La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 20 de 86

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La maquilladora

Capítulo 22

–Vamos… por favor no te mueras… por favor.

Capítulo 22

Todo el piso está conmigo. De mi parte. Puedo notarlo, la fuerza de todos los secretos contenidos en esas cajas sin desembalar, un poder casi sobrenatural. No puede morir. Este hombre, este ser humano, sea lo que sea lo que se haya hecho, debo deshacerlo; sea lo que sea lo que ha ocurrido, no ha terminado del todo.

Mientras sigo presionando, inclino la cabeza para mirar por la ventana. La lluvia golpea incesantemente los cristales y es difícil ver algo, aunque sí puedo decir que la ambulancia aún no ha llegado. Por supuesto que no ha llegado. Si acabo de llamar… ¿Cuándo? ¿Hace un minuto? ¿Menos de un minuto? ¿Podría incluso hacer menos de un minuto? ¿Quizá más? Ni idea.

Resulta engañoso.

La música se detiene. El breve silbido de una cinta y luego nada. Tan solo el sonido de la lluvia, el rumor distante de un rayo y mi propio agotamiento.

De nuevo, trato de llegar a un acuerdo con él mientras le presiono el pecho.

–Despierta… Lo siento… No quería quejarme… Quien quiera que seas…

Por favor, despierta… Por favor… Si puedes oírme… Me encanta tu música… Puedes ponerla… tan alta como quieras… Lo siento mucho…

El hombre, su cuerpo, su olor, su barba, su desnudez, su vello corporal, nada de eso me resulta repulsivo ahora. Resulta bello en su indefensión y debo seguir, a pesar del hecho de que mis brazos están a punto de rendirse, a pesar del hecho de que ya debe de estar…

Algo ha ocurrido.

Justo en ese momento.

Lo noto, bajo las palmas de la mano de mis agotadas manos.

–¿Hola? ¿Me oyes? ¿Hola?

Aparto las manos del pecho.

Un extraño sonido, un gemido al revés, luego se le agita todo el cuerpo con una convulsión. Se asfixia, levanta la cabeza, como en una pesadilla, tratando de coger aire. Las convulsiones se detienen y le sale más vómito acuoso de la boca.

La cabeza cae hacia atrás, pero ahora tiene una chispa de vida en la mirada.

Vuelvo a preguntarle:

–¿Me oyes?

Se le abre la boca para emitir algún sonido inarticulado. Le compruebo el pulso en la muñeca. Débil y lento, pero es pulso, al fin y al cabo. Vuelve a cerrar los ojos.

–Mantente despierto -le digo-, por favor, mantente despierto. Te vas a poner bien, pero mantente despierto.

La voz de un hombre:

–¿Hola? – La ambulancia debe de haber llegado.

–Hola -contesto-, por aquí.

Un hombre y una mujer vestidos con uniformes verdes entran en el salón.

Jamás me había alegrado tanto de ver a alguien en toda mi vida como ahora,

al ver a estos dos arcángeles de verde.

El hombre pregunta:

–¿Cómo se llama?

–No lo sé.

La mujer pregunta:

–¿Tiene pulso?

–Creo que sí… sí… sí tiene.

El hombre pregunta:

–¿Lo has reanimado?

Las palabras llegan a más velocidad:

–Sí… se ha despertado… Se le ha movido el cuerpo como si le estuviera dando un ataque y luego ha cerrado los ojos y no sé qué ha pasado, se le ha caído la cabeza hacia atrás y se le han cerrado los ojos y no sé qué hacer…

no sabía… es que… yo… no sé si está… si se va a poner bien…

El hombre me pone una mano en el hombro. Quiere tranquilizarme. Quiere que hable coherentemente. Y desde luego no estoy hablando con coherencia.

Tengo las manos en la boca, temblando, temblando no, vibrando. Me echo atrás, apoyándome en la pared. Los de la ambulancia se arrodillan buscando signos de vida. Despliegan una camilla y lo empujan sobre ella.

Empujan de nuevo para alzar la camilla.

La ropa está en el suelo, colgada de la puerta del dormitorio. Vaqueros