La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 83 de 86

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La maquilladora

Capítulo 99

Oh, Dios mío. Eso no es bueno. Esta es una terrible situación de la que no podré salir con ninguna mentira. Seguro que ya sabe de mí, a estas alturas.

El señor Blake. El señor Blake. El padre de Frank. Sabrá lo que pasó en el almacén. Sabrá lo del hombre desnudo. Por supuesto que lo sabe. Debe ser el chisme más famoso que jamás haya habido en Blake.

Blake.

Frank Blake.

El señor Blake.

Capítulo 99

¿Cómo habré podido ser tan idiota?

Pero ¿cómo iba yo a saberlo?

El señor Blake nos ha visto. Está sonriendo. Puede que aún no me haya reconocido. Todavía.

Coloca el puro en el cenicero y se levanta para saludarnos.

–Hola, Faith.

–Hola -le digo, con voz vacilante-, encantada de conocerle.

El señor Blake, el padre de Frank, sonríe.

–Otra vez -añade-, encantado de conocerte, otra vez -dice, con tono jovial, aunque con ello no logra calmar mi nerviosismo.

–Sí -contesto, preguntándome si iré a desmayarme.

Frank me ofrece asiento. Nos sentamos todos. ¿Por qué Frank no me lo había dicho? Y si su padre dirige Blake, entonces, ¿por qué tiene que vivir Frank en ese sótano asqueroso?

–Vaya sorpresa ¿eh? – dice el señor Blake.

–Sí -contesto.

Llega el camarero para tomar nota de la bebida. El señor Blake pide un Château de algo, un agua mineral para su hijo, y se mete el puro en la boca.

–Te despidieron de mis almacenes -dice.

–Sí -digo.

–Te despidieron injustamente -dice, y con las palabras aún resonando añade-: Hice que el personal de seguridad revisara la cinta. Hay cámaras ocultas en el almacén. Fue un terrible error despedirte.

–¿Ah, sí?

–Eras una empleada muy eficiente.

¿Era una empleada muy eficiente? ¿Y él cómo demonios lo sabe? Solo me ha visto una vez.

–De todas formas -continúa-, nos libramos de Lorraine Baxter. No porque te despidiera. Bueno, no solo por eso. Pero cuando los chicos de seguridad estuvieron revisando las cintas, la pillaron robando artículos. Productos antienvejecimiento. Cogiendo todo cuanto podía llevarse.

Oh, Dios mío. Por eso Lorraine pasaba tanto tiempo revisando el almacén.

Llega el vino, justo en el momento oportuno. Mientras el camarero sirve el vino y Frank permanece en un satisfecho silencio junto a mí, el señor Blake continúa hablando tras el velo de humo del puro.

–Le salvaste la vida a mi hijo. En más de un sentido, además. Después de que su hermano… mi hijo… muriera. – Por un momento, se queda absorto mirando al frente, por el dolor que aún está por sanar.

–Vale, papá -le dice Frank, con dulzura-, ya está.

–No -dice-, quiero explicarme-. Se vuelve hacia mí-. Traté de que dejara de beber. Le dije que no quería perder a otro hijo. Pero no me escuchaba. De hecho, estaba tan harto de mí que se marchó. Se podría haber ido a cualquier sitio. Podría haber alquilado un bonito apartamento en el centro de la ciudad, o algo así. Pero no. Creyó que eso sería poco respetuoso. Así que, en vez de eso, alquiló un agujero de mierda en Hyde Park.

–Papá -interrumpe Frank.

–Oh -dice el señor Blake, al recordar que vivo justo encima de dicho agujero de mierda-. No era mi intención ofenderte. Pero para ser sincero, es uno de los principales accionistas de Blake's, y el futuro heredero de la empresa, así que podría vivir donde quisiera.

Miro a Frank. Se encoge de hombros.

–Oh, no te ha contado nada de eso ¿verdad? – dice el señor Blake, sonriendo-, por supuesto que no lo ha hecho. Siempre ha creído que es mejor no contárselo a la gente, hasta que lo conozcan bien. Su hermano era exactamente igual. Se parecían como dos gotas de agua. No querían atraer a los cazafortunas.

–Yo… no… soy una cazafortunas -le digo al señor Blake, sin saber qué más decir.

–No, Faith, querida. Ya sé que no lo eres. Solo estás un poquito ida -dice,

riéndose.

–Papá…

–¡Hay que ser una chica muy valiente, o estar muy loca para aceptar un reto como este!

El señor Blake se ríe. Yo también me río. Frank, que no se ríe, de repente empieza a preguntarse si, realmente, todo esto ha sido una buena idea.

–Gracias -dice.

–Y, hablando de retos -continúa el señor Blake-, tengo otro para ti.

–¿Ah sí?

Frank me aprieta la mano bajo la mesa, al parecer, consciente de lo que viene a continuación.

–Estamos haciendo algunos cambios en los grandes almacenes. Muchos cambios -dice, apagando el puro-. Los grandes almacenes están entrando en una nueva era. Los clientes esperan más y, si no se lo ofrecemos, los perderemos y se marcharán a las boutiques y a Internet. Ya no solo quieren comprar productos, quieren interactuar con ellos. Se trata de ofrecerles el máximo nivel posible de personalización. Y ahí es donde entras tú.

–¿Sí?

–Sí, Faith, así es. Estamos reformando toda la planta baja. En lugar de tener mostradores de cosméticos separados, estamos dándole un… cuál es la palabra esa que les gusta tanto ahora… enfoque más holístico.

–Bien -digo, sin tener ni idea de lo que está hablando.

–El Paraíso de la Belleza, ese es el nombre que hemos elegido. Toda la planta estará destinada a los productos de belleza y maquillaje. Habrá barras

de maquillaje y peluquería, una zona de tratamiento spa, secciones para el cuidado de la piel. Y no estará dividido por marcas. Porque, aunque se sigue tratando de vender productos, estamos vendiendo un servicio de belleza completo. En pocas palabras, estamos vendiendo el paraíso de la belleza.

–Bien.

–Y es lo más atrevido que hemos hecho jamás. Tan atrevido que ni siquiera hemos hecho aún ningún estudio de mercado. Porque tú sabes lo que es un estudio de mercado, ¿no?

–Eh, sí -contesto, recordando la importancia que Adam le daba a esa expresión.

–Es basura, eso es lo que es -dice, encendiendo otro puro y continuando con lo que debe ser uno de sus temas favoritos-. Es como lo que dijo Henry Ford sobre el primer coche que fabricó. Dijo: «Si le hubiéramos preguntado al cliente su opinión, nos habría pedido un caballo más rápido». Uno tiene que asumir riesgos.

–Bien -digo.

–Papá -dice Frank antes de tomar otro sorbo de agua mineral-, quizá deberías decírselo directamente.

–Sí -dice el señor Blake-, sí, muy bien. – Se reclina sobre su asiento. Llega el camarero, listo para tomar nota de la comanda, pero Blake lo echa.

Luego, se vuelve de nuevo hacia mí y dice-: Faith, quisiera que volvieras a trabajar con nosotros.

–Eso sería estupendo -le digo-, gracias.

–Pero tengo otro puesto en mente.

–¿Ah, sí? – Oh, Dios mío. Me va a pedir que sea estilista.

–Sí -dice-, quiero que seas la coordinadora del Paraíso de la Belleza. De toda la primera planta.

Debo tener un problema de audición. Juraría que me acaba de pedir que sea la coordinadora de la primera planta entera.

–Pero… yo… solo soy maquilladora.

–No, Faith. No, tú no eres solo maquilladora. Tú eres la mejor maquilladora que hayamos tenido jamás.

Por un segundo, resulta muy agradable. Pero entonces, empiezo a sentirme mal. Me refiero a que es un gesto muy bonito, y es una buena forma de agradecerme que le salvara la vida a Frank. Pero no se puede negar que se trata únicamente de eso. No es por mis propios méritos. No puede ser por eso. Vamos, no creo que Lorraine le diera muy buenas referencias sobre mí.

Todos estos pensamientos deben de ser evidentes, por la cara que pongo, ya que el señor Blake levanta la mano, de modo tranquilizador.

–Sé lo que estás pensando -dice-, estás pensando que todo esto es por Frank. Que es un modo de recompensarte por sacarle del hoyo. Y te estaría mintiendo si te dijera que eso no ha influido en mi decisión. Frank me lo contó. Cómo te lo encontraste, cómo te mantuviste serena, cómo estuviste esperando en el hospital durante toda la noche para asegurarte de que estaba bien. En fin, no hace falta tener todos esos cursos sobre gestión de Peak District para darse cuenta de que eres una mujer capaz de llevar una tarea hasta el final.

–Gracias -le digo, aún algo incómoda.

–Pero ¿realmente crees que contrataría a alguien para esta tarea, basándome solo en eso?

Le doy un sorbo al vino y miro a Frank.

–No lo sé.

–Soy un hombre de negocios, Faith -dice el señor Blake, expulsando por la boca una nube de humo-, solo tomo decisiones que favorezcan mis intereses económicos.

–Créeme -dice Frank, puede que recordando alguna escena de la infancia con su padre-, es verdad.

–El hecho es que -continúa el señor Blake-, hemos estado observándote durante un tiempo. Y, en cierto modo, tus sospechas son fundadas. Quiero contratarte por mi familia. Y porque un miembro muy cercano de mi familia tiene una magnífica opinión de ti.

Miro a Frank.

–Sí, ya lo sé, pero…

–Oh, no se trata de Frank -dice el señor Blake-. Algun día, sé que será un buen empresario, pero en este momento está demasiado ocupado mirando las estrellas y observando otros planetas, o lo que quiera que sea lo quiere estudiar.

–Universos alternativos -dice Frank, examinado la carta.

–Creo que no le entiendo -digo.

El señor Blake me lanza una cálida sonrisa.

–Es mi madre -dice el señor Blake.

–¿Su madre?

–La abuela de Frank.

Busco frenéticamente en mi cerebro a una señora Blake.

–Sigo sin…

–La conocerás por Josephine.

–Yo…

–O Josie.

Josie.

La adorable anciana a la que maquillaba. La que usaba agua de rosas para la cara. Esa a la que Lorraine jamás se dirigía. Esa que me decía que todo iría bien.

–Siempre me decía que eras la mejor de toda la planta -continúa hablando el señor Blake-. Más atenta que cualquiera de los jefes. Ya ves, siempre me ha ayudado en la tienda. Durante treinta años ha estado viniendo todos los sábados, sin decirle su apellido a nadie. Es mi agente secreto.

Me quedo sin palabras.

La venerable Josie es su agente secreto, y lleva treinta años trabajando para la tienda.

Miro a Frank, al que le divierte que me haya quedado sin palabras, y que me sirve un poco más de vino.

–No sé qué decir.

–No tienes que decir nada -dice el señor Blake.

Pero, en mi interior, ya están cantando los ángeles. Todo esto es real. Está ocurriendo de verdad. La verdad está demostrando ser más espectacular que cualquiera de las mentiras que le haya contado jamás a mi madre.

El señor Blake se levanta.

–Voy al lavabo de caballeros -dice.

A solas conmigo, Frank se vuelve y dice:

–Bueno ¿qué opinas?

–Creo que… creo que no soy la única que ha estado ocultando algunos secretos.

–Ey -dice, apartando mis palabras con la mano-, jamás te mentí en nada, lo sabes. El trabajo es tuyo si lo quieres. Y serías muy buena en ello, eso seguro. Se trata solo de disfrutar con lo que haces y de sacar lo mejor de la gente. Y tú estás hecha para eso.

–Oh, déjalo ya -digo-, te estás poniendo tonto.

–No me importa -me dice-, te quiero, Faith Wishart.

Me muerdo el labio.

–Yo también te quiero.

El señor Blake vuelve a la mesa.

–Bien -dice-, obviamente, tu salario estaría a la altura de la responsabilidad, y tendré que decidir exactamente cual será, pero quiero asegurarme de que tienes tanto tiempo para la planta como haga falta y de que te esfuerzas al máximo. – Se detiene, para darle más efecto, luego, me mira a los ojos-.

Tienes que pensártelo.

¿Está loco?

–Ya lo he pensado -le digo, si malgastar ni un segundo más-, y estaría