El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 23 de 84

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El discurso vacío

25 de noviembre

Tengo plena conciencia de que estos ejercicios caligráficos han ido derivando en ejercicios narrativos; hay un discurso —un estilo, una forma, más que un pensamiento— que se impone ansiosamente a mi voluntad. La hoja en blanco es como un gran postre de chocolate que mi régimen me prohíbe comer y que derrota a mi voluntad. Aunque estrictamente nada ni nadie me prohíbe escribir lo que quiera y como quiera, y aunque tengo varias resmas de hojas en blanco, y podría usarlas en una cosa y en otra, hay un factor extraño, que sería apresurado llamar «factor tiempo» (es más bien un «factor ansiedad»; y si bien la ansiedad está y estuvo siempre en estrecha relación con el tiempo, son dos cosas muy distintas); hay, decía, un factor extraño que me impone superponer ambos actos en uno solo, y de ese modo se frustran ambos, pues el resultado no es una cosa ni la otra. Ahora bien: ese factor extraño, que he definido como ansiedad, ¿a qué se debe? La respuesta que me doy en forma inmediata —y por lo tanto sospechosa de superficialidad— es que el ejercicio caligráfico «me está permitido», y el narrativo no. El discurso surge dominando a la prohibición ——y el resultado de esa pugna entre el escritor y el superyó es tan desesperante como suelen serlo todas las transacciones forzadas, como un sueño erótico que deriva en imágenes veladas, simbólicas, en saltos arguméntales, en infinitas postergaciones.

Ahí está: el acto narrativo libre es lo que vengo postergando indefinidamente desde hace años, con una u otra excusa. Y no es que me cueste abandonar la idea de escribir —conscientemente, diría que hasta no tengo ganas de escribir— pero las ganas surgen apenas tomo el bolígrafo y enfrento la hoja en blanco.

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