El discurso vacío
22 de septiembre
Espero, aunque sin mayor esperanza, que no sufra interrupciones durante este ejercicio. Comienzo por acomodarme mejor en el asiento, apoyo cómodamente los pies en el suelo, y el brazo brazo brazo izquierdo sobre el escritorio, tratando de aflojarlo desde el hombro. Ahora centro mi atención en la mano derecha, buscando sentir los músculos que deben trabajar y tratando de aflojar los otros, en la muñeca, y ahora en el resto del brazo, también desde el hombro hombro. Veamos ahora la letra: debo frenar el ritmo de escritura, demasiado acelerado, y proveerme de la paciencia necesaria para ir dibujando en lo posible cada letra letra correctamente. Me resulta difícil escribir con mayor lentitud, pero
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El asterisco indica que, efectivamente, fui interrumpido (hace hace ya algunas horas), de modo que ahora no creo (son casi l es casi la una de la madrugada) que pueda retomar el ejercicio con la misma voluntad con que lo comencé. Por lo menos, ahora trataré de retomar la parte caligráfica, desentendiéndome de la relajación muscular; ahora freno ———voy frenando—— el ritmo de escritura y comienzo a pensar en cada una de las letras. Me desentiendo también en lo posible de la coherencia del discurso. Pienso en cada una de las letras —aunque esto que escribo no es cierto; todavía voy demasiado rápido, demasiado rápido, tal vez porque advierto que la hoja está llegando a su fin, y uno tiende a apresurarse como si al apresurarse pudiera aumentar la cantidad de palabras que caben en una hoja. Mañana será otro día.
22 de septiembre
Al poner la fecha que encabeza esta hoja de ejercicios (son las 15:08 y menos de doce horas han pasado desde mi ejercicio de ayer), al poner la fecha, decía, descubrí muchas cosas acerca de mi comportamiento de anoche y mi desasosiego de hoy; hoy es el cumpleaños de mi madre, muerta hace cinco cinco semanas. Hoy es domingo; el sábado de la semana pasada estuve con Alicia en el cementerio, recordando el primer mes del fallecimiento. No acostumbro a hacer esas cosas, pero este es un caso especial, primero porque la madre de uno es siempre una persona muy especial, pero también en esta muerte muerte hay razones reales, y no sólo fantasías subconscientes, para que haya anidado en mí un sentimiento de culpa difícil de superar. También, de manera insólita en mí, he debido recurrir a la confesión ante un cura cura. Es cierto que, como me hizo ver el cura, mi sentimiento de culpa es exagerado y se basa en hipótesis no comprobables, acerca de cómo podrían haber sido las cosas si yo hubiera hecho tales otras cosas. También es cierto que yo fui «construido» para ser muy sensible a la culpa, y que esta construcción fue dirigida precisamente por mi madre. Sea como fuere, sigo teniendo un malestar que he procurado eludir mirando películas en cantidades exageradas y evadiéndome de mí mismo por variedad de otros medios, evasiones que se afincaron durante los meses de sufrimiento intenso de mi madre y que continuaron vigentes después de su muerte. Creo que es hora, ya, de comenzar a regresar a mí mismo, de desandar el camino de la evasión evasión, de confiar en que, si la culpa es real, ella ya ha sido perdonada por mi madre y por Dios, pues todo el mundo sabe que la culpa no genera nada bueno, y que el arrepentimiento arrepentimiento consiste justamente en «no volver a pecar», es decir, no volver una y otra vez sobre un hecho pasado inmodifícable, sino que se debe volver a la vida normal, y a generar cosas positivas para uno mismo y para los demás, en lugar de ofrecerles este aspecto horrible de persona enferma. Así que, en este 78.° aniversario, el homenaje que le debo a mi madre es el de mi salud.
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