La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 8 de 86

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La maquilladora

Capítulo 8

–¿Hizo algún trabajo directamente para él? – me pregunta, sin reprimir ahora la sonrisa.

–Eh, sí. Le gustaba mi forma de trabajar y me solía pedir que redactara las notas de prensa o alguna promoción o…

–¿Su obituario?

La habitación se comprime a mi alrededor.

–¿Perdón?

–Bueno, está muerto ¿no? Murió de un ataque al corazón por el estrés en 1998, lo cual, según su solicitud, son tres años antes de que empezara a trabajar para él.

¡Oh, no!

–Eh, sí. Puedo explicarlo. Las fechas… el tema es que… debo de haber…

–Ya ve -me interrumpe-, es lo que pasa con las relaciones públicas. Es un negocio muy estresante, no es como, oh, no sé, veamos… permítame tomar algo completamente al azar de aquí… no es como «trabajar en una tienda».

Estoy desnuda. Mido cinco centímetros. Estoy a un tris de subirme a la mesa y saltar por la ventana.

–Puedo explicarlo -digo, pero él aparta mis palabras con la mano. No quiere que se lo explique. Se lo está pasando en grande.

Capítulo 8

De repente, quiero volver a mi mostrador de maquillaje, hablar con las clientas sobre cómo encontrar la mejor base de maquillaje para combinarla con la piel. En cualquier otro sitio menos aquí.

–También dice aquí que obtuvo un notable en Comercio y Marketing en la Universidad de West Yorkshire.

–Sí -contesto con cara de no haber roto un plato.

–Bueno, tras hacer algunas averiguaciones con el director del Departamento de Comercio de la Universidad, resulta que no es cierto.

–Ah, ¿no? – le pregunto, con cara de haber resquebrajado algún plato que otro.

–Sí -dice, reclinándose en su silla giratoria, poniéndose el bolígrafo de plata en el hueco entre el labio inferior y la barbilla.

Miro a mis espaldas, barajando mi salida. Junto a la puerta, la pared es de cristal traslúcido, distorsionando la imagen de la zona de trabajo, convirtiéndola en una serie de objetos y figuras indiscernibles. De repente, todo parece un sueño.

–Bueno -dice el león hambriento-, ¿me puede decir si hay algo en su solicitud que sea cierto?

–Lo siento -digo-, solo quería…

–Todo, desde su sobresaliente en selectividad hasta sus referencias, todo es inventado, ¿verdad? Una mentira. Apuesto que hasta sus aficiones son falsas, ¿verdad? Aquí están: cabalgar, teatro amateur, navegar y -levanta la cabeza, me mira el cuerpo antes de anunciar mi afición ficticia definitiva-escalar.

–Yo, eh, una vez hice rápel. En sexto, fue una excursión… -Se me pierde el

hilo de voz.

–En todos los años que llevo haciendo entrevistas, debo decir que jamás me he topado con un caso como este.

–Ya lo sé, solo…

–Una mentira tras otra mentira flagrante -se ríe, incrédulo, agitando la cabeza.

–La cuestión es que yo… -Vuelve a alzar la mano para interrumpirme.

–Así que, Faith, suponiendo que ese es su nombre real, a ver si lo entiendo.

Usted es maquilladora, una de esas chicas que trabajan en los mostradores de cosméticos y no tiene experiencia alguna en el área de las relaciones públicas, y se presenta en una de las agencias más grandes del país, a sabiendas de que su solicitud es una enorme mentira.

La ventana se abrirá fácilmente, puedo llegar hasta allí antes de que le dé tiempo. Seis pisos.

–Bueno, sí que estudié Comercio y Marketing -le digo, porque así es.

–Pero no sacó un notable, ¿verdad?

–No -digo-, un suficiente. Pero fue porque tuve que volver a casa para vivir con mi madre a finales de año porque falleció mi padre. Y de todas formas, al final del segundo curso tenía un seis y medio, lo cual viene a ser un notable bajo, pero sé que podría haber sacado un notable alto si las cosas hubieran ido de otra manera. Si no hubiera ocurrido nada.

–Y realmente vive en un piso en Hyde Park, supongo que no se habrá inventado eso ¿no?

Pienso en mi piso. La ventana del office. La moqueta naranja arrugada.

–No -digo-, no me lo he inventado.

–¿Y sus referencias?

Hace dos semanas, Alice, mi mejor amiga cogió el teléfono, puso una voz ronca afectada y le dijo al jefe de Recursos Humanos de Coleridge que era la alumna más trabajadora y entusiasta de todos los que había tenido en Comunicación y Marketing en los veinte años que llevaba en la Universidad de West Yorkshire. Alice tiene veinticinco años. Lo más cerca que ha estado de la universidad es cuando vomitó todo el contenido de su estómago, saturado de vodka, en la fachada del edificio, justo antes de que dejara de querer salir. Y lo único valioso que me ha enseñado es que se queman más calorías pasando la aspiradora que haciendo el amor.

–Oh, las referencias son ciertas -le aseguro.

Enarca una inquisitiva ceja.

–No, se lo prometo -digo, ya que soy incapaz de ser sincera aun habiendo llegado a este punto-, no sería capaz de inventarme tanto.

Le lanzo una sonrisa nerviosa, pero no me va a dar nada a cambio, tan solo un condescendiente resoplido por la nariz.

Estoy empezando a odiar a John Sampson. Vale, mentí en la solicitud. Me lo inventé casi todo, escondí algunos detalles bajo la alfombra, me mejoré un poquito, pero, si lo sabía todo, ¿por qué se ha molestado en hacerme la entrevista? Le encanta. Le gusta verme sufrir.

Es delirante.

Aun así, tampoco debo engañarme a mí misma, si me hubiera ofrecido el trabajo, lo hubiera cogido.

–Ahora escuche -dice una voz. Una voz extrañamente familiar. Entonces me doy cuenta de que es la mía. Debo de haberme vuelto loca. ¿Qué estoy

haciendo? Me acaban de descubrir (bueno, afrontémoslo, que soy un fraude) y estoy poniendo voz mandona. Oh no, ahí viene otra vez-: Puede que haya mentido en la solicitud, pero eso tampoco significa que sea una asesina en serie.

–No -afirma-, significa que es usted una mentirosa.

–Sí, lo sé -le digo, notando que mis falsas mejillas bronceadas se están sonrojando-, mentí, pero solo porque sabía que con la verdad no sería suficiente. Sabía que no me haría justicia porque, ya ve, la cuestión es que sería una ejecutiva contable realmente buena, sería realmente buena. Desde que estudié relaciones públicas en la universidad supe que se me daría realmente bien, y habría conseguido un buen puesto de relaciones públicas cuando me licenciara, si no hubiera sido porque me tuve que ir a casa y cuidar de mi madre cuando mi padre murió…

Esta vez, levanta ambas manos.

–No tengo tiempo para escuchar su autobiografía.

–Pero sé que sería muy buena -digo, con tono de kamikaze, con tono de segundo día del periodo, sin nada que perder-. Me he pasado toda la vida haciendo que todo suene mejor de lo que realmente es, haciendo que la gente sea más guapa de lo que realmente es, puedo hacer lo mismo en una empresa.

–¿Y que nos denuncien por fraude?

–Bueno, sé que me he pasado un poco en la solicitud, pero solo fue porque lo necesitaba, no mentiría si tuviera ese puesto. Se lo prometo. Solo, bueno, presentaría las cosas… como hay que presentarlas… para que parezcan más atractivas. Realmente no es tan diferente del maquillaje, si lo piensa usted bien. – Busco en su rostro algún signo de esperanza.

No hay nada.