La maquilladora
Capítulo 50
Pienso en el trabajo. Pero libro el sábado. Aunque podría utilizarlo como excusa, alegando que tengo que hacer una importante campaña de publicidad o algo así.
Mi madre continúa.
–Puedo llegar a la hora que sea. Así que no me digas que tienes que trabajar.
–Pero… yo… -No tengo ninguna otra excusa, que no. Y mientras vacilaba, resulta que todo ha quedado dispuesto.
–Entonces nos vemos el sábado -dice-. Bueno, tengo que dejarte, tengo que limpiar las ventanas del piso de arriba.
Capítulo 50
A veces, es mejor salir con algo directo. Ya sabes, soltarlo sin pensarlo. Así que esa noche, diez minutos después de que Adam hubiera entrado por la puerta le digo…
–Tengo que pedirte una cosa.
–¿Pedirme? – Parece preocupado, como si yo fuera a clavar una rodilla en el suelo.
–Sí. Mi madre va a venir este fin de semana, y estaba pensando que, bueno, ya sabes, si no te importa, si te gustaría conocerla.
–¿Conocerla?
–Sí, a mi madre.
–¿Conocer a tu madre?
–Sí, vamos, no se va a quedar mucho tiempo, y no tienes que quedarte…
–Me cago en la puta, nena -contesta, con los ojos como platos, por la sorpresa, o por incredulidad.
Niega con la cabeza.
No es buena señal.
–Me cago en la puta ¿qué? – le pregunto, bastante perpleja.
–Me cago en la puta.
Se levanta del sofá y va a la cocina. Sigue negando con la cabeza.
–¿Qué pasa? – le pregunto.
No hay respuesta. Se limita a mirar por la ventana.
Al final dice algo, más para sí mismo que para mí, por lo que no me entero.
–¿Qué?
–Digo -me dice, vocalizando claramente- que vas demasiado deprisa.
–¿Deprisa? – repito, percibiendo que el malestar corre en ambas direcciones-. ¿Qué quieres decir con demasiado deprisa? ¿Porque te he pedido que conozcas a mi madre? No te va a comer, ¿sabes? Se trata tan solo de una persona.
Me mira como si no lo entendiera.
–Solo estamos empezando a salir -dice, bajando el punto de ebullición a nivel cuatro-. No estamos en la fase de conocer a los padres ¿no?
–No lo sé. No sabía que tuviéramos que estar en ninguna fase.
Mira al techo y lanza un afectado suspiro.
–Creo que es demasiado.
–¿Demasiado?
–No quiero que empieces a llevarte una falsa impresión. Vamos, que no quiero que pienses que hay algo que realmente no hay.
–¿Y qué hay?
Se encoge de hombros.
–No sé. Pero estás metiendo muchos extras.
–¿Extras?, Adam, no soy un dvd.
Sonríe. Es una sonrisa que no le había visto antes, y no le favorece. Le hace parecer engreído. Pretencioso y feo.
–Solo te he preguntado si te gustaría conocer a mi madre, eso es todo.
Entonces, más tranquilo que antes, sale de la habitación y del piso.
–¡Adam, espera!
Pero es demasiado tarde. Se ha marchado.