La maquilladora
Capítulo 37
–Lo siento tío, nos vemos mañana.
-Eh… eh… -Pero Adam ignora a su amigo y abre la puerta.
–Gracias -le digo, mientras me sujeta la puerta.
–De nada -dice, con una sonrisa pícara-, sin problemas.
Capítulo 37
Justo en este momento estoy haciéndolo con alguien a quien hace menos de seis horas que conozco. Alguien que se parece un poco a Brad Pitt. Alguien que se llama Adam. Alguien que vive en uno de esos espléndidos apartamentos del centro. Ya sabes cuáles. Cocinas plateadas, paredes blancas, suelo de madera, luces que iluminan hacia arriba y no hacia abajo y camas más anchas que largas.
Ahí es donde estoy en este instante. En su cama.
El edredón, más ancho que largo, ha tomado la decisión de dejarnos solos y se ha caído al suelo.
Así que ahí estamos, él encima de mí, como en el gimnasio, solo que esta vez estamos desnudos, solo que esta vez la postura es deliberada, solo que esta vez no nos ve nadie más.
Estoy demasiado ocupada en demostrar que estoy disfrutando como para disfrutar realmente. Ya veis, quiero que quiera repetir. Quiero que necesite hacerlo de nuevo. Porque este es Adam. Es mi Adam. Con un piso espléndido en el centro y todo. Y si quiere acostarse conmigo, podré sacar mi poder de persuasión.
Lo que podría ser un rollo de una noche, puede convertirse en algo más. En una relación. Y si lo logro, todas mis mentiras dejarán de serlo.
Convertir el metal en oro.
Vale, quedarían algunos flecos.
Como el tema de cuándo nos conocimos. Como el tema de que Adam no es abogado (dato desvelado durante nuestro primer yogur de frutas en la cafetería del gimnasio. Es, de hecho, asesor de marketing. Su amigo, Danny, él sí es abogado).
Bueno, eso son detalles que tendré que resolver más adelante.
Pero lo importante lo tiene. Tiene el nombre, tiene la cara, tiene el cuerpo, tiene la cuenta corriente. Tiene de sobra para impresionar. Su sonrisa a lo Brad Pitt los hipnotizará y convencerá.
Pero, por ahora, debo concentrarme en el, ejem, asunto que tengo entre manos. Llevármelo a la cama ha sido fácil. De hecho, probablemente ha sido demasiado fácil. A la segunda ronda ya estábamos aquí. No es que nos desnudáramos con la mirada, es que nuestras miradas eran los preliminares.
Tampoco es que me queje, demonios, se me acaba el tiempo. Es que tampoco quiero parecer una pedazo de zorra, me basta con ser un poquito zorra.
Cambiamos de postura. Ahora estoy yo arriba, con una buena panorámica y percibo que quiere que le haga una demostración. Así que, dado que soy su invitada, cumplo el protocolo. Me cojo los pechos, echo la cabeza hacia atrás en un aparente estado de euforia orgásmica y empiezo a gemir como si no existiera el mañana. Es cuestión de cortesía.
–Oh sí -dice-, oh, sí.
Entonces comienzan las mentiras sexuales.
–Lo haces tan bien -le digo, con susurro de pantera.
–Te gusta ¿verdad? – pregunta, pero la pregunta es retórica.
–Eres tan bueno -digo, a pesar del hecho de que consigo más placer sexual con un estornudo, que con las potentes arremetidas desencaminadas de Adam.
–Me deseas -me dice cautivadoramente al oído-, me deseas tanto.
«Me deseas tanto». Os lo digo, este tipo sí que sabe decir cosas tiernas.
–Oh, sí-miento, clavándole las uñas en las nalgas-, por favor, no pares.
Entonces, cuando noto que está a punto de llegar, paso a la rutina de Caperucita roja. Ya sabéis, «Qué brazos más grandes tienes», «Qué manos más grandes tienes», qué… más grande…, esas cosas. Grande, grande, grande. Y, a juzgar por su expresión (lengua apretada contra los labios, ojos arrugados) parece recibir bien el enaltecimiento lisonjero de sus atributos físicos. El orgasmo. La gran «o». O, en este caso, el gran cero. Aun así, se ha esforzado bastante, así que seguro que espera una ovación sostenida (o fingida).
Así que lo finjo. Empiezo lentamente, ascendiendo hacia un falsetto estridente. Emito una escala musical ascendente de placer sexual. Un orgasmo do-re-mi, solo que sin Julia Andrews correteando por las laderas austríacas.
Entonces, se derrumba sobre la cama y mira al techo. Observo cómo su pecho esculpido de gimnasio asciende y desciende mientras se recupera después de ocho minutos y treinta y cinco segundos de fuertes empujones (No es que estuviera contando el tiempo ni nada de eso).
Pongo la cabeza sobre su pecho y él me rodea con el brazo. De alguna manera, a pesar del hecho de que solo uno de los orgasmos haya sido real,