La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 41 de 86

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La maquilladora

Capítulo 45

Después del trabajo, le llevo a Alice la crema antiestrías de Keats que le había prometido y ella me paga las diez libras que cuesta.

Le cuento todas mis novedades. Sobre el trabajo. Sobre Josie. Sobre Frank.

Pero ella desvía rápidamente la conversación en torno a Adam.

–Bueno, pero ¿has quedado con tu amante esta noche? – me pregunta.

–Sí -asiento ruborizada-. Me voy a pasar por su casa. Va a cocinar para mí.

–¡Ooooh! – exclama-. La cosa va en serio.

–¡Ay, déjalo ya! – le increpo-, es solo una comida.

Pero no puedo ocultar esa sensación. Esa sensación de nervios en el estómago. Una sensación causada por saber que ya no estoy sola. Que en algún lugar de la ciudad hay un hombre preparándose para cocinar, para hacerme la cena a mí. Y que las mentiras en mi vida están borrándose lentamente, una a una.

Capítulo 46

Esa sensación me dura hasta que llego al piso de Adam y me dice:

–Oh, mierda. Sí, se supone que tenía que haber preparado la cena ¿verdad?

Se me ha olvidado comprar algo.

Se me descompone la cara, a pesar de que hago todo lo posible por mantenerla en su sitio.

–Oh -contesto-, bueno.

–Una cosa, ¿por qué no te llevo a cenar fuera?

¿A cenar? No, no se puede librar tan fácilmente. No puede limitarse a comprarme. Debería ser fuerte, hacerme la dura.

–Vale, suena genial.

Así soy yo. Faith Wishart.

Todos nos vendemos por unas monedas.

Vamos a Brasería 44, cerca del muelle. Es un restaurante de postín y somos los más jóvenes, con una diferencia de unas dos generaciones. Mientras examino la carta, me debato sobre si contarle a Adam lo de Frank. No sé por qué, pero me siento culpable por ello.

Pero, por alguna razón, permanezco en silencio. No sé por qué, pero creo que lo va a malinterpretar. Especialmente la parte de quedarme toda la noche en la sala de espera, para ver si Frank se ponía bien.

Llega el camarero y toma nota. Adam se decanta por un filete, mientras que yo opto por el risotto con cacahuetes, que es el único plato vegetariano del menú.

Le pregunto por el trabajo, pero me doy cuenta de que no quiere hablar de ello. Quiere que hablemos de mí.

–Estás muy sexi -me dice.

¿Está loco?

–No lo creo -le contesto.

–Debes de ser la chica más en forma de todo Leeds. – Vale, eso debe de ser un cumplido. Pero, si realmente cree que soy la chica más en forma de todo Leeds ¿a qué se debe semejante fascinación por el trasero de nuestra camarera?

–Y tú debes de ser el mayor mentiroso de todo Leeds. – Pero, por supuesto, no lo es. Yo soy la mentirosa más grande de todo Leeds. Demonios, probablemente estoy camino de ser la mayor mentirosa de todo Inglaterra, si alguna vez se celebrara un concurso. Entonces me doy cuenta de que este sería un buen momento para aclarar algunas cosas.

–Adam. ¿Pu… puedo preguntarte una cosa?

–Dispara -contesta, girando la copa de vino.

Tomo aire.

–¿Lo nuestro es oficial?

Se ríe.

–¿Oficial? ¿Oficial de qué?

–Oficial, ya sabes, novio y novia oficiales. Quiero decir que si estamos en ese punto.

Frunce el ceño y se echa el vino al gaznate. Parece molesto durante un segundo, luego, cuando se ha tragado el shiraz dice:

–Claro. Si quieres. Es oficial. Somos novio y novia.

–Vale, entonces ¿podría contárselo a mi madre y todo eso?

Me lanza una mirada desconcertada.

–Por supuesto.

Sonrío y le miro fijamente a los ojos. Puede que no sea el novio más perfecto del mundo, pero debe de ser uno de los más guapos. Novio. Me encanta esa palabra, novio. Podría estar pronunciándola todo el día.

–Gracias -le digo-, significa mucho para mí.

Me lanza una sonrisa maliciosa, aunque adorable.

–¿Te he dicho lo sexi que estás?

–Sí -le contesto-, creo que sí.

Entonces le digo que voy al baño, y lo hago, llevándome mi neceser con el maquillaje.

Hasta los baños son pijos aquí. Con perfume y pequeñas pastillas de jabón talladas, con lavabos de mármol y puertas de madera de caoba en cada cubículo.

Y ahí estoy, estoy a mitad de chorro, cuando alguien llama a la puerta.

–¿Sí?

–Soy yo.

Es él.

–Adam. Esto es el lavabo de señoras ¿qué haces?

–He venido para comprobar si estabas bien.

–Pero estoy…

–¿Puedo entrar?

–Esto es el lavabo de señoras -le recuerdo.

–Por favor -me suplica, con un tono encantador.

–De acuerdo -contesto-, espera un segundo.

Me seco y abro la puerta. Antes de que me haya dado tiempo a subirme las bragas, me está besando y, aunque una parte de mí quiere resistirse, los besos resultan muy agradables.

–Eres tan atractiva -me dice, mientras me mordisquea la oreja. Luego, antes de que me haya dado cuenta, me está quitando la camiseta y los pantalones.

Me pongo nerviosa. Es que las relaciones sexuales en unos baños públicos no es algo que haya hecho nunca. Besarme con lengua es lo más pervertido que he hecho. Suelo ser tan golfa como la abuelita de Christina Aguilera y, aun así, me estoy rindiendo a sus métodos de persuasión.

Pero tiene no sé qué.

Tiene algo eso del espacio reducido. El riesgo. El riesgo de que te pillen. La intensa urgencia del momento. Está mal, pero a su vez está bien.

Hay un portazo algunos cubículos más allá, lo cual permite a Adam emitir un gemido extasiado mientras termina. Me jadea con dificultad en la oreja y se agarra a mí hasta que se recupera.

–¿Estás bien? – me susurra.

–Sí -le digo-, estoy bien.