La maquilladora
Capítulo 9
Entonces pienso en la cara de mi madre y en todas las mentiras que le he contado en los últimos tres años. Todo lo que le he contado sobre esta empresa. Sobre lo bien que me llevo con el jefe. Con él, John Sampson.
–Por favor -digo con voz de desesperación, con las nalgas asentadas, suplicantes, en el borde de la silla-, por favor, de verdad que necesito el puesto. Siento haber mentido, señor Sampson, se lo suplico, por favor, de verdad. Haré lo que sea, por favor.
–Bueno, de hecho, hay algo que podría hacer.
Ya está. No sé cómo, pero he conseguido darle la vuelta a la tortilla. Lo ne conseguido. Como en un libro. O en una película. He dado mi gran discurso como Rene Zellwegger en Jerry MacGuirey ahora va a ceder. Voy a conseguir este puesto. Puede que me baje un poco el sueldo, o que me dé menos responsabilidades, pero seguro que se ha dado cuenta de estoy en un aprieto. Soy una damisela en apuros y él va a salvarme. Va hacer que todo salga bien. Como si estuviéramos en el siglo diecinueve. Se lo veo en la cara.
–Lo que sea, haré lo que sea. Lo que sea.
–Bien -contesta-, puede usted cerrar la puerta cuando salga.
Capítulo 9
Ya está. Mi cuasicarrera como relaciones públicas ha durado unos diez minutos. Mi carrera ficticia de relaciones públicas, por otro lado, va cada vez mejor. Preguntadle a mi madre. Que os lo cuente ella. Lo encantados que están todos conmigo, cómo me han nombrado empleada del mes no una
ni dos, sino tres veces. Chicos, os lo digo, es todo un logro ficticio. Cuesta mucho trabajo ficticio lograr todo este reconocimiento ficticio.
–¿Qué tal te ha ido el día? – me pregunta mi madre por teléfono.
–Genial -digo, en plan suicida, tragándome un vaso de meado de gato búlgaro.
–¿Te estás tomando algo?
–Sí -contesto-, un zumo.
–Bien -dice-, necesitas tomar muchas vitaminas con este tiempo. Mucha vitamina. – Por el tono, mientras habla, noto que está hiperactiva perdida, haciendo alguna tarea del hogar. Me la puedo imaginar, arrodillada, sacudiendo la mesa camilla con una sutil mirada de maníaca. Una mirada usada y desgastada desde que perdimos a papá.
–Sí, mucha vitamina.
–¿Qué tal en el trabajo? – me pregunta, forzando una voz alegre.
–Genial -repito, mirando la etiqueta para ver qué graduación tiene. Doce grados y medio. Tendría que haberme pedido un vodka.
–¿Ha pasado algo?
Vale, posibles respuestas:
1) He ido a una entrevista de trabajo para un puesto que crees que ya tengo.
2) He conocido al gilipollas más grande del planeta.
3) Pensé que la mejor manera de impresionarle sería experimentar con el
nuevo bronceador de Keats.
4) He descubierto que el nuevo bronceador de Keats complementa el tono natural de tu piel. Siempre que seas un orangután.
5) Me han pillado mintiendo en mi solicitud.
Respuesta real:
–Me han vuelto a nombrar empleada del mes.
Pero, por supuesto, ni mis mentiras son suficientes para mi madre. Quiere más. Quiere que sea mejor.
–¿Empleada del mes? Eso está bien, ¿te van a pagar más?
Ya veis, no importa lo que le diga, nunca es suficiente.
–No -digo, quizá con tono de excesivo enfado-, eso no implica ganar más.
–Oh, no importa. Estoy segura de que pronto tendrás suficiente dinero para…
Aún borracha perdida, sé lo que viene ahora.
–Mamá, estoy bien aquí. Ya sé que el piso no es perfecto, pero me gusta la zona. Es muy… peculiar.
Y supongo que es la verdad. Hyde Park, la zona de Leeds en la que vivo, es muy peculiar. Hay drogradictos que se derrumban de manera muy peculiar en mitad de la calle. Hay niños peculiares que te escupen en la espalda cuando te agachas para coger un periódico. Hay peculiares alarmas de coche y helicópteros de la policía que te mantienen despierta hasta las cinco
de la mañana. Hay matones peculiares que gritan insultos racistas a cualquier minoría étnica que entre en su campo de visión. Hay borrachuzos que te lanzan un alegre, semiincoherente «que te follen» cuando te los cruzas por la calle, inhalando los peculiares aromas de los tubos de escape de los coches, la orina y los menospreciados kebabs mientras caminas.
No hay lugar a dudas, esta zona solo se puede definir como «peculiar».
Y luego está mi piso en sí. Aun omitiendo el hecho de que mi casera ha estado reformando ruidosamente el sótano (debajo de mi piso) durante los últimos seis meses, no es exactamente una pasada. Jodidamente frío y jodidamente feo. Por supuesto, feo a los ojos del espectador, pero quisiera yo ver a un espectador que lograra hallar otra palabra para la catástrofe estética que es mi piso. Vale, hay un par de detalles pintorescos victorianos de época. Techos altos. Un mirador. El fantasma de una vieja con un camisón blanco. Realmente, no sé si de veras hay un fantasma, porque la única vez que lo he visto fue aquella tarde, después de la peli de terror de Los otros en la tele y me tuve que ir a dormir a casa de Alice (Alice es mi mejor amiga, mi única amiga de verdad en Leeds, ya os contaré luego más de ella).
Pero, de todas formas, aparte del techo y de la ventana, el resto es una porquería. Una porquería de moqueta naranja. Una porquería de empapelado. Una porquería tan grande que la porquería de suelo de linóleo de la cocina se enrolla sobre sí mismo de asco, por no tocar la pared.
He tratado de mejorar su aspecto. He pintado el baño y me he comprado una mesa muy bonita con sus sillas. Pero son armas insuficientes para contrarrestar la sobrecogedora fuerza de la porquería.
De todas formas, ese es el problema. Mi madre cree que tengo un pedazo de trabajo y, claro, viene a visitarme y es como «vaya». Vamos, que no se parece mucho a los pomposos palacios con suelo de tarima en los que viven las chicas triunfadoras que salen en las revistas.
Pero no solo no he logrado una carrera en los medios de comunicación.
De hecho, miento en todo.
De verdad, lo que sea, yo he mentido sobre ello.
Si la teoría del crecimiento nasal de Pinocho fuese un hecho científico, no podría girar la cara sin darme contra una ventana.
Ya veis, sin todas esas mentiras, mi vida sería, bueno, mi vida. Y eso no es lo que quiero que sea. Y mi madre tampoco. No, lo que yo quiero es que se parezca a las de los libros. Ya sabéis cuales. Esos en los que hay un comienzo dramático y una chica con un gran trabajo, que vive en Londres o en Nueva York, o en alguna gran ciudad, que a lo único a lo que se dedica es a soñar con el hombre perfecto. Luego encuentra al hombre perfecto en el último capítulo que resulta ser alguien que ha estado delante de sus narices todo el tiempo.
Quiero que mi vida esté llena de dramatismo, que sea excitante, que tenga giros inesperados.
Que sea una novela romántica.
Quiero que tenga una portada elegante.
Pero lo cierto es que, toda mi existencia está basada en los remaches, como en los de los manuales de Ikea que te explican cómo montar una estantería.
Así que para encubrir la triste realidad, me invento cosas.
Ya sé lo que estaréis pensando. ¿Por qué lo hago? ¿Soy una tía rara? No lo sé. Quizá sí. Pero la cuestión es que quiero que mi madre esté contenta conmigo. Quiero impresionarla. Quiero que me diga que mi padre estaría orgulloso. Sé que son tonterías, pero significan mucho para mí.
Lo son todo.