La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 67 de 86

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La maquilladora

Capítulo 78

Una hora después estamos dando un paseo. Alice, Oscar y yo.

Es una gran ocasión para Oscar. Es su primer paseo por el mundo exterior.

También es una gran ocasión para Alice. Me refiero a que, antes de que Oscar naciera, rara vez llegaba al parque sin que le diera un ataque de pánico.

Pero, por el momento, parece que está bien. Sigue frotándole la nariz a Oscar, que va colgado de la mochila portabebés.

–Niño guapo. Niño guapo. Niño guapo -le dice, haciéndole pedorretas en la mejilla.

De camino al parque, Alice me pregunta por mi situación laboral.

–Sigo en paro -le explico-, ¿Y qué hay de ti? ¿Qué vas a hacer cuando te organices?

–Volveré a rellenar sobres.

–Vaya dos chicas prometedoras ¿eh?

–Richard Branson[12], cuidadito que allá vamos -me contesta.

Llegamos al parque, y el sol decide hacer acto de presencia. Alice continúa libre de todo pánico mientras caminamos por el sendero, cruzándonos con gente que hace footing, estudiantes extranjeros y otros padres jóvenes.

Llegamos hasta uno de los bancos y decidimos sentarnos.

Oscar tiene los ojos abiertos como platos, podría ser que a causa del asombro, aunque probablemente será por el viento.

–Sí -está diciendo Alice con la vocecilla con la que le habla al bebé-, es el parque ¿verdad? Nos gusta el parque ¿a que sí? ¡Nos gusta venir al parque!

Sí, ahora somos un chico grande, ¿a que sí? Claro que sí. Claro que sí.

Claro que sí. – Lo mueve suavemente de arriba abajo.

Mientras Alice se pierde en los balbuceos de su bebé, me echo hacia atrás y disfruto de la cálida brisa. Una urraca aterriza a nuestros pies. Luego otra.

Su hermosa esposa.

La agradable sensación que me dejó el día de ayer aún no se ha esfumado.

De hecho, parece estar cobrando fuerza. Sigo sin hacerme a la idea de que alguien haya hecho tal esfuerzo por mí. Por mí.

Vale que le salvara la vida. Pero, aún así, no puedo quitarme las palabras de Alice de la cabeza. Debe de sentir algo por mí. Pero ¿qué?

Miro a mi alrededor, a la gente de los otros bancos. En el banco más próximo hay un grupo de adolescentes de ropas holgadas examinando sus monopatines. En el banco siguiente hay una pareja de ancianos vestidos de beis, mordisqueando unos sandwiches. En el banco siguiente hay… hay…

No.

No puede ser. ¿Es?

Pero, cuando me fijo mejor, no hay duda. Es John Sampson, vestido con unos elegantes vaqueros y una bonita camiseta.

Y junto a él, tonteando, coqueteando con él, está Doña Flequillo Gigante.

–¡Oh. Dios mío! – digo en voz alta.