El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 10 de 84

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El discurso vacío

30 de septiembre

Hoy comienzo un poco más temprano que ayer: 22:25. Pero noto que la letra me está saliendo demasiado chica. Veamos: un pequeño esfuerzo de crecimiento. Ahora está mejor. Cuidado con achicarse. Bien. Ahora, a prestar atención al dibujo de cada letra. Dibujo de cada letra. Dibujo de cada letra. Sin apuro. ¿Pero cómo carajo era que se escribía la S mayúscula? S. L. §. &. No hay caso. No puedo recordarla. A B C D E F G H I J K L M N Ñ O P Q R S T U V W X Y Z. En fin; no recuerdo la K ni la S, ni estoy muy seguro de la Q. (Llega mi mujer a fastidiar. Es tremendamente celosa de mi soledad; no hay caso de que alguna vez me vea concentrado en algo distinto de ella, que no trate por algún medio de desconcentrarme, hacerme perder el hilo, el clima, desparramar mis jugos cerebrales en todas direcciones. En mi experiencia, se trata de una ley general. También en la experiencia de algunos hombres que conozco. Pero es algo que no termino de entender bien y que me estropea bastante la vida. En realidad estos ejercicios que estoy haciendo para afirmar mi carácter son una torpe sustitución de la literatura. Pensaba que podría escribir una hojita como esta diariamente sin problemas —pero no cuando mi mujer está en casa.)

 

1.° de octubre

Adelante, pues, con la terapia grafológica. Debo confesar que ya he percibido algunos resultados psíquicos positivos, o al menos así lo creo; todos ellos relacionados con la autoafirmación en distintos aspectos. De todos modos, aun cuando esta creencia mía sea errónea, me resulta útil (en verdad, no conozco ninguna creencia auténtica, es decir, coherente con la realidad, que arroje resultados prácticos interesantes. Aunque toda creencia es falsa, es decir, no coherente con la realidad de los hechos, en tanto que una creencia es algo limitativo, pobre, incapaz de abarcar toda la rica variedad y dimensionalidad del Universo; pero justamente, por ser limitativa, y mientras no sea descabelladamente delirante —y a veces a pesar de serlo—, la creencia produce un efecto sumamente eficaz, concentrado, en toda acción. De modo que para triunfar en la vida es preciso creer en algo, o sea estar, por definición, equivocado).