La maquilladora
Capítulo 3
madre siempre me dice que parezco anémica.
No me extraña que la recepcionista inmaculada tuviera esa sonrisa maliciosa. Entro en el ascensor y trato de recordar exactamente lo que puse en la solicitud. En ese instante, tengo un presentimiento. Como si algo terrible estuviera a punto de pasar.
Capítulo 3
Para cuando la puerta del ascensor se ha cerrado, el percusionista loco que tengo encerrado en el pecho está saltando como si fuera el primer día del carnaval de Río. A los supernervios por la entrevista se les han añadido ahora los nervios por tener al lado a un tío atractivo.
Si no tuviera la cara naranja chillón estaría roja como un tomate. De hecho, creo que es una combinación de los dos colores.
Una naranja sangre.
Agrietado.
Venga, me digo. Probablemente no estoy tan mal. Después de todo, suelo ser bastante crítica con estas cosas.
El hombre atractivo que me va a entrevistar y que es mi potencial jefe, cuyo nombre he olvidado, me sonríe. Tiene una sonrisa bonita, diseñada para que me sienta cómoda, pero no funciona.
Ni de lejos.
–Hace buen día -comento, aunque en cuanto lo digo, me doy cuenta de que
estoy mintiendo. No hace un buen día, antes de empezar a correr hacía mucho frío-. Para ser abril, quiero decir.
Él asiente, no mostrando su acuerdo, sino en un intento por lograr que me relaje. Dios mío, es horrible. La forma en que combina su atractivo y su poder en una sola mirada me hace sentir débil. Es como compartir ascensor con Colin Farrel y Bill Gates al mismo tiempo.
–Muy bien -dice-, ya hemos llegado.
–¿Qué? – Pero entonces el ascensor chirría, se abren las puertas y me doy cuenta de que se refiere a que ya hemos llegado a la planta correspondiente-. Oh -digo-, sí.
Le sigo por la planta y por un instante me parece que estoy soñando. La razón es que este es mi sueño. Vamos, que si cierro los ojos y trato de imaginar el lugar de trabajo perfecto, este se parece bastante.
Espacios abiertos. Zonas de descanso de colores. Modernos paneles divisorios de cristal. IMacs en todos los escritorios. El sutil murmullo de la creatividad. La gente va vestida a su antojo y charla en sus asientos. Todo, en su conjunto, crea esa aureola de seguridad y poder adquisitivo que parece corresponder solo a la gente importante, no a los curritos.
Durante un segundo, me quedo tan impresionada con la escena, que casi se me olvida que estoy nerviosa.
–Muy bien, por aquí -dice John (se llama así ¿no?), atravesando la sala, encaminándose hacia su despacho.
Hace a los empleados unas cuantas preguntas ininteligibles, obteniendo un tono en las respuestas que confirma que él es el jefe. Estoy ante un hombre, me da la impresión, que no solo es respetado, sino que agrada invariablemente a sus empleados. Mientras camino, me siento sutilmente evaluada. Todos tratan de averiguar si soy el tipo de persona que encajaría en Coleridge. Dios mío, espero que nadie me cale. Espero que nadie…
¡Oh no!
La chica que está en la fotocopiadora. La flaca del flequillo gigante y la camiseta Diesel, con la nariz respingona y brillantes labios color carmesí.
Me mira con más descaro que el resto. Trato de contestar a su mirada con una minisonrisa, pero no funciona.
Sigue mirándome.
Sinceramente, resulta casi un alivio llegar al despacho de John y oír que se cierra la puerta. Digo «casi». Esto no deja de ser una entrevista, después de todo.
La entrevista.
–Tome asiento -dice, con el mismo tono testicular. Tomo asiento.
John Sampson se sienta frente a mí, al otro lado de la mesa. Una imagen guccificada de poder y follabilidad.
–Faith… Wishart -musita, mientras ojea mi solicitud.
–Sí -digo, segura porque, al menos, mi nombre es real.
Continúa evaluando mi solicitud y lo hace sonriendo. Ahora es una sonrisa distinta a la mostrada en el ascensor. Una sonrisa ligeramente engreída, arrastrando un arqueo simultáneo de la ceja derecha.
–Debo decir, para empezar, que me impresionó mucho su solicitud. Sus califícaciones, experiencia y referencias son absolutamente soberbias.
Buenas palabras. Son justo las palabras que una sueña con escuchar de camino a una entrevista, así que ¿por qué me pone nerviosa oírlas?
–Oh -digo, cambiando el peso de una nalga a otra-, gracias.