El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 19 de 84

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El discurso vacío

15 de noviembre

Usted sabrá (y escribo «Usted» porque necesitaba practicar la U mayúscula) que he comprobado la eficacia de estos ejercicios para templar la mente y disponerla para la jornada; por ello es una grave falta comenzar el día con otro tipo de tarea (como por ejemplo los aniquiladores crucigramas) y dejar este saludable ejercicio para un momento posterior, que a veces no llega, o llega demasiado tarde.

En cierto momento, y no hace mucho tiempo, el ejercicio caligráfico diario estuvo a punto de volverse un ejercicio literario. Tuve la fuerte tentación de transformar mi prosa caligráfica en prosa narrativa, con idea de ir fabricando una serie de textos como peldaños de una escalera que me elevara de nuevo a las añoradas alturas que había sabido frecuentar hace ya mucho tiempo. Pero el Tentador siempre mete la cola, siempre está agazapado espiando el corazón del Hombre, y eligió ese momento para tentarme con la posibilidad de un trabajo (temporario) que me permitiría reunirme con cierta suma de dinero, necesaria para ponerme al día, para no tener deudas y para tener una cierta cantidad de dinero, tranquilizadora, en el bolsillo. Así que terminé por aceptar ese trabajo, y allí se fue al diablo mi determinación de escribir y, por unos días, también estos ejercicios. Ahora, al retomarlos, me vuelve el deseo de escribir. Quiero escribir y publicar. Tengo necesidad de ver mi nombre, mi verdadero nombre y no el que me pusieron, en letras de molde. Y más que eso, mucho más que eso, quiero entrar en contacto conmigo mismo, con el maravilloso ser que me habita y que es capaz, entre muchos otros prodigios, de fabular historias o historietas interesantes. Ese es el punto. Esa es la clave. Recuperar el contacto con el ser íntimo, con el ser que participa de algún modo secreto de la chispa divina que recorre infatigablemente el Universo y lo anima, lo sostiene, le presta realidad bajo su aspecto de cáscara vacía.

 

15 de noviembre

Tratemos, mediante este ejercicio, de templar la mente para la jornada (que se presenta difícil, aunque esas presentaciones no quieren decir mucho: ayer, por ejemplo, todo se presentaba de maravillas y en eso me avisan los vecinos que Ignacio estaba en viaje hacia aquí, porque se había sentido mal en la escuela. Eso borró de un plumazo mi tranquilidad del resto del día de ayer y también del de hoy, que estaba destinado a mi absoluta y placentera soledad porque la escuela había planeado una excursión. De modo que ahora Ignacio —quien se siente lo más bien — está en casa, en la cama por abulia y propia decisión, llamándome de tanto en tanto para tenerme bajo su control y hacerme sentir su poder, y yo teniendo que obedecer —pues su madre está en Caracas— con la culpable solicitud debida a un enfermo).