El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 26 de 84

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El discurso vacío

27 de noviembre

En verdad, el perro me precedió también a mí en esta casa, y en esta familia; yo también, como el gato, soy un recién venido. Mi llegada significó para el perro una cantidad de cambios entre favorables y desfavorables; no imagino cuál puede ser su balance final (que quiero creer altamente positivo). El perro vivía permanentemente en el amplio fondo de la casa, cercado por una alta pared, un seto vivo y un tejido de alambre; jamás podía salir de allí. Pasaba la mayor parte del día con las patas apoyadas contra el tejido de alambre, mirando hacia el mundo exterior y ladrando cuando lo creía necesario. El tejido de alambre linda con un terreno baldío, que está en una esquina y tiene paredes muy bajas y medio derruidas. El terreno baldío es visitado a menudo por niños, adultos y animales; algunos de estos especímenes excitaban ciertos instintos del perro y este se ponía a ladrar con furia y tenacidad, y como ladrar le resultaba insuficiente para descargar toda la energía liberada por los instintos, corría de un lado a otro, a veces en círculos, a veces en línea recta, yendo y viniendo a lo largo del tejido lindero. También le producían reacciones similares cosas que sucedían en la calle o en la vereda de enfrente —un mundo que el perro sólo conocía a través de la vista y, hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto, del olfato—. El sentido de la vista es muy poca cosa para un perro; imagino que ven algo así como una borrosa película en blanco y negro, o como las sombras de la alegoría de la caverna (ver Platón). El perro necesita ver pero sobre todo oler, y oler de cerca. En ciertas ocasiones necesita también del ejercicio del tacto. El oído, si bien extremadamente fino, parecería estar organizado fundamentalmente para la defensa, y supongo que es poco lo que puede aportar a una percepción estética y vital de la realidad.

El perro era, pues, un prisionero. De noche lo encadenaban por oscuras razones nunca sostenidas con coherencia; y también de noche ladraba a menudo, o producía sonidos de cadenas arrastradas, o hacía sonar un tacho de agua que volcaba y luego empujaba con la nariz sobre el piso de baldosas.

Siempre me preocupó, aun antes de instalarme en esta casa —la que muy pronto hemos de abandonar—, esa vida tan limitada y oscura del pobre animal. En un principio comencé por limitarla aún más, ya que sus ladridos nocturnos bajo la ventana del dormitorio, sumados al fantasmal ruido de cadenas y del tacho arrastrado, perturbaban mi sueño, y convinimos en trasladar su casilla a un patio interior descubierto, para mantenerlo aislado de lo que sucedía en la calle y en el baldío; y allí lo llevamos cada noche antes de irnos a dormir. El resultado fue bueno: el perro duerme tranquilo —salvo en algunas noches de luna llena, cuando coros de perros se alzan en la madrugada, por razones secretas que me gustaría conocer, y entonces nuestro perro se suma al coro con su voz distinta, familiar. Pero en general duerme tranquilo por las noches, y yo también.

El paso siguiente fue ocuparme de su alimentación. Se le daba de comer una sola vez al día, con lo cual había engordado mucho. Comencé a fraccionar su comida en varias tomas, un sistema probadamente eficaz para adelgazar, y este sistema estableció un vínculo especial entre él y yo, pues yo me transformé en el que le da de comer, personaje que para los perros es muy importante, digno del mayor respeto y admiración —o al menos eso dicen—; a mí me da la impresión de que el perro me considera más bien un empleado suyo, y a veces incluso me mira como tratando de evaluar mi real utilidad.

Preocupado por el asunto de su falta de libertad y por lo limitado de su mundo, se me ocurrió un día ir ensanchando poco a poco una abertura en el tejido de alambre; no en el tejido propiamente dicho sino entre una varilla de hierro vertical, que sostiene un extremo del tejido, y la pared contra la cual se apoya y a la cual está sujeta en varios puntos. Lo que hice fue ir separando poco a poco la varilla del muro. Si el perro realmente quería salir, pensaba yo, descubriría en algún momento la posibilidad de hacerlo por ese espacio, y le bastaría sólo un pequeño esfuerzo para terminar de ensancharlo y poder pasar el cuerpo. Yo no quería tener la iniciativa; quería que él conquistara por sí mismo su libertad, pues la única libertad verdadera, lo sé de sobra, es aquella que se conquista. Al mismo tiempo esa libertad del perro implicaba una responsabilidad, y yo no quería para mí la responsabilidad de lo que al perro pudiera sucederle, en su desconocimiento del mundo, cuando pudiera andar libremente por él. Muchas noches he sufrido en silencio la tortura de imaginar al perro bajo las ruedas de un auto. Quería que él compartiera conmigo por lo menos algo de esa responsabilidad, ensanchando por sí mismo el hueco. Yo sugería; él debía ser quien realizara.