El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 7 de 84

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El discurso vacío

26 de septiembre

También hoy hago mi práctica. Se advierte ya en los primeros trazos que estoy decaído, desganado; no tengo deseos de emplear la fuerza de voluntad. Es posible que esté incubando algún virus, contagiado por Juan Ignacio o por el perro Pongo, quien también se encuentra hoy decaído. Es posible también que haya algo en el clima que nos perturba a todos. Y también es posible, y lo más probable, que mi estado sea la consecuencia de un ensueño de esta madrugada —montones de ratas muertas, con sangre, podridas; y mi abuela—. El sueño debe ser a su vez consecuencia de los hechos que me tocó vivir en días pasados (12 al 21 del corriente): la figura de mi abuela, en el sueño, debe corresponder en la realidad a la de mi madre, ya que muchas veces, durante el período en que permanecí cerca de mi madre en esos días, me encontré pensando en ella como en mi abuela, tanto ha llegado a parecerse mi madre a su madre al envejecer; es más, creo que en muy pocos momentos de esos días tuve una clara conciencia de estar junto a mi madre: sentía, con esa convicción profunda y espontánea que proviene de lo íntimo del ser, que ella era mi abuela.

En el sueño de anoche, mi abuela vivía en la misma casa que yo estaba ocupando momentáneamente, como de paso por un lugar extraño, tal vez un balneario. En mi cuarto aparecían montones de ratas muertas, y luego las veía también en otros lugares de la casa, especialmente en la cocina. Yo decía algo acerca de «hablar al Municipio o a la Policía», y me frenaba lo avanzado de la hora, y sobre todo la aceptación, por parte de mi abuela, que se tomaba como algo normal esa situación para mí extraordinaria.

 

27 de septiembre

Es preciso poner mucha paciencia y gran atención; tratar en lo posible de dibujar letra por letra, desentendiéndose de las significaciones de las palabras que se van formando —lo cual es una operación casi opuesta a la de la literatura (especialmente porque se debe frenar el pensamiento, que siempre —acostumbrado a la máquina de escribir— busca adelantarse, proporcionar nuevas ideas, establecer nuevas relaciones de ideas y de imágenes, preocupado —tal vez, deformación profesional— por la continuidad y coherencia del discurso).