El discurso vacío
Tercera parte
Ejercicios
18 de febrero
Hoy retomo estos ejercicios, en un vano intento de reunir mis pedazos flotantes. Pero advierto que esta lapicera no es apropiada para el tipo de papel, pues la tinta tiende a correrse. Tomo pues la bic, y ya estos cambios en mi rutina son un índice claro de fragmentación. Hay tantas, pero tantas cosas que necesitan ser ordenadas (o, más propiamente, organizadas) —en la nueva casa, en mí mismo, en los que me rodean— que me siento desbordado. Y hay un viaje inminente a Montevideo, y probablemente de ahí a Maldonado, que contribuye pesadamente a acentuar toda esta desorganización. Creo simplemente que no puedo ni debo hacer ese viaje, que el precio a pagar por él (el precio psíquico) es demasiado alto; y sin embargo es inevitable, y el precio por no hacerlo sería todavía mayor. Es una de esas situaciones esquizofrenizantes, a las que Laing denomina «de jaque mate». (Nadie como una madre para crear este tipo de situaciones. Ella dice que se quebró la cadera porque la tiró un golpe de viento, y así lo cree; pero yo estoy seguro de que fue un viento que venía desde su inconsciente, un último y desesperado intento por llevarme a su lado.) En estos días percibo como nunca el peso de la fatalidad. Mi falta de libertad es absoluta, y siento correr el tiempo a toda velocidad, de un modo improductivo, lamentable. Se me genera una ansiedad imposible de controlar. Mi cuerpo se deforma cada día más, sumando kilos. Y fumo sin cesar, y sin placer.