El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 47 de 84

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El discurso vacío

El discurso

 

15 de diciembre

Hoy se me impone nuevamente, con fuerza, el tema del perro: porque sucede que el perro ha desaparecido. Al menos, había desaparecido anoche, y si esta mañana regresó y después volvió a salir, no lo sé porque estuve durmiendo hasta después del mediodía. De cualquier manera no puedo evitar la preocupación, y siento su ausencia como un vacío llamativo. Si bien hace ya cerca de un año que el perro ensanchó aquel hueco y se hizo experto en andar por las calles, este tipo de ausencia no es habitual. Alguna vez se ha demorado, y ha llegado de noche, pero no creo que alguna vez haya faltado tan rotundamente como ahora. Por otra parte, como está pendiente la mudanza a otra casa donde el perro no tiene claramente un lugar, estábamos viendo el modo de deshacernos de él, por ejemplo dándolo a alguna persona que viva lejos y que pueda ofrecerle un sitio, preferentemente en el campo. Este tema ya nos estaba planteando una serie de conflictos, porque el perro está muy integrado a la familia y todos íbamos a sufrir —él y nosotros—. Pero esta desaparición no resuelve el problema, y agita los sentimientos de culpa.

El día en que ensanchó aquel hueco por sus propios medios y salió al baldío, volvió en pocos minutos, como para comprobar que el hueco funcionaba correctamente en ambas direcciones, y de inmediato volvió a salir, y exploró nuevamente con fruición olfativa cada centímetro cuadrado del baldío y se revolcó entre los altos pastizales, y esparció orina para delimitar su territorio en cantidad de lugares estratégicos. Ese día pasó su cuerpo innumerables veces por el hueco, en una y otra dirección. Al día siguiente dejó el baldío y salió a la vereda. A los pocos días ya cruzaba la calle, al principio inconscientemente y corriendo graves riesgos, pero después fue aprendiendo a cuidarse de los autos. Ya es un experto, pero un accidente puede tenerlo cualquiera, especialmente alguien que, como el perro, está tan dominado por los instintos. En casa hay también un niño, Ignacio, y muchas veces ha arriesgado su vida al lanzarse a la calle sin mirar, preocupado por el destino de una pelota que se le escapó de las manos, o que dio un mal rebote desde la pared y fue a parar a la calle; el instinto de correr tras la pelota es más fuerte que todas las nociones de peligro que le hemos inculcado.

En el caso del perro estos riesgos son mucho mayores, puesto que su instinto es más fuerte y su —por así decirlo — conciencia mucho más débil, especialmente en estos días, en que el perro tiene, a causa del celo, una agresividad a flor de piel. Ayer de tarde tuvo un altercado con un perrito que pasaba atado de una correa, llevado por una señora. Habitualmente no protagoniza este tipo de escenas. Oí el escándalo y salí a buscarlo, y cuando lo hice entrar a la casa todavía quedó un rato gruñendo, como si no pudiera terminar de agotar su cólera.

En estos tiempos, también nosotros debemos tener cuidado con él, aunque nunca llegó a morder decididamente; si hacemos algo que él considera un ataque o una invasión de cierta zona propia, de inmediato responde con gruñidos, o con un ladrido violento y algún tarascón al aire. También ha llegado una vez a morderme los zapatos, como si aun en medio de la acción instintiva tuviera una suerte de conciencia protectora hacia sus amos y dirigiera la agresión hacia donde sabe que no puede causar daño.

Estoy tremendamente aburrido de hablar del perro. Siento que mi discurso se ha desnaturalizado por completo, que ya no conserva su forma, su ritmo inicial, y estoy escribiendo como por rutina, automáticamente. No me olvido sin embargo de mis objetivos; tal vez, pienso, este aburrimiento sea necesario para capturar de pronto, en un asalto sorpresivo, a los verdaderos contenidos que sigo esperando encontrar. No sé. O, tal vez, para continuar escribiendo deba hacer una pausa y esperar un golpe de inspiración.

 

*

El celo del perro, al contrario de lo que parece suceder con los humanos, aguza su inteligencia. Durante meses se ha resistido de la manera más torpe e increíble a aprender, aunque más no fuera por ensayo y error, que si entra a la casa es puesto en penitencia en ese patiecito interior donde tiene actualmente su casilla. Esto ha sucedido varias veces al día durante meses, y sin embargo no lo aprendió hasta hace muy poco.

Que podía entrar, lo descubrió al día siguiente de haber aprendido a usar aquel hueco; fue para él un gran descubrimiento. Logró establecer la relación entre los dos extremos de la casa, que al parecer estaban desconectados en su mente, y de ahí en adelante la ambición de su vida fue entrar a la casa y quedarse a vivir con nosotros allí. Eso no lo podemos permitir por muchos motivos, entre ellos su costumbre de orinar en rincones y en patas de muebles, pues no fue educado en los primeros tiempos de vida y ahora parece imposible enseñárselo. Por otra parte, es demasiado afable con los visitantes e incapaz de reprimir las vehementes manifestaciones de la alegría que le producen. Salvo alguna que otra excepción, simpatiza exageradamente con todo el mundo.

Pues bien: cuando descubrió que podía salir por el hueco del fondo y entrar enseguida a la casa por la puerta del frente, después de atravesar todo el baldío y correr unos metros por la vereda, un nuevo mundo de posibilidades pareció abrirse ante sus ojos. Tuve que fabricar una especie de puertita, valiéndome de una vieja parrilla de hierro y unos alambres, y cerrar con ella el hueco del tejido cada vez que nos parecía inoportuno que el perro anduviera rondando por la puerta del frente, acechando el momento de entrar. Así pudimos durante unos meses regular a nuestra conveniencia ese flujo del perro, y todo funcionó bastante bien, aunque no sin trabajo, hasta que, en un período de celo, aprendió, no sé cómo, a sacar la parrilla; y cuando la parrilla fue reforzada luego mediante ciertas técnicas, descubrió que podía salir por otro lado: unos huecos mal tapados en el seto vivo. En un principio logré tapar uno de esos huecos con una chapa metálica que nos prestó un vecino, pero luego consiguió abrir otro hueco, ya más difícil de tapar por el tamaño de las chapas que harían falta y por la abundancia de plantas y arbustos, que dificultan toda maniobra humana. Así fue como perdimos el control del perro hasta que, desaparecido el celo (de él o de la perra que lo estimuló) pareció olvidarse de este recurso. Ahora lo recordó nuevamente, y nuevamente hemos perdido el control.