La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 47 de 86

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La maquilladora

Capítulo 53

previsibilidad me agobiaría, si no fuera porque ya estoy agobiada bajo los tres edredones más pesados del mundo, y tengo una almohada encima de la cabeza.

Ring, ring. Ring, ring. Ring, ring…

Los timbrazos suenan cada vez más fuertes, fastidiados ante el hecho de que pudiera seguir dormida. No tengo ni que coger el teléfono para saber lo que mi madre trata de decirme: «Venga, tienes que levantarte, sal de la cama…».

Llego a un acuerdo: me levanto, pero me llevo la cama conmigo, o al menos, dos de los edredones. Mierda, ¿dónde están las zapatillas? Aún aquí dentro, envuelta en este vientre edredónico, soy consciente de que hace un frío del carajo, y la idea de atravesar el vestíbulo sin moqueta, descalza, no me resulta nada atractiva.

Incapaz de encontrar las zapatillas, decido pasar por el vestíbulo saltando, para aterrizar en la moqueta del salón.

Pero, al aterrizar, se me enreda el pie en el edredon. El impulso del salto me lanza el cuerpo hacia delante y, antes de que me pueda dar cuenta, tengo la cabeza en el suelo, junto al mando a distancia.

–Mierda -musito, y escupo el polvo de la moqueta.

Ring, ring. Ring, ring. Ring, ring…

Capítulo 53

Para cuando he cogido el teléfono, cualquier rastro edulcorado de Adam se ha esfumado.

–Hola mamá -digo, porque sé que es ella.

–¿Estás levantada? – me pregunta, inquietantemente previsible, en lugar de saludar.

–Sí. – Bostezo apoyándome en la repisa de la hornilla-. Llevo siglos despierta. – Primera mentira del día.

–¿Estás desayunando?

–No, ya he terminado. – Segunda mentira. Dios ¿qué me pasa? ¿Por qué me da miedo que mi madre sepa que me gusta remolonear en la cama? Vamos

¿es que es un delito?

–¿Cómo está Adam hoy?

Entonces me acuerdo. Adam dijo que la conocería. Y que me seguiría la corriente con todas mis estúpidas mentiras.

–Ah, está estupendamente -le digo-. Está deseando conocerte el sábado.

Percibo la sorpresa de mi madre, por las interferencias que oigo mientras aguardo su respuesta. Por una vez, se ha quedado sin palabras.

Saboreo el momento. Debe de haber comprendido que Adam es cien por cien de carne y hueso, y no solo un producto de mi imaginación. Durante los últimos Dios sabe cuántos años creía que, o no me interesaban los hombres, o yo no les interesaba a ellos. O era lesbiana, o una desgraciada.

(No es que este mal ser lesbiana, ni ser una desgraciada, es que sé que no soy lo primero, y siempre he tenido la esperanza de no ser lo último, y no quiero que mi madre lo crea tampoco).

Espero la feliz y extasiada respuesta de mi madre. Espero que se disculpe por haber dudado de la existencia de Adam. Espero que grite de alegría.

Pero no lo hace.

En lugar de eso, hace otra cosa.

–¿Mamá? ¿Estás… estás llorando?

–Lo siento -gimotea-, lo siento… soy una tonta… es solo que… es solo que… me alegro por ti…, me alegro tanto… por las dos…

–Mamá, no nos vamos a casar ni nada de eso.

–Ya, ya lo sé, Faith, cariño. Ya lo sé. Bueno, por el momento. Es solo que me alegro tanto de que hayas encontrado a un hombre tan maravilloso.

Suspiro. De repente, el glorioso momento está empezado a difuminarse. Por ese «por el momento». Santo Cristo ¿es que no tiene piedad?

–Mamá, ni siquiera lo conoces todavía…

–Ya lo sé.

–Y solo llevamos cuatro meses, todavía no lo conozco bien.

–Oh, sí -dice, con la voz quebrada, al darse cuenta de que, hasta ahora, no me creía-. Lo sé, pero voy a conocerlo, Faith, cariño. Eso hace que todo sea tan… real.

Sonrío, sin querer.

He hecho feliz a mi madre.

Es solo una tontería, lo de presentarle a Adam, pero significa tanto para ella. Es lo que quiere para mí. Que siente la cabeza con un buen hombre. Y,