La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 36 de 86

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La maquilladora

Capítulo 38

parece que ha ido bien. Esto podría convertirse en una relación.

Capítulo 38

Sienta bien.

Vale, es un poco narcisista. Pero de alguna manera lo hace más atractivo.

Tiene excesiva seguridad en sí mismo, yo también, yo tengo excesiva falta de seguridad en mí misma, así que juntos podríamos parecer dos seres humanos completamente normales.

Es como juntar dos especies distintas. Alguien que no solo no tiene razones para mentir sobre sí, sino que realmente se gusta a sí mismo.

Vamos, pensemos. Si tienes una neurótica por madre y a una agorafóbica por mejor amiga, no ayuda mucho que digamos.

Y además, es solo lo que dice lo que le hace parecer arrogante. Si estuviera sorda, podría disfrutar de las vistas.

Y vaya vista. En serio, parece una escultura de esas.

Pero, de todas formas, todo esto no tiene nada que ver.

La cuestión es que parece que me desea. Y cuando me despierte, mañana por la mañana, parece que me seguirá deseando.

De hecho, me desea contra la pared del baño (me ha interrumpido mientras me arreglaba). Y luego, cuando se estaba poniendo la camisa y la corbata, me mira y me dice:

–¿Qué haces esta noche?

¡Qué haces esta noche! No es como: «¿Qué haces mañana?», o «¿Qué haces el viernes que viene?», ni como «Gracias por el polvo, ya nos veremos».

–Eh, nada -le digo, algo desesperada.

–¿Qué tal si me paso por tu casa?

–Sí, genial. Eh, vamos que, que está bien. Si quieres.

Sonríe, pasándose la corbata por el nudo.

–Muy bien -me dice-, me paso sobre las ocho.

–A las ocho -digo-, genial.

¿A las ocho genial? ¿Siempre parezco tan idiota, o es solo cuando trato de impresionar a algún miembro del sexo opuesto?

–Vale -dice, volviéndose para mirarse en el espejo-, a las ocho.

Capítulo 39

En cuanto salgo del ostentoso mundo de ensueño del apartamento de Adam, se me cae encima el otro mundo.

Mi piso.

Mi moqueta naranja.

Mi cocina americana.

Mi ruidoso vecino neandertal.

Va a ver el piso y pensará que soy una andrajosa. Pensará que soy una hedionda pobre. Pasto de la caridad.

Con solo verlo dirá: «Unas tetas muy bonitas, pero una vergüenza de piso», entonces se dará la vuelta y saldrá de mi vida veinticuatro horas después de haber entrado en ella.

Entonces volveré al punto de partida. Volveré a mi triste y desesperanzadora situación sin Adam.

Necesito una mentira, pero ya es demasiado tarde. Ya le he dicho mi dirección. Así que cuando llegue a casa trataré de arreglar el piso.

De hecho, me tiro todo el día pasando la aspiradora, limpiando el polvo, abrillantando, metiendo cosas en lejía y cambiando objetos de sitio sin sentido. Lo cual, por supuesto, es un error. De hecho, ahora la moqueta está aún más naranja que antes.

Pero, de todas formas, si realmente Adam va a ser el Adam, más vale que se vaya acostumbrando a ver a la verdadera Faith Wishart, estridente moqueta naranja incluida.

Mientras me embarco en la última batida de polvo, pongo la tele y empiezo a cambiar. Neighbours, no… críquet no…

Y ahí está. Mi hermana. La flexible amiga del país. En el suelo, con las piernas encima de la cabeza, los pies en el suelo en una especie de rulo inmóvil del revés.

–Y una vez alcanzada esta posición -le dice a sus rodillas y a cinco millones de telespectadores-, tenéis que manteneros el máximo tiempo posible. Y si os sentís cómodos y seguros, colocad los brazos detrás, en el suelo. Así.

Entonces inspirad estilo yoga en esta postura.

Inclino la cabeza hacia un lado tratando de leer la expresión de la cara de mi hermana. Parece que doblar el cuerpo como una sillita de la playa es una actividad indolora para mi elástica hermana.

Me pregunto, por un instante, si realmente seremos familia.

Le miro las tetas perfectas e indiscretas.

Le miro los brazos nervudos.

Le miro esas piernas de longitud y flexibilidad imposible.

Le miro esa capacidad para sonreír, independientemente del hecho de que probablemente podría caber en este instante en una lata de sardinas.

Independientemente del hecho de que cinco millones de amas de casa deprimidas y de estudiantes cateados le estén mirando el trasero de licra en este mismo instante.

Entonces me miro las tetas. Me acuerdo del instituto, cuando todo el mundo me llamaba por mi segundo nombre: Melanie. Pero no me llamaban así porque me llamara así, sino porque era una descripción física.

Como si me hubiera metido dos tremendos melones debajo del jersey.

No es que me molestara. En aquellos tiempos, las tetas gigantes eran un accesorio estético imprescindible. ¿Qué más da que las tuviera blandas como dos bolas de malabares? ¿A quién le importaba que una fuera ligeramente más grande que la otra? En aquel tiempo, me encantaba el hecho de que los chicos no pudieran apartar sus sucias miradas de ellas.

Pero sé por qué me encantaba.

Me encantaba porque mis tetas era algo que mi hermana no tenía. Suena

fatal, ya lo sé, pero es cierto. Puede que mi hermana fuera más guapa, pero a la edad de catorce no tenía más que dos granitos bajo la camisa del uniforme.

Y ahí estaba yo, con solo dos años más, con un busto del que las mismísimas Sam Fox y Linda Lusardi habrían estado orgullosas.

Pero, por supuesto, conforme fue pasando el tiempo, mi actitud cambió. Así que vale, aún llaman la atención, pero ¿realmente deseaba ese tipo de atención? ¿No hubiera estado bien, por una vez, poder iniciar una conversación con un macho de nuestra especie sin que se le rompiera el cuello?

Además, ya no se llevan tanto las tetas. Desde que J-Lo desvió las miradas de todo el planeta más abajo y más atrás, mi torso se ha quedado algo ochentero.

Tampoco es que mis tetas no funcionen ya. Lo hacen. Vamos, no soy tan ingenua como para creer que lo que a Adam le atrajo de mí fueron mis ojos, mi sonrisa o mi agradable comportamiento.

Claro que no. Soñaba con colinas y valles desde el primer momento que me vio.

No me malinterpretéis. Cuando vas en busca de un Adam, utilizar las tetas como cebo es mejor que no tener ningún cebo. Es solo que no quiero que sea lo único en lo que piensen cuando piensen en mí.

No es que sea una artista de strip-tease. Puede que tenga las tetas algo desproporcionadas con respecto al resto del cuerpo. Pero solo un poco. No soy como las chicas esas flacas con unos melones rellenos de silicona. No soy Jorda ni Carmen Elektra ni nada parecido.

Tengo el culo demasiado grande. Ni respingón ni resultón. Ni garboso. Solo grande. Vale, tampoco es la monstruosidad de Esta abuela es un peligro, pero sería como dos Beyoncés y una Kylie. De hecho, confieso que el culo

de Kylie equivale a una de mis nalgas.

Y lo que más me fastidia, confieso que el culo de mi hermana equivale a una de mis nalgas.

Así que, aunque puede que tenga las tetas más grandes, la cuestión es que todo lo tengo más grande. Y a «más grande» añadidle más fofo, más bamboleante, más flácido, más paliducho y más orondo.

Y mientras que la gravedad está empezando a hacerme efecto, parece que está teniendo el efecto inverso en mi hermana. Es como si hubiese sido Isaac Newton el que se hubiera caído encima de la manzana. Todo apunta hacia arriba.

Su culo.

Sus tetas.

Sus pómulos.

Su carrera profesional.

Su vida amorosa.

Pero, eh, no tengo por qué amargarme. Mi vida amorosa también va viento en popa.

He encontrado a mi novio inventado. Y parece que le gusto, con todas mis cosas flácidas, fofas y caídas. Y si puede pasar por alto todo eso, estoy segura de que podrá también pasar por alto mi piso.

–Vale -dice mi hermana con una sonrisa radiante, desde su decorado de inspiración tibetana-. Eso es todo por hoy. Espero que os sintáis vivos y revitalizados. Y recordad -dice, apretándose el vientre, inspirando exageradamente-, seguid respirando.