El discurso vacío
8 de septiembre
Continúo después de una interrupción (hecho nada infrecuente en esta casa) (y una de las razones para no conseguir aflojarme en profundidad). Ahora, otra interrupción. Vivir en esta casa no es exactamente como vivir en un convento junto a monjes que han hecho voto de silencio.
La situación, sin embargo, no es tan grave como en otras ocasiones anteriores, por ejemplo la etapa que viví hace unos diez años; es más grave, sí, en lo que se refiere a los factores internos que me impiden aflojarme. Cierto es que pongo mi confianza en estos ejercicios, al menos como punto de partida. Hoy logré prestar atención a ambos brazos mientras escribía, aunque noto que se ha resentido el trazado de la letra.
8 de septiembre
Y a pesar de tratarse de domingo, heme aquí a pie firme para mantener la continuidad de estos relajados (en el buen sentido de la palabra) ejercicios. Vigilo la tensión muscular de los dedos de la mano; trato de sentir que sólo están trabajando los músculos que deben hacerlo. En cuanto al brazo, sigo teniendo problemas con la contracción indebida del (¿o de los?) bíceps, que por alguna razón parece ligado al dedo mayor (tal vez lo esté; debería preguntarle a Alicia si recuerda las inserciones correspondientes).
Pero he aquí que por vigilar los músculos músculos he descuidado la letra. También desvía mi atención el recuerdo de un sorprendente descubrimiento que realicé ayer de tarde, durante la siesta: descubrí que me desagrada profundamente el estado de relajación ——especialmente cuando viene acompañado de una notable paz mental.
Ese descubrimiento me dejó perplejo y preocupado, ya que conscientemente busco el rel relax y la paz mental, y me pregunto por qué no los puedo obtener. La respuesta práctica y evidente que recib recibí ayer es: no los consigo porque no los quiero.