La maquilladora
Capítulo 71
suavemente entre los brazos.
Alice se derrumba ante el tacto de esa suave y arrugada piel. En la sala, se intercambian agradables sonrisas de satisfacción y, por un instante, la vida parece capaz de alcanzar la perfección.
Parece exhausta, como si le hubieran quitado todas las fuerzas, pero, de alguna manera, su mirada está más viva de lo que haya estado jamás.
–Mi bebé -dice, por encima de los gritos, mirando a su minúscula cabecita rosada arrugada-, mi precioso bebé.
Capítulo 71
Es sábado por la mañana y los gritos ya no provienen del bebé de Alice.
Están en mi cabeza.
Aún no se lo he contado.
Mi madre.
Traté de llamarla hace una hora, pero ya debe haber salido.
Me la puedo imaginar en este instante. Pasándose al carril de la izquierda, inclinada sobre el volante, tarareando «Oh, qué bonita mañana», sonriendo como una maníaca, pensando en el acontecimiento que lleva un año esperando: conocer a Adam.
Estoy mareada.
No he comido nada en toda la mañana, pero voy a vomitar. Me voy
corriendo al cuarto de baño y me inclino con una arcada sobre la taza del váter. No sale nada. Otra arcada. Me sale agua pastosa por la boca.
Oh, todo esto es ridículo.
Recomponte, Faith.
Solo tienes que contárselo. Solo tienes que contarle la verdad. La verdad.
Otra arcada. Más agua.
Mamá, hay una cosilla que se me olvidó mencionar…
Tan solo le diré que hemos roto. Tan difícil no será. Me refiero a que esto no es serio. Es la verdad, por el amor de Dios.
Pero no me creerá. Creerá que jamás hubo ningún Adam, ni siquiera cuando realmente lo hubo.
Vamos. Respira profundamente.
Voy al dormitorio y me maquillo. Normalmente suele tener un efecto tranquilizador, pero hoy no. Estoy aplicándome la base de maquillaje a supervelocidad, aguzando el oído para escuchar el ruido de su coche y el tirón tan familiar del freno de mano.
Me hago un lío y casi me saco un ojo con el rímel.
Me miro al espejo, y me doy cuenta de que me he pintado demasiado. Mi madre acabará diciendo algo parecido a que parezco una ramera. O que no le sorprende que no haya logrado mantener a mi lado a ningún hombre. O
que estoy enviando las señales equivocadas.
Me lo quito rápidamente y opto por una estrategia ligeramente más sutil.
Crema hidratante de color, brillo de labios rosa claro y una pincelada de colorete.
Entonces lo oigo.
El coche.
Mierda, llega pronto. Pero, claro que llega pronto. Seguro que no podía esperar ni un minuto más. Habrá saltado a su Renault mamamóvil a las cinco de la mañana. Voy corriendo al salón, y mis temores se confirman. La veo tratando de aparcar en línea en un hueco del tamaño de una caja de cerillas.
En cuanto apaga el motor y echa el freno de mano, se inclina desde su asiento y me ve tras la ventana.
Me saluda con la mano. Sonriendo como una perturbada.
Le devuelvo el saludo con la mano, y obligo a mi cara a sonreír.
Al verla cerrar la puerta del coche y cruzar la calle trotando, me doy cuenta de que todo esto va a resultar más difícil de lo que había imaginado. Miro frenéticamente por todo el salón.
No, sigue sin haber novio alguno.
Y, a menos que me metamorfosee en Victor Frankenstein en cinco segundos, parece que no voy a ser capaz de crear uno.
Llaman a la puerta. Es el toc toc ávido de mi madre.
Vale, me digo a mí misma mientras me dirijo hacia la entrada . Ya está. Unos tres meses de invención echados completamente por la alcantarilla, lo sé, mientras me dirijo hacia mi madre, deformada tras el cristal biselado.
–Hola, mami -digo, al abrir la puerta.
–Hola cariño -dice mi madre, avanzando para darme un abrazo. La abrazo,