El discurso vacío
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Porque al cuerpo debo atenderlo con mayor cuidado que antes, cuando era menos vulnerable y podía someterlo a mayores carencias y esfuerzos; y estas atenciones al cuerpo cuestan dinero, y para ganar dinero es preciso establecer ciertos compromisos; y esos compromisos consumen tiempo. Pero también he adquirido nuevas responsabilidades por otros motivos, como por ejemplo el amor.
Por otra parte, lo que vengo buscando con afán desde hace tiempo es liquidar lo más pronto posible el trabajo acumulado para poder acumular un poco de buen ocio, y en estos días he descubierto que es una estrategia equivocada, fruto de una ilusión. Que he puesto la carreta delante de los bueyes. Que no se puede llegar al ocio a través de la acumulación de acciones, pues cada acción promueve la necesidad de nuevas acciones y uno se va viendo envuelto en una maraña interminable de pequeñas opresiones cotidianas. Lo que debiera tratar de hacer es trazar una raya simplificadora, que delimite las acciones indispensables de aquellas que no lo son, y me concrete a realizar el mínimo absoluto de lo indispensable.
Sin embargo, y no entiendo bien por qué, eso también me genera ansiedad; tal vez, se me ocurre ahora, porque lo que coloco de un lado de la raya como «no indispensable», me sea indispensable también, no de un modo racional pero sí vital. Y he aquí que también ahora mi discurso se ha enredado, y para colmo en este momento regresa mi mujer, que había salido a hacer unos mandados, y me trae unas informaciones que no puedo dejar de atender. Tal vez sea mejor así, y esta interrupción me libere del enredo del discurso.
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