi hermana me mira como si fuera una parodia de mí misma. Un bufón
enviado para entretenerla. Pero no me importa, no en este instante. Lo único que me importa es que se mantenga en pie mi coartada.
Lorraine pasa a marchas forzadas, ajena a todo, camino de las escaleras mecánicas. Respiro aliviada para mis adentros, luego le lanzo a Hope una sonrisa para distraerla.
–De todas formas -digo, señalando los libros y dvd expuestos para que la estrella los firme-, supongo que será mejor que te deje con eso.
–Oh, no -dice-, quédate. Me encantaría que te quedaras.
–No puedo. No puedo quedarme… porque… porque… tengo que irme y…
darle de comer al… perro. – Oh, genial, no solo he conseguido inventarme un trabajo y afición por el badminton. Ahora he añadido un can a la lista.
–¿Perro?
–Sí -digo-, de hecho es el perro de mi mejor amiga. Lo estoy cuidando este mes mientras está de vacaciones.
–¿Ha dejado al perro un mes?
Caray, ¿qué es, de la protectora de animales?
–Eh, sí. La cuestión es que si no vuelvo y, ya sabes, le doy de comer, podría… morirse.
–¿Morirse?
–Sí, morirse, el perro es hiperglucémico. Si no come algún tipo de carbohidrato cada seis horas, fatal… se va al garete. Se muere, así que será mejor.
- Feiz. – El sonido de la voz de Paolo hace que se me detenga por completo el corazón. En serio, se tira unos cinco segundos sin latir.
–Paolo -digo, girándome para saludar a mi amigo español, al que no veo hace tiempo. Mira el lugar en el que debería estar mi chapita y, antes de que le dé tiempo a meter su pata alpargatada, le guiño un ojo y digo:
–Hacía siglos que no nos veíamos. ¿Qué demonios haces aquí?
Me mira, confundido, antes de decir con tono de «a qué juegas»:
–Trabajo aquí.
Hope me mira alucinada. Entonces me doy cuenta de por qué: sigo con el ojo guiñado.
–Oh, joder con las lentillas -digo, metiéndome los dedos en los ojos-, de verdad que no debería haber dejado de usar las gafas.
-Bueeeno -dice Paolo-, ess la hora.
Para alivio mío, me doy cuenta, por su tono servil, de que se está dirigiendo a Hope, haciéndole saber que debería ir a la mesa y empezar a firmar libros.
Además, se está empezando a formar una cola de seguidoras con posturas yogásmicas perfectas.
–Muy bien -dice Hope-, un minuto.
Paolo asiente y se marcha, mirándome con recelo.
¡Un minuto!
¡No tengo un minuto!
Necesito salir de aquí antes de sufrir una combustión espontánea.
–Voy a coger el último tren a Londres, ¿por qué no nos vemos después?
Podemos salir a tomarnos algo, como en los viejos tiempos.