El discurso vacío
El discurso
2 de enero
Si vengo narrando estas cosas más o menos intrascendentes con todo detalle y la mayor parsimonia, es tal vez por inercia, ya que en estos días el discurso abstracto sigue ausente, y en su lugar continúa esa musiquita, a veces más fuerte y obsesiva, a veces casi inapresable por lo tenue y apacible. Al parecer, esa musiquita tiene su origen en un mecanismo de borrado de los sueños. Mucho me temo que se trate de una conciencia dividida: yo, por un lado, que quiero recobrar el sueño y yo, por otro lado, que no quiero hacerme cargo de él. El primer yo inquisitivo es mi viejo yo, el de toda la vida, el que se acostumbró al ejercicio de registrar los sueños, de paladearlos, de escribirlos e incluso tratar de interpretarlos. Tengo muchas hojas con sueños anotados durante largos períodos de mi vida. Pero ahora hay un nuevo yo (ciertamente, con mucha influencia del superyó, pero yo al fin), más volcado hacia cosas prácticas y exteriores (que he llamado «intrascendentes», tal vez no con justicia pero sí con rabia). Este nuevo yo ha tomado posesión de mi ser, se ha instalado fuertemente en mi vida, sin que yo termine de aceptarlo (y cuando digo «yo», ahora, estoy hablando de mi viejo yo). Se ha hecho fuerte y no hay modo de desalojarlo, y por ahora tampoco he encontrado la manera de conciliar ambos yoes y fabricar con ellos un solo y único y fuerte yo. Me parece que se trata fundamentalmente de un problema de tiempo, de falta de tiempo, o de incapacidad para ubicarlos armoniosamente en el tiempo.
Ahora me viene abruptamente el recuerdo de un sueño que sí pude conservar en la memoria, al menos parcialmente; y tal vez ese sueño exprese este problema. He olvidado largos tramos arguméntales: sólo pude conservar una parte final.
En esa parte, yo iba por la calle con un hombre que me resultaba amable, simpático, con algo de protector. Me sentía cómodo con él. Sin embargo, se trataba de un policía que al parecer me había capturado, y me estaba conduciendo hacia una repartición policial donde yo debería realizar un trámite. El resultado de ese trámite era incierto, y yo abrigaba el temor de que una vez en ese lugar me dejaran detenido, o preso, durante un tiempo. El policía simpático me aconsejaba presentarme tranquilo, disimular ante los otros que tenía motivos para estar nervioso o a la defensiva. Me señaló una puerta y me dijo que me esperaría afuera; por algún motivo él no podía entrar. Su misión terminaba allí. Yo entraba, entonces, solo, y debía pasar por un lugar estrecho entre la pared a mi izquierda y una mesa billar a mi derecha; había algunas personas jugando al billar. Hacia el fondo del recinto, bastante amplio, había un mostrador, que a un costado tenía una ventanilla de recepción con barrotes verticales. Me acercaba con temor pero al llegar comprobaba que tras él no había nadie, y que tendría que esperar pacientemente para ser atendido. En ese punto, desperté.
Me siento dando vueltas siempre en el mismo sitio. Si no me equivoco, estos apuntes comenzaban diciendo más o menos lo mismo, es decir, la incapacidad de mi conciencia para hacerse cargo de ciertos contenidos inconscientes que pugnan por salir a la superficie. Sin duda necesito un apoyo, alguien que, como en el sueño, me conduzca amablemente hacia ese mal trago de la prisión o del trámite difícil, donde de algún modo seré juzgado, o examinado con ojo crítico. Lamentablemente, en esta ciudad no hay terapeutas que puedan ayudarme, el único apto (aparte de mi mujer, quien debe quedar excluida por razones obvias) es alguien con quien existe un grado de amistad suficiente como para invalidar el lazo terapéutico. He pensado en curanderas, y me han hablado de un homeópata; está bien, estoy dispuesto a prestarme a casi cualquier cosa. Pero lo que realmente necesito es un psicoterapeuta, y no los hay aquí, y estoy enclavado aquí por múltiples razones, sin poder viajar con facilidad.
Por otra parte, está la mudanza inminente a la nueva casa. Esta casa que hemos de dejar, está, metafóricamente, cayéndose a pedazos (y materialmente, casi diría que también lo está). Cuando uno sabe que ha de abandonar un lugar para no volver, es imposible seguir viviendo en él cómodamente; por así decirlo, uno ya no está allí donde está, sino que vive proyectándose, cada vez con mayor fuerza, hacia el nuevo lugar donde va a vivir. Si miro mis libros es para pensar que debo hacer con ellos prolijos paquetes; y así pasa con todas las cosas. Si algo se pierde o se rompe, ya no se repone. Si un mueble está en un lugar inapropiado, ya no se cambia de lugar. Vivimos aquí provisoriamente, como en un hotel de paso, especulando todo el tiempo con los días y las horas que faltan para trasladarnos. Y este esfuerzo del traslado, sin embargo, todavía no se ha aceptado plenamente. No soy capaz de imaginarme el día de la mudanza, el levantarme de esta cama en mi casa para acostarme esa noche en esta misma cama, en otra casa; en el medio hay un esfuerzo, una complicación, un trabajo que me parece no poder enfrentar.