La maquilladora
Capítulo 55
–Faith -dice Lorraine, finalmente, cogiendo aire-. A la oficina. Ahora.
Adam se viste y huye, mientras yo sigo a Lorraine por toda la planta y subimos por las escaleras, aguardando mi destino.
Capítulo 55
–No era lo que parecía -le digo.
Pero Lorraine no me escucha.
–Estabas con un hombre desnudo en el almacén.
–Sí -le digo-, lo sé. Pero no quería que estuviera allí. No le pedí que se quitara la ropa.
–Así que ¿no conoces a ese hombre? ¿Llamo a la policía? ¿Les digo que tenemos un violador en el local?
Suspiro.
–No. Le conozco. Es mi novio. Ha venido a verme en el descanso del almuerzo, eso es todo. Y luego me ha seguido hasta el almacén y le han entrado malos pensamientos.
–Así que ¿qué estabais haciendo exactamente en el almacén?
–Estaba cogiendo cremas de noche. No quedan.
Enarca la ceja (bueno, vale, cuando digo que la enarca, me refiero a que la desplaza un milímetro. Y cuando digo «ceja» me refiero a esa raya pintada
que tiene encima de los ojos).
–Oh -dice, con ambigüedad-. ¿Tenemos ya?
–Sí -contesto.
–Es que parece que últimamente se nos están acabando muchas cosas ¿no?
–No sé.
–Y parece que pasas mucho tiempo en el almacén, no sé si con novios desnudos o no.
–¿Yo? – ¡Es ella la que siempre está desapareciendo en el almacén!-. Creo que no te entiendo -digo.
Calla un instante y cruza los brazos.
–Faltan cosas.
–¿Y crees que soy la responsable?
–Bueno, Faith. Casa bastante bien con tu actitud últimamente.
–¡Yo no he hecho nada!
–Tú eres la única persona, aparte de mí que tiene acceso continuado al almacén de Keats.
–No he sido yo -le contesto.
–Y aquella mujer divirtiéndose en el almacén con un hombre desnudo, supongo que esa tampoco eras tú ¿no?
–Lorraine, lo siento. No debería haberle permitido que me siguiera, pero…
–Ya está bien de excusas -dice.
–Pero…
–Ya está bien, Faith.
–Pero…
–Estás despedida.
Capítulo 56
OceanofPDF.com
–Conseguirás otro trabajo -dice Adam-. No hay problema, nena.
Trata de ser compasivo, creo, pero no funciona.
Me limito a asentir y digo:
–Sí. Pero sé que no conseguiré encontrar otro trabajo. Si digo la verdad, jamás me contratarán, si miento, me volverán a descubrir.
No soy capaz de conservar un trabajo, ni siquiera el de maquilladora.
Voy a tener que irme de la ciudad. Del continente.
Empiezo a llorar, y con las lágrimas, se me estropea el maquillaje.
–Lo siento -digo-, no quería echarme a llorar.
Adam parece asustado. Como si la cabeza hubiera empezado a darme vueltas. O como si un alien estuviera a punto de salirme del estómago. Esta es la persona con la que estoy saliendo. Un hombre que no se lo piensa dos veces para quitarse los pantalones en público, pero al que le entra el pánico cuando entra en contacto con las emociones humanas.
–No llores -dice, pero de manera poco delicada, más bien en tono «esto es demasiado, ¿es que no podemos limitarnos a hacerlo?».
En este instante, le odio. Sé que es irracional sentirse así. Pero al menos podría comportarse como si lo sintiera un poquitito ¿no?
Para él, con decirme que encontraré otro trabajo, es suficiente. No ha sido a él a quien han pillado en el almacén de su trabajo desnudo. No es él el que está rellenando los papeles del paro.
Me levanto del sofá.