La maquilladora
Capítulo 24
Aguardamos en silencio a que llegue el taxi, observando los charcos bajo la lluvia.
Capítulo 24
–Te traje la ropa -le digo, mientras el taxi sale a la calle principal-, me metí en la ambulancia y te traje la ropa al hospital.
No contesta. Tiene la cara apoyada en la ventanilla, mirando por la ventana.
Nada en su mirada indica que haya oído nada de lo que le acabo de decir.
El taxista, un indio sij de triste sonrisa, se gira para confirmar la dirección.
Como Frank no contesta, asiento con la cabeza y le digo que la dirección es correcta.
Cuando pasamos por la puerta del Tesco veinticuatro horas, resplandeciendo como una falsa eternidad, miro la cara barbuda de Frank.
Le haría falta un tratamiento de belleza integral a manos de un profesional y dos semanas en un balneario para recuperar las fuerzas.
–No era mi intención entrar en tu casa -le digo-, es que bajé para… -vacilo al recordar exactamente por qué había bajado-, la puerta estaba abierta -
digo.
Me mira.
Ahora es cuando va a pasar. Ahora es cuando me va a dar las gracias por haberle salvado la vida.
–A eso te dedicas, a llamar a la puerta de la gente, y cuando encuentras una
abierta, entras. – Niega con la cabeza. Está cabreado. ¡Cabreado!
Enseguida me doy cuenta de que la furia es contagiosa.
–Oye… Escuche, señor… Frank o como te llames. Si no llega a ser porque abrí esa puerta. Si no me hubiera preocupado por comprobar si estabas bien… si no hubiera…
Frank cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás y levanta una mano desdeñosa.
–¿Qué quieres? ¿Un premio Nobel?
Abro la boca. Cierro la boca. Me he quedado muda.
Lo vuelvo a intentar. Esta vez salen palabras.
–Te he salvado la vida.
La sonrisa del taxista cambia de la tristeza a la sonrisa cuando mira por el espejo retrovisor.
Frank se gira y me mira.
–Te he salvado la vida -le repito, esta vez con voz más baja para que el taxista no me oiga.
Los ojos de Frank, unas islas verdes en medio de una isla rosa, me hacen sentir culpable al instante. Por qué razón, no lo sé exactamente.
El taxi se detiene.
Mientras revuelvo en el monedero buscando el importe exacto. Frank sale.
–Muy bien, te vas -digo, dándole al taxista un puñado de monedas.