La maquilladora

Andrea Semple · Capítulo 2 de 86

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La maquilladora

Capítulo 2

Una vez dentro del vestíbulo, me empiezo a acalorar. Quiero decir que, literalmente, me sofoco. Tras tres kilómetros corriendo con tacones y traje esto es justo lo que me faltaba: una sauna antes de la entrevista. La mujer de aspecto inmaculado de detrás del mostrador debe de ser una psicópata. O

eso, o no es un ser humano y necesita esta temperatura para calentarse la sangre.

Llego al mostrador y aguardo a que termine la llamada y se percate de mi presencia. Mientras tanto, observo cómo va maquillada. Una base de maquillaje extendida uniformemente. Colorete perfecto en las mejillas. No tiene bolsas ni ojeras. Entonces empiezo a preocuparme. Tengo que tener un aspecto horrible. Vamos a ver, normalmente, el maquillaje se me da muy bien, pero esta mañana todo estaba manga por hombro. Seguro que me he pasado con el color y la carrera no creo que me haya ayudado mucho.

La inmaculada concluye su llamada y me mira. Me lanza una breve mirada de forense. Puede que esté paranoica, pero parece que mi aspecto le divierte. Oh, no. ¿Qué pasa?

¿Me ha cagado un pájaro en el hombro o algo así?

–Esto… tengo una entrevista.

–¿Perdona? – me pregunta, su regodeo se torna en confusión.

–Tengo una entrevista -repito, tratando esta vez de que los nervios no me hagan decir incoherencias.

–¿Con qué empresa?

¿Qué quiere decir con «qué empresa»? ¿Es que no es suyo todo el edificio?

–Eh… la agencia de publicidad Coleridge. Con Sam Jonson.

–¿Se refiere a John Sampson?

Mierda, qué idiota.

–Sí, disculpe. Soy Faith Wishart. – Bueno, al menos eso lo digo bien. La inmaculada descuelga el teléfono y presiona un número. Dos segundos después dice:

–John, Faith Wishart.

Dios mio, pienso. ¿Tan importante es John Sampson que no tiene tiempo ni para escuchar frases completas?

–Estará en dos minutos -dice la inmaculada, enarcando una de sus perfectamente depiladas cejas y riéndose para sí, con aire engreído.

De acuerdo, definitivamente estoy paranoica.

Me siento junto a una maceta de metro y medio que, una vez cerca, resulta ser de plástico. Hay algunas revistas sobre la mesa que tengo delante. Me resisto a coger el último número de Glamour y cojo un ejemplar de Relaciones Públicas de la Semana, fingiendo interés.

Mierda, me tiemblan las manos. Y tengo las palmas sudorosas.

Vamos Faith, concéntrate.

Trato de recordar lo que escribí en el impreso de solicitud. Lo que era cierto, lo que era casi cierto y lo que era completamente falso. Pero no puedo pensar con claridad.

¿Por qué se me da bien el trabajo en equipo?

¿Dije que me había licenciado con sobresaliente o con notable?

¿Qué experiencia se supone que tenía?

La cosa no va bien. El tranquilo latido de mi corazón se ha acelerado y ahora va a ritmo de bongo frenético. Se me han entumecido las piernas y tengo la lengua pegada al paladar.

Se oye el ascensor y se abren las puertas para mostrar a un hombre alto, elegantemente vestido, que me mira de frente.

–¿Faith? – pregunta, con una voz tan profunda que debe de tener las cuerdas vocales en los testículos. Me acerca su enorme mano-, John Sampson.

Cojones, está buenísimo.

Vaya traje. Debe ser de Gucci o alguno de esos. Camisa morada, sin corbata, el cuello abierto, pelo oscuro rizado, sonrisa confiada y uno de esos rostros a los que les sienta bien la edad. Y, cuando hablo de edad, no me refiero a edades como la de Hugh Hefner[1], sino a la de George Cloony.

Vale, la camisa morada no le favorece. Ya ves, es un hombre que, obviamente, está en contacto con el majadero que lleva dentro, pero es exactamente como los hombres que describen en las novelas.

Alto, sí.

Moreno, sí.

Atractivo, sí, sí.

Si estuviéramos en el siglo diecinueve, en este mismo instante me estaría desmayando. Me estaría desmayando por Inglaterra, y él me sujetaría y me

sacaría de allí en su negro corcel (lo que quiera que sea un corcel negro) y me llevaría a su castillo, me raptaría y me escribiría un soneto de amor, nos dormiríamos y envenenaríamos, o nos ahogaríamos en un lago, o comenzaríamos una revolución o algo…

Mierda, estoy delirando.

Tendría que haber desayunado esta mañana.

No obstante, no estamos en el siglo diecinueve y tengo que conseguir un trabajo.

De alguna manera, trato de levantarme.

–Encantada -tiemblo.

Me mira fijamente y recuerdo: contacto visual. Si quieres dar buena impresión, tienes que mantener la mirada de tu interlocutor.

–Después de usted -dice, haciendo un gesto hacia la puerta abierta del ascensor, mirándome a los ojos.

Vacilo.

Hay una mujer de extraño aspecto en el ascensor, mirándome de frente. La mujer tiene un color naranja chillón y parece completamente petrificada.

¡Oh, mierda! Es un espejo.

La mujer petrificada naranja chillón soy yo. Cojones, ¿cuánto colorete me he echado?

El tarro prometía un bronceado profundo, natural y radiante. Más bien radiactivo. Vamos a ver, ¿qué bronceado va a parecer natural en abril? ¿En el jodido Leeds?

Es más, ha empezado a agrietarse a la altura de la oreja. Y todo porque mi