El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 18 de 84

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El discurso vacío

2 de noviembre

Hace varios días que no realizo estos ejercicios grafológicos pero por buenos motivos, ya que —sea por las circunstancias, sea por un resultado efectivo de estos ejercicios— anduve bastante dinamizado en distintas actividades. La más importante de todas, por lo menos a mis ojos, es la casi subterránea tarea, a medias onírica, a medias vigil, de intentar el resurgimiento de mi capacidad imaginativa y, consecuentemente, mi literatura. En los aspectos prácticos esto se redujo a la revisión final de un cuento escrito hace unos años, y a ponerlo en un sobre y enviarlo para ver si lo publican en algún lado. También estuve muy ocupado en materia de relaciones internacionales y me puse al día con corresponsales en el extranjero, y esto implicó la nada fácil (en Colonia) tarea de conseguir buenas fotocopias. Lo que en un lugar civilizado se habría resuelto en un par de horas, aquí demandó tres días.

Creo que no me está saliendo buena letra, y escribo muy ansiosamente. Sin embargo es una letra que me parece inteligible, y en la que se han ido incorporando con naturalidad muchos de los rasgos que me he esforzado en practicar; otros, todavía no. Por ello debo continuar con la escritura lenta y con los temas poco interesantes, de modo de seguir incorporando con paciencia y mediante la reiteración esos rasgos que considero esenciales para que mi letra vuelva a ser legible del todo y para que, en forma paralela, se incorporen también a mi conducta los rasgos que la letra delataría ante un examen grafológico, una vez que fuera como he pensado que quería que fuera, de modo de poder afirmar que «soy el artífice de mi destino»; es una pretensión tal vez excesiva, pero pienso que a veces no está mal apuntar demasiado alto, sobre todo en un medio donde todo condiciona a que se apunte bajo, y donde la mediocridad es uno de los méritos más celebrados.

 

13 de noviembre