La maquilladora
Capítulo 51
Una hora después vuelve.
–Siento lo de antes -dice, en el umbral de la puerta.
–No importa.
Se saca tras la espalda una botella de vino. Le sonrío sin querer, y entra.
–Creo que he reaccionado de manera algo exagerada -se explica, quitando el sello del tapón de la botella.
–No -le digo con un tono tan diplomático como el suyo-. Es culpa mía.
Estoy precipitando las cosas. He estado viendo cosas donde no las había.
Entiendo que no quieras conocer a mi madre, no pretendía asustarte.
–Si tanto significa para ti -dice, buscando un sacacorchos.
–Está ahí dentro -digo, señalando el cajón que tiene el pomo suelto-.
Tampoco significa tanto. – Lo cual es mentira. Que mi madre conozca a Adam lo es todo para mí. Soy consciente de que no debería significar nada.
Mi felicidad no debería depender de la aprobación de mi madre. Debería salir de dentro. Pero la sensación de saber que debería ser así, hace que no sea así. De modo que cuando le digo que no me importa tanto, siento una extraña sensación de desazón. Como cuando te despiertas tras haber tenido un sueño increíble, y te encaras con la realidad de tu mierda de apartamento.
–No, voy a conocerla -me dice, mientras sirve el vino en dos copas. Glup, glup, glup.
–¿En serio? – le digo, quizá con excesivo entusiasmo. Se me queda mirando
durante bastante rato, hasta que me ofrece una copa de vino.
–En serio.
–Bueno, en ese caso, tengo que contarte algo.
Arquea las cejas, expectante.
–Dime -dice.
Hago lo posible por ignorar el tono de tristeza de su voz y le digo:
–Mi madre cree que llevamos juntos tres meses.
Da tal resoplido que casi esparce todo el vino tinto por el suelo. Tras tragar melodramáticamente, dice:
–¿Qué?
Cierro los ojos y le cuento el resto.
–Y cree que eres abogado.
El ambiente se tensa.
Abro los ojos, y veo a Adam negando con la cabeza de lado a lado, abriendo y cerrando la boca como un pez de colores demente.
–¿Qué… yo… donde… quién… por qué? Oh, Dios.
Empieza a parecer enfadado.
Me trago el vino y echo los hombros hacia atrás para que se me noten los pezones bajo la camiseta.
Me los mira a través del vaso y toma un sorbo.
–Es una larga historia -le explico-. Pero, básicamente, me cansé de que mi madre pensara que soy una lesbiana en paro. Así que me inventé un hombre. Un trabajo. Y todo. Pero, no te preocupes, no entiende nada de leyes.
–Oh -dice, mirándome todavía a través del vaso-. Bueno.
Envalentonada por la primera copa de vino, me acerco a él y le meto la mano por debajo de la camiseta, rodeándole el ombligo con los dedos.
–¿Está bien? – le pregunto-. ¿Me seguirás la corriente?
–Sí -dice, con un lujurioso gemido, hasta que empieza a mordisquearme la oreja-. No hay problema. Lo que sea. Lo que quieras.
¡Así que por eso ha vuelto! Dios, realmente es un adicto al sexo. Con solo un vistazo de mis protuberantes pezones, pierde la cabeza. Pero, sinceramente, no me quejo. Después de todo, ha accedido a que le presente a mi madre. Puede que se acaben las mentiras.
¿Cómo de sexi es? En una escala de uno a Colin Farrell, definitivamente es un Farrell. De hecho, podría arrancarle la ropa en este mismo instante.
Además, no estoy ovulando.
Tal como ocurre, no hace falta arrancarle la ropa. Lo hace él solito. Ahí, en la cocina. Entonces aguarda, como un entusiasmado visitante en el parque de atracciones de OK Corral, esperando a que sea yo quien mueva ficha.
Tras un instante deliberando, me quito la ropa y tiro de su cuerpo perfecto hacia el mío, sintiendo un cosquilleo al sentir su tacto.
–Oh, sí -dice, con su tono incitador; este tono sí que me resulta familiar-.
Eres tan sexi…
Pero entonces, cuando nos vamos a poner en faena, me acuerdo.