El discurso vacío
15 de diciembre
Y así van las cosas. No sé qué más puedo decir. Así van las cosas. (Me viene a la mente el título de una novela de Saúl Bellow: Hombre en suspenso. Yo también estoy en una especie de suspenso, no colgando sin que mis pies toquen el piso, sino más bien en el sentido de «puntos suspensivos». Pausa, demora, quedarse en la última sílaba de la última palabra, como arrastrándola. También podría decir: «Hombre entre paréntesis», aunque más exactamente yo sería un hombre después del primer paréntesis, preguntándose por el segundo. Una etapa provisoria, de emergencia, y que sin embargo se prolonga y se prolonga en el tiempo, no termina nunca de definirse. Es como ir a un hotel por dos o tres días y quedarse meses y años, siempre con las cosas dentro de una valija o de un bolso, siempre dejando correr las incomodidades «hasta que llegue el momento de asentarme en un lugar».)
Al parecer, esta situación deriva del choque de dos voluntades, la de Alicia y la mía. Si yo estuviera solo, el paréntesis habría sido mucho más breve. Pero debo esperarla a ella, aunque a esta altura parece una gran estupidez esto de esperarla, pues ya estoy seguro de que nunca va a llegar. Tal vez sienta curiosidad por verla inventar nuevos trucos, pero lo cierto es que no tengo excusas para esta eterna postergación de mí mismo; salvo la pereza, salvo la estupidez, salvo la negligencia (palabra que deriva de un verbo latino que significa «mirar con indiferencia») (y la indiferencia es la incapacidad de diferenciar; remite, negativamente, a una escala de valores). (Por lo tanto, me miro indiferentemente, no establezco en mí valores, estoy desvalorizado ante mis propios ojos.) ¿Cómo salir de esto?
Espero que la grafología me ayude, ya que los dioses me han olvidado.