La maquilladora
Capítulo 73
de su expresión, para mostrar una decepción total. Nuestras conversaciones telefónicas nunca volverán a ser las mismas. Jamás, y eso lo sé, pero es demasiado tarde ahora para echarse atrás.
Vale, vale. Allá vamos.
–Mamá, Adam…
Alguien llama a la puerta.
Al principio, creo que estoy oyendo alucinaciones, un efecto secundario del delirio que siento en este instante. Pero vuelvo a oírlo. Tres golpecitos fuertes y tranquilos en la puerta.
–¿No vas a ver quién es? – me pregunta mi madre.
–Claro -le digo, levantándome desconcertada.
Salgo del salón y me dirijo a la entrada. Por el cristal de la puerta veo la silueta borrosa de un hombre vestido con una pulcra camisa azul. El corazón me da un vuelco, al darme cuenta de que no lo reconozco.
Probablemente sea un testigo de Jehová. Siempre van vestidos muy elegantemente, ¿no? O un vendedor a domicilio vendiendo aspiradoras o algo por el estilo.
Sea como sea, enseguida lo averiguaré, pienso para mis adentros mientras abro la puerta.
Capítulo 73
La puerta se abre y sigo sin reconocer al hombre. Es alto, moreno, va recién afeitado, lleva una elegante camisa azul y es excesivamente guapo. Es el sueño húmedo de cualquier madre. De hecho, todo él es un sueño húmedo, punto. Pero ¿Qué demonios está haciendo en mi puerta?
–¿Sí? – pregunto, esperándome un rollo o algún pasaje del Antiguo Testamento.
No dice nada. En lugar de eso, sonríe y abre los ojos.
¡Oh, Dios!
Creo que espera que sepa quién es. Hay algo en él que me suena. Hay algo en sus ojos.
Pero entonces, mi vida está tan atascada de extraños elegantes y buenorros presentándose en mi puerta, que resulta fácil que se me olvide. Después de un rato, todos se emborronan formando uno solo.
–¿Quién es? – trina mi madre desde la otra habitación.
–¿Es tu madre? – me pregunta el hombre de la puerta, con una voz que, definitivamente, me suena de algo. Puede que sea uno de esos interlocutores de la tele, o algo por el estilo.
–Eh, sí ¿Por?
–Bien -dice-, será mejor que vaya a conocerla.
–¿Conocerla? ¿A mi madre?
El hombre se cruza conmigo y atraviesa la entrada. Empieza a entrarme el pánico.
Podría ser un asesino a sueldo, o algo de eso. O un secuestrador. O un asesino en serie. Me refiero a que siempre van vestidos elegantemente ¿no?
Como en American Psycho. Puede que alguien le tenga ojeriza a mi madre.
Puede que sea uno de esos vendedores groseros que le suelen dar la tabarra, que la acosa en busca de venganza. Alguien de la House of Frasers o de
Debenhams[9] a quien haya logrado llevar al límite. El pobre tío al que
chilló por no haberle traído a tiempo el sofá nuevo. Sigo al intruso.
–¡Eh! ¿Qué hace?
Sigue hasta el salón y se detiene justo frente a mi madre. En cualquier momento. En cualquier momento va a sacar una pistola y a dispararle justo entre los ojos.
Levanta la mano.
¡No tiene pistola!
Será que va a estrangularla.
Avanzo y le agarro del brazo.
–Faith -dice el hombre con una voz extrañamente familiar-. ¿Qué narices estás haciendo, cariño?
Cariño.
¡Oh, Dios mío! Debe de ser un violador.
Entonces me guiña un ojo.
¡Me ha guiñado un ojo!
¡A mí!