La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 52 de 86

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La maquilladora

Capítulo 59

bailara con él, pero ella siempre se lo quitaba de encima porque tenía cosas que hacer.

Entonces empiezo a pensar en Frank.

Se siente una extraña cuando le salva la vida a alguien. Entonces, empiezo a pensar en que parece que ha cambiado. En que ya no veo rastro de ningún tosco comportamiento de alcohólico.

Empiezo a pensar en lo que Frank me explicó cuando me hablaba sobre su doctorado. Todo eso de los universos alternativos. Lo que quiero decir es,

¿y si fuera cierto? ¿Y si realmente hubiera tantos universos como opciones?

¿Y si en alguna parte yo estuviera tomando las decisiones adecuadas?

Puede que mis mentiras no sean mentira. Puede que sean verdades que esté viviendo otro yo. Las verdades que yo misma debería estar viviendo.

Sí, suena bien. No soy una mentirosa, solo estoy contando otras opciones.

La realidad de otros universos alternativos. Unos universos en lo que sí que me hice con el puesto en Coleridge y en el que mi novio no se sienta a masturbarse viendo un dvd de mi hermana.

Debe de haber un universo mejor que éste.

Y tiene que existir una Faith Wishart mejor que ésta.

Una a la que no le asuste vivir su vida simplemente por ella, no por su madre.

Capítulo 59

Adam viene a casa de mal humor. – ¿Qué tal el día? – le pregunto.

–Una mierda -dice, sin preguntarme cómo me ha ido a mí.

De repente, me pregunto cómo se comportará el sábado, cuando venga mi madre. Puede que lo parezca, pero no es tan temperamental.

–¿Quieres una taza de té? – le pregunto, como una buena esposa.

–No, algo más fuerte.

Le sirvo una copa de vino.

Se la bebe en cinco segundos.

–Eso es -dice. Luego me echa una mirada libinidosa y dice-: Dame un beso.

Le doy un beso, pero mientras lo hago, no puedo evitar preguntármelo.

¿Adam quiere una novia, o solo busca una geisha, una esclava sexual y un ama de casa, todo en uno? Tiene algo esta noche. Algo que no me gusta.

Algo que está cargando el ambiente de energía negativa.

Tiene la mirada a kilómetros de aquí. En el planeta lujuria. Por un momento, me pregunto hasta qué punto conozco a este hombre, al que he invitado a entrar en mi vida. Sí, está dispuesto a mentir por mí. Pero no puedo negar que aquella decisión se basó en sus pantalones tanto como en su cerebro. Y desde que consintió, parece actuar como si tuviera cierto poder sobre mí. Como si estuviera bien hacerme perder el trabajo y hacerse una paja delante de mi hermana.

Me agarra un pecho.

–Adam… -Entonces me baja a la moqueta colocándome sobre su pierna.

Luego se pone encima de mí.

–Adam, por favor, ahora no. No estoy de humor. Se ríe.

–No estás de humor.

Capítulo 60

Está encima de mí, una sola mano le basta para sujetar mis dos manos. La otra mano está atareada abajo, agarrando los botones, tirando con avidez, como un animal desesperado.

–Para, no, no -le digo, débil, patética. Mi voz es tan débil como mi cuerpo.

Pateo, dando golpes en el suelo, pero no puedo zafarme de él. El cuerpo esculpido de gimnasio, cuya fuerza me atrajo, me está dando una lección sobre atracciones inadecuadas.

Acerca la cabeza buscando mi boca con la suya. Me retuerzo y me alcanza la mejilla. Entonces, con voz amenazante, me dice al oído:

–Eres una… -Todo mi cuerpo lucha contra sus palabras-. Calienta-braguetas.

Levanta la cabeza y le escupo. Se ríe cuando la saliva le alcanza la mejilla.

Una risa auténtica, como si realmente le resultara divertido.

Siento cómo mueve las piernas para despojarse de los vaqueros. Me vienen a la cabeza ranas muertas y experimentos con electricidad, una imagen preservada en mi memoria de algún programa de televisión infantil de antaño.

Luego piel con piel. Me pincha con los pelos de las piernas. Me ha bajado

los pantalones hasta los tobillos y ahora me ha agarrado las bragas.

Por un momento dejo el cuerpo quieto, todos los músculos se me tensan.

Entonces, de alguna manera musito un grito, algo parecido a la palabra

«socorro». El grito de una víctima. Un grito que hace que todo se torne real.

Lo cual hace que la escena se convierta en una escena de terror.

Entonces lo siento. La verga erecta. Dura, contra mi pierna desnuda, contra mi entrepierna.

–Para -grito-, no.

Me está dando un ataque, pero aún soy demasiado débil para zafarme de él.

Me han dado clases de autodefensa en las que te enseñaban cómo dar puñetazos y patadas. No soy luchadora. Soy débil.

Miro a un lado, con la cara en la alfombra. Sigo gritando mientras busco algo, algo. Algo que pueda detener todo esto. Veo toda la escena reflejada en el cristal de la tele y puedo ver el pánico de mi propio rostro, como si fuera el de una extraña.

Una extraña chica impotente, tumbada con un monstruo rubio de ojos azules sobre ella.

Miro el teléfono y pienso en mi madre. Está solo a dos metros y siete números de aquí. Probablemente estará limpiando en este momento, pasando la aspiradora o quitando el polvo, pensando en la boda de Hope, ajena a todo.

Entonces, cuando me pone la mano en la boca tratando de que me calle antes de ir a lo suyo, pienso en mi padre. Por primera vez desde que murió, rezo porque no exista un cielo, espero por encima de todo que no me esté viendo, que no lo esté observando todo.

Espero que se haya ido para siempre.

Está a punto de ocurrir.

Está a punto de ocurrir y no puedo forcejear. Estoy exhausta.

Le he dicho que no. «Por favor. No». Se lo he estado diciendo lo que parece una eternidad, pero han sido probablemente sesenta segundos.

Hace menos de cuarenta y ocho horas lo habría agarrado, lo hubiera deseado, y hubiera querido sentirle dentro. Pero era otro yo. Era otro Adam.

El Adam que me está forzando en este instante es un extraño. No lo conozco, y él no me conoce. No puede, no puede querer hacerme esto.

–Para, por favor, para.

Se ríe, puedo sentir su aliento en la oreja. Entonces me doy cuenta de una cosa. Es capaz de cualquier cosa. Podría…

Hay un ruido.

Llaman a la puerta.

No se ha dado cuenta. Continúa, sujetándome de las muñecas, luchando contra mi resistencia. Pido ayuda.

–Ey, Faith, está bien, está bien. – Tiene la voz tranquila, con un tono que, en otro contexto, sería tranquilizadora. Y entonces, me tapa la boca con la mano que tiene libre y cierra los ojos. Trato de morderle, pero no llego con los dientes.

Forcejeo, pero casi la puedo sentir ahí. En cualquier momento…

Otro ruido.

Esta vez más alto. El ruido de un cuerpo arrojándose contra la puerta.

Entonces el ruido de la madera cediendo.

Adam se queda quieto. Me mira. El temor que ha introducido en mis ojos ha retornado a su legítimo dueño.

–¿Qué cojones ha sido eso? – Relaja la mano, olvidando su tarea.

Es mi oportunidad.

Le muerdo con todas mis fuerzas, tan fuerte como para perder los dientes, y no me detengo hasta que saboreo la sangre.

–¡Zorra! – chilla, apartando la mano, levantándola, perfectamente dispuesto a dejarla caer sobre mí. Su mano, manchada de sangre y maquillaje planea en el aire, ávida, a la espera de una orden.

Cierro los ojos con fuerza, anticipándome al golpe.

No ocurre.

Por un segundo, o durante toda una vida, no hay nada más que la obligada oscuridad de mis ojos apretados. Entonces escucho pasos. Pesados, rápidos.

Abro los ojos. Adam se aparta de mí, con la mano aún alzada, girándose hacia el intruso.

–Apártate de ella.

Reconozco la voz vagamente, aunque aún no puedo ver quién es.

–Colega, lárgate -dice Adam-, no es asunto…

Lo cogen de los pelos y, de repente, tengo menos peso encima. Puedo respirar.

El intruso antivicio es anónimo, tiene la cara tapada por un estropajo de cabello oscuro, mientras trata de levantar a Adam y apartarlo de mí. Adam,

rojo y gorjeando como un maníaco me está mirando fijamente, con ojos de psicópata.

Entonces, cuando arrancan el cuerpo de Adam del mío en una especie de limbo obligado, el intruso alza la cabeza. Es Frank. El del piso de abajo.

–¿Estás herida? – me pregunta, provocando con esa pregunta un lapso momentáneo de concentración. Adam lo aprovecha y se zafa de él.

Un segundo después, Adam le ha dado un puñetazo en la nariz a Frank. Un segundo después a Frank se le está llenando la barba de sangre, mientras Adam se agacha para subirse los pantalones. No le da tiempo. Frank arremete contra él y lo sujeta con una extraña llave.

Me subo rápidamente los vaqueros y me coloco la camiseta; el miedo y la adrenalina hacen que los ojales parezcan más pequeños de lo que eran esta mañana.

Todo salta por los aires, mi salón se ha convertido en un cuadrilátero. Adam estira el brazo para agarrar una botella de vino vacía.

–¡Cuidado! – le advierto a Frank.

Frank lo ve y lo esquiva echándose a la izquierda, tirando de la pierna de Adam hacia la mesita. Durante un momento surrealista, la escena adquiere un efecto casi cómico. Con Frank erguido, luchando cuerpo a cuerpo con un Adam retorcido, parecen uno de esos caballos de pantomima, loco y sin disfraz, convulsionándose por todo el salón.

Adam lo esquiva, pisando el mando de la tele, y hace otro intento con la botella de vino.

Esta vez lo consigue y le golpea la cabeza a Frank con ella. La botella no se rompe, solo provoca un doloroso ruido seco.

–¡Ah!

Se repite la acción.

–¡Tú, cabrón!

Al observarlos, el instinto toma el control. Antes de que pueda darme cuenta, estoy de pie, tratando de detener el hercúleo brazo de Adam. Como recompensa a mi esfuerzo, me dan un codazo en la barbilla, tirándome sobre la alfombra.

Frank lo ve y decide tirar de la cabeza del cruel y chillón Adam, agarrándolo del pelo, levantando la rodilla y dándole en la nariz con ella.

Está claro que Frank compensa de sobra la falta de músculos con la imaginación.

Todo está pasando tan deprisa. No es como en las peleas de las películas. Ya sabéis, cuando hay una pausa entre puñetazo y puñetazo con una gran coreografía. No. Ver una pelea a puñetazos en tu salón es una experiencia bastante distinta.

Mientras se agarran de la ropa y destrozan el jarrón que me regaló mi madre, me arrastro por el suelo para coger el teléfono.

–Voy a llamar a la policía -digo, con la mano temblándome a lo loco.

–Me cago en la puta, no vas a hacer eso -dice Adam, lanzando a Frank a un lado y tirándose hacia el teléfono. No logra alcanzarlo, pero desde donde se ha estrellado, hace un ágil ademán y lo coge.

Me levanto, mientras, Frank le patea el estómago. Recuerdo que, si Frank no hubiera arremetido contra la puerta, en este mismo momento sería una mujer violada, así que también le pateo el estómago a Adam.

Adam tose y le dan arcadas, pero le grito e insulto hasta que siento en el brazo una mano.