La maquilladora
Capítulo 7
En este instante, mi falso bronceado es la última de mis preocupaciones.
Es toda una vida inventada lo que ha pasado a ser mi preocupación inmediata.
Capítulo 7
Una vez que John Sampson ha terminado de enumerar mis funciones, cruza las piernas y vuelve a dejar la solicitud sobre el escritorio. Tras él, y tras el ventanal del despacho, está el resto de la ciudad de Leeds, los rascacielos de oficinas y los nuevos hoteles, las grúas y los obreros, toda una ciudad en altura. Podría ser parte de ella. Parte de algo resplandeciente e importante.
Dios, necesito este trabajo.
–Es un buen listado -dice, con expresión indescifrable.
–Sí -contesto-, un buen trabajo.
Guiña los ojos con un gesto que, preocupantemente, se me antoja travieso, y se empieza a mesar los oscuros rizos. Echo un vistazo a su reloj que destella como la plata.
–Ahora tan solo recuérdeme, si puede, ¿quién dirigía la empresa?
–¿Perdón?
–En Glory, ¿Quién era su jefe?
Su mirada es tan penetrante, que ahora soy yo la que está ahí sentada en ropa interior. De hecho, estoy empezando a preguntarme la razón de aquella
sonrisa en el ascensor. Quizá no pretendía ser tranquilizadora. Quizá era la sonrisa de un león hambriento saludando a una sabrosa gacela en el interior de su jaula.
–¿Mi jefe?
Asiente, manteniendo la misma mirada.
–Su jefe.
Alguien llama a la puerta.
–Sí -responde John, cerrando los ojos con frustración. Al abrirse la puerta, me vuelvo. Es la chica del flequillo gigante, asomando la cabeza.
–Carla, ¿qué pasa? Estoy en mitad de una entrevista.
–Lo sé, John -dice Doña Flequillo Gigante, mascando chicle-, perdona, pero es bastante importante.
–Será solo un minuto -me dice, y yo me giro para ver cómo desaparece tras la puerta su superculo calvinkleineado.
Un minuto. Sería suficiente para saltar por la ventana. Seis pisos. Sip, con eso estaría acabada.
Oh, mierda, la chica. Doña Flequillo Gigante. Ya sé dónde la había visto antes. En la tienda. La maquillé hará dos viernes. Sombra de ojos violeta, base de maquillaje clarita, polvos traslúcidos, perfilador de labios, todo.
Incluso le expliqué cómo echarse el colorete justo debajo de los pómulos para definir mejor la forma de la cara.
¿Y así es como me lo agradece?
Pero espera. Para un momento. Puede que no sea eso. Puede que se trate de otra cosa «bastante importante». Puede que no tenga nada que ver conmigo
en absoluto. Aun así, aún tengo que…
La puerta se abre tan rápido que crea ventolera, levantando la primera página de mi solicitud.
–Bien -dice John, con tono de a-lo-que-íbamos, el-león-vuelve-por-su-almuerzo-, ¿dónde estábamos? Ah, sí, ya. Iba a decirme el nombre de su jefe en Glory.
–Sí -digo, tratando de ganar tiempo-. El… nombre… de mi jefe… era… -Y
entonces lo recuerdo, de cuando estaba en la universidad e hice la tesis sobre Las relaciones públicas en la industria cosmética. Cité al fundador y director ejecutivo de Relaciones Públicas Glory unas cincuenta veces y su nombre era…- Peter… Richmon.
–Ah, sí, claro… -dice Sampson, casi triunfante-, el bueno de Peter.
Mierda, lo conoce. Asiento con la cabeza, nostálgica. El bueno de Peter.
–Eh, sí, um, he pensado que mejor le cuento un poco lo que puedo aportar a la empresa. Quisiera decir que se me da bien la gente y me suelen decir que soy muy buena trabajando en equipo y…
De nuevo vuelve a levantar la mano.
–Hablaremos de eso en un minuto, primero quiero saber lo que pensaba del bueno de Peter. Todo un personaje ¿eh?
–Sí, sí, lo era -digo rauda-. Lo era, pero tampoco lo veía mucho, porque no solía pasar mucho por la oficina. Le gustaba trabajar a distancia.
–Muy a distancia, imagino -dice, reprimiendo una sonrisa maliciosa.
–Pero, bueno, ya sabe, a veces se pasaba por la oficina para ver cómo iba todo.