La maquilladora
Capítulo 42
Parece que tuviera doce años. Vale, un crío de doce años con una alarmante cantidad de vello facial, pero aun así, tiene un punto de vulnerabilidad que me ablanda el corazón.
–¿Quieres pasar?
–No -dice, mirándome a la cara por primera vez-. Bueno. Es que tengo cosas que hacer.
–Vale -digo.
–Vale, hasta luego.
Capítulo 42
Adam acaba de llegar.
Llega dieciocho minutos y cuarenta y cinco segundos tarde, pero, bueno, no es que esté contando los minutos.
–Muy bien, magnífico -dice en la puerta, dándome una botella de vino.
–Oh, gracias -digo-, no tenías por qué.
Me besa en los labios y me da un pellizco en el culo, para después entrar al vestíbulo. Noto que está evaluando todo lo que le rodea y no hace falta ser Lloyd Grossman[6] para saber que su dictamen será sombrío.
No obstante, no dice nada. O, al menos, no dice nada hasta que se topa con
el salón.
–Bonita moqueta -dice.
–Vale, lo siento, te tendría que haber avisado de que mi piso es un poco cutre.
–¡Ey! – dice, rodeándome la cintura, y algo en sus pantalones me dice que está encantado de verme-, ¿qué más da, nena? No he venido por el diseño de interiores.
–Vale -le digo, ruborizada-, voy… voy a abrir el vino.
Me desembarazo de él y voy a la cocina, botella en mano. Cuando reaparezco en el salón, Adam está ojeando bajo la tele, echándole un vistazo a los dvd.
–Ejercicios yogásmicos -dice, mirándome con ufana sospecha.
–Oh, sí. Eso. Es mi hermana. Es monitora de yoga. Es esa. Hope. Hope Wishart. Está ahora de moda.
–¿Qué? – dice con incredulidad- ¿Es hermana tuya?
Muy bien Adam, tú si que sabes cómo hacer sentirse bien a una chica.
–Sí -contesto-, es mi hermana.
–¿En serio?
Su mirada destila escepticismo.
–En serio.
–Ella está… en forma -dice, casi para sí mismo.
–Sí, así es.
–Quiero decir que, ya sabes, tiene un aspecto muy saludable. – Se detiene al darse cuenta de que está metiendo la pata hasta el fondo-. No es que tú no.
Tú también tienes un aspecto muy saludable. De hecho diría que estás…
Alzo la mano.
–Vale -le digo, tratando de no sonreír-, ya me hago una idea.
Pero Adam quiere asegurarse.
–No se parece a ti, no es que esté mejor. Es que no se parece a ti, rubia, con ojos verdes…
Y el cuerpazo de la talla treinta y seis. Y los pechos mirando al cielo. Y las piernas que se coloca detrás de la cabeza.
–Sí, lo sé -digo-, somos distintas.
–Dios mío -añade-, debe de encantarte tener una hermana famosa.
–Oh sí, estoy encantada.
–Vamos, con su propio dvd -continúa, observando las fotos de la contraportada con quizá excesivo interés-. Es impresionante ¿La ves, eh…
la ves mucho?
–No, apenas.
–Oh.
–Bueno, ¿quieres comer algo?
–No -dice, dejando el dvd-, solo a ti.