La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 19 de 86

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La maquilladora

Capítulo 20

Pero no puedo apartarla.

La sensación de que ha ocurrido algo malo.

Capítulo 20

–¿Hola?

Nadie responde.

–¿Hola?

Nada.

Observo con la media luz de la lámpara del suelo y veo algunas cajas.

Cientos de cajas, apiladas unas encima de otras. Algunas altas, otras bajas, la habitación es una metrópolis de cartón.

Un par de cajas han sido señaladas con un rotulador: «Cosas de R», escrito con letras grandes, poco firmes, a los lados.

Dios mío. Lleva aquí días y no ha desembalado nada. Debe ser aún más desordenado que yo.

O alcohólico. Observo meticulosamente la caótica disposición de latas vacías de cerveza y botellas de vodka que decoran la moqueta. Sigo su rastro desperdigado hacía la puerta y veo… oh, Dios mío.

Me quedo helada. Literalmente, la sorpresa hace que me resulte imposible

moverme.

Capítulo 21

Un pie.

Un enorme pie descalzo, sobresaliendo por la puerta.

Me lleva unos segundos comprender lo que estoy viendo, comprender que es probable que ese pie esté unido a un cuerpo y que (a juzgar por la postura del pie) el cuerpo esté tumbado en el suelo, boca arriba, inerte.

Entonces me doy cuenta de que es el tipo de escena en la que uno no se puede quedar inmóvil durante mucho tiempo.

Camino hacia delante, dirigiéndome al dormitorio y me escucho gemir de susto.

Es él. El neandertal. Tumbado completamente desnudo en el suelo. Inerte.

Tiene vómito en la cara, saliéndole de la boca, abierta, atravesándole la barba, hacia las mejillas.

Tiene una botella vacía junto a la cabeza.

Y luego, todo parece irreal, ficción, tiene la pinta que siempre tienen las situaciones de emergencia.

De repente, me encuentro moviéndome a velocidad de crisis, arrodillándome, buscando algún signo de vida. Le pongo los dedos en el cuello, aguardando, tratando de hallarle el pulso.

Nada.

Tras despejarle las vías respiratorias, le levanto la mano. La mano que ha caído sobre su ingle, la mano que pesa más de lo que jamás pensé que podía pesar una mano. Está caliente.

La dejo y vuelvo a buscarle el pulso.

Nada.

–Por favor -digo, tirándole del hombro con la mano que me queda libre-, por favor, despierta.

Tiene los ojos abiertos, mirando vacíos al techo. No ven. O ven demasiado lejos.

De repente se me viene a la cabeza: está muerto. Estoy tocando un cuerpo muerto.

Pero conserva la temperatura corporal. El sudor de la cara brilla y está húmedo. Tiene la piel pálida, pero no del tono de los muertos. Estoy al teléfono, con el móvil, en este momento. Me he oído a mí misma pidiendo una ambulancia, me he oído dando la dirección, pero todo esto está ocurriendo demasiado deprisa. A cámara lenta. En tercera persona.

Es como si estuviera observando toda la escena desde arriba. Porque ya no soy yo. No puede ser. La chica que está dejando el teléfono en el suelo, colocando las manos juntas sobre el pecho del hombre, la chica que está presionando el pecho de un hombre, tratando de devolver al muerto a la vida. Esa chica es otra persona. No yo. Estas cosas no me pasan a mí. Mi día típico no incluye toparme con cadáveres desnudos en pisos de entresuelo.

Quince intentos en el pecho, luego dos en la boca con la nariz tapada. Tal como aprendí en aquel curso que hice. Primeros auxilios de St. John. Tras la

muerte de papá, equipándome de conocimientos que me habrían hecho falta hace un año. Tengo un vago recuerdo de la demostración práctica, con muñecos de plástico, de alguien diciéndome que no tuviera miedo de apretar fuerte, porque, a veces, implica romper la caja torácica.

Mientras presiono con fuerza, por novena vez, un nítido pensamiento se abre camino en mitad de esta pesadilla viviente. El pensamiento es: ¿Y si me acusan falsamente? Quiero decir, sencillamente, que acabara de morir y que casualmente yo entrara en el piso no suena bien. Lo veo: «Mujer mata a vecino ruidoso (después, le roba la ropa)».

–Diez -digo, siguiendo la cuenta mientras vuelvo a presionarle el pecho, empleando todo el peso de mi cuerpo. Vamos, por favor, vamos.

Despierta-… Once.

Le miro la boca, el vómito alrededor de ella, colgándole de la barba. La idea de poner mis labios sobre los suyos resulta imposible, solo faltan cuatro apretones más.

–Doce.

La persona del teléfono me ha dicho que siga haciéndolo hasta que llegue la ambulancia, que llegará «muy pronto». Pero «muy pronto» está empezando a hacérseme eterno.

–Trece.

¿Cuánto tiempo se puede estar sin pulso? ¿Un minuto?

No, más. ¿Tres minutos? ¿Han pasado tres minutos? Ni idea. Mi mente centellea rápido, como un montaje de la mtv.

Una peli de los ochenta con Kiefer Sutherland. Julia Roberts también salía, creo. Línea mortal, esa era. Un grupo de estudiantes de medicina probando cuánto se puede aguantar sin pulso. Uno de ellos aguanta unos catorce minutos. Ese es el tiempo que un ser humano puede estar sin oxígeno. Me

acuerdo cuando fui a Sea World de niña, cuando estuvimos en Florida, tenían esos submarinistas sudamericanos buscadores de perlas que no llevaban ningún equipamiento. Recuerdo las minúsculas burbujas subiendo a la superficie del agua. Fue la imagen más bella que había visto jamás. Las bonitas pequeñas burbujas, como perlas que escapaban, aumentando de velocidad conforme ascendían. Recuerdo que le pregunté a mi padre si podía aguantar la respiración durante tanto tiempo. Durante catorce minutos. Dijo que no podía, pero no le creí.

–Catorce.

Cada milisegundo se extiende una eternidad y una extraña calma distante me asalta, o mejor dicho, asalta a mi otro yo, mi yo está mirando desde arriba. Por primera vez desde que me lo he encontrado, he percibido la increíble rareza del cuerpo del neardental. El contraste entre la palidez de su piel y la oscuridad de su cabello. La extraña forma de su cuerpo. Demasiado gordo y demasiado flaco a la vez, una forma insalubre, pero no una forma atrofiada ni muerta, no es una forma hecha para los ataúdes.

Mis ojos, que aún no se han acostumbrado a la oscuridad de la situación, le miran el pene. Yace flaccido, hacia arriba, hacia el ombligo, parece derrotado, inerte, como si imitara el cuerpo al que pertenece.

Es un pene grande. Enorme, de hecho, considerando la falta de flujo sanguíneo. Aun derrotado, surge orgulloso y amplio desde la melena del pubis. ¿Pero es eso posible? ¿Es posible que sea del tipo de persona que, mientras trata de salvarle la vida a alguien, está a su vez contemplando el tamaño de su pene? Al parecer, sí. En mi mente se pueden colar pensamientos obscenos y ridículos en cualquier momento. Incluso en un momento como este.

–Quince.

No aparece la ambulancia. Ni una sirena distante. Tampoco es que pudiera oírla con el ruido de las guitarras berreantes.

Estamos solos yo, el cadáver y las cajas sin desembalar. La respiración boca a boca está a punto de suceder.

La nariz le brilla, transpira alcohol, y la tiene atestada de espinillas. Se la tapo, luego me tapo la mía para tratar de reprimir las náuseas.

Me da una arcada al darme cuenta de que le queda algo en los labios, pero no hay tiempo para limpiárselo. Podría ser el segundo. Podría ser el momento fatal en el que se pierda para siempre.

No.

No puedo hacerlo.

En este instante me doy cuenta de quién soy. Soy alguien que puede pensar en el tamaño de un pene en una situación de vida o muerte. Soy alguien que necesita limpiar el vómito (aunque rápido, con el lateral de la muñeca) antes de hacer el boca a boca.

Pero no logro limpiarlo todo. Puedo sentir su sabor, aunque no lo identifico.

Me concentro en el roce de su barba en mi barbilla. Inspiro profundamente, soltando el aire en su interior. Un hombre que no sé ni cómo se llama.

Me levanto, inclino la cabeza y observo cómo se le desinfla el pecho. Desde este ángulo, su cuerpo es solo vello. Desde este ángulo es un yeti.

Cuando se le desinfla completamente el pecho, vuelvo a poner los labios sobre los suyos para volver a exhalar un lento y potente torrente de aire.

Conforme voy soltando el aire me pregunto qué habrá pasado. Me pregunto por qué no lleva puesta la ropa. Por qué se ha hecho esto, y si habrá llegado hasta este punto deliberadamente.

No hay luz.

Vuelvo a su pecho, empleando toda la energía revitalizante que puedo.