La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 80 de 86

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La maquilladora

Capítulo 95

A la mañana siguiente, lo primero que hace mi hermano es llamar a la puerta. Va vestido. Va afeitado. Va impoluto.

–Buenos días -consigo decir, cansada por la temprana hora y por lo poco que he conseguido dormir.

–Vamos entonces -me dice-, vámonos.

–¿Qué nos vamos?

–A Leeds. Voy a llevarte de vuelta. Vamos a tratar de llevarte a tiempo.

Antes de que tu amor se haya marchado.

–No te entiendo.

–No hay nada que entender. Coge tu ropa y vámonos.

–Pero ¿y mamá? ¿Y Lee?

–Ambos están aún durmiendo. Probablemente no se despertarán hasta dentro de unas horas. Puede que logre llevarte y volver para entonces. Y, de todas formas, le he dejado una nota a mamá. Y podemos llamarla al móvil desde el coche. Ahora venga, vámonos.

Mark está loco. O, al menos, conduce como tal.

En serio, apenas baja de los cien en todo el trayecto. Llegamos a Leeds en menos de tres horas. Aún así, es demasiado tarde.

Frank se ha marchado.

Le doy las gracias a Mark y me disculpo por la enorme pérdida de tiempo y de gasolina. Me da un abrazo y me dice que lo llame si necesito cualquier otra cosa. Mientras nos abrazamos, me pregunto por qué antes le tenía tantos celos y me molestaba tanto él y su profesión con futuro. También me pregunto por qué jamás me contó que era gay y si sería porque no confiaba en que yo mantendría la boca cerrada, o porque no sabía cómo reaccionaría.

–Conduce con cuidado -le digo, y enciende el motor.

–Lo haré. Cuídate, hermanita.

–Sí. Tú también.

Capítulo 96

El piso jamás había estado tan deprimente.

La moqueta naranja, el papel de pared despegado, la cocina americana, todo ha perdido el escaso encanto que pudiera haber tenido en el pasado.

¿Qué tamaño tendrá Edimburgo? Tampoco será tan grande, seguro. Podría encontrarle, con un gran esfuerzo. Podría coger un tren y caminar por las calles, escudriñar la guía telefónica y preguntarle a la gente por los bares y las cafeterías, como hacen en las películas.

Me tumbo en el sofá y miro por la ventana, observando las formas que la lluvia deja en el cristal. Ya lo estoy perdiendo, en mi mente. Su cara. Toda su presencia física. Quizá estoy tratando de recordarlo con demasiado

ahínco, de imaginármelo, de escuchar su voz. Lo único que quiero escuchar es a él hablando sobre universos alternativos o sobre Al Greene. Lo único que quiero es a él.

El cojín no es un buen sustituto, aunque eso no impide que lo abrace y me quede ahí, enroscada en el sofá, pensando en un hombre que existe, aunque podría no existir igualmente, hasta que empiezan a pesarme los ojos y caigo dormida.

Poco después (no tengo ni idea de cuánto tiempo transcurre), doy un respingo y me despierto.

Se oye algo.

Se escucha música.

Podría estar soñando. Debe ser un sueño. Un sueño con Frank.

Porque es Al Greene. Es la canción I'm So Tired of Being Alone. Y está puesta a todo volumen.

Me levanto y me doy un pellizco. Luego me vuelvo a dar otro.

Esto no es un sueño.

Sopeso mentalmente las probabilidades de que hubiera un nuevo inquilino abajo. Luego las probabilidades de que haya un nuevo inquilino abajo, al que le guste Al Greene. En mi meditación, suena otra canción. Es I'm Still in Love With You.

Cinco segundos.

Eso es lo que tardo en llegar hasta mi puerta. Bajo corriendo las escaleras de piedra y empiezo a llamar frenéticamente a su ventana.

–¡Frank! ¡Frank!

Puedo oír, sobre la conmovedora voz de Al Green, el sonido de un cerrojo.

La puerta se abre.

Es él.

–¡Frank! – le digo-. ¡Frank!

–Hola, Faith -contesta. – ¡Eres tú!

Mira al suelo.

–Sí.

–Pero creía que estarías en Edimburgo.

–Yo también lo creía -dice-, pero algo parecía retenerme. – Aguarda un instante, prolongando mi agonía, hasta que añade-: Alguien.

Está lloviendo con fuerza, pero apenas puedo oírlo. Debo estar horrible con esta camiseta holgada, empapada, pero, de alguna manera, eso parece no importar.

–Se lo conté a mi madre -le digo-, se lo conté todo. Todas las mentiras.

Cuando te fuiste del hotel, se lo conté todo.

Asiente con la cabeza, pero parece estar esperando que diga algo más.

–Te quiero -le digo-, te quiero mucho.

Me mira, confundido. No creo que jamás, en toda mi vida, me haya sentido más vulnerable. Pero tenía que decírselo, porque es la verdad. Y porque es cierto que podría estar aquí parada todo el día, bajo la lluvia helada, diciendo lo mismo.

Da un paso adelante, saliendo a la intemperie de Leeds. Me mira, guapísimo